, archivado en The Americans

Ya podemos constatar una maldición narrativa en la “Quality TV”: el escalón Hillary.

Es una condena que acecha las penúltimas temporadas de series vitaminadas, frenéticas, con mucho ajetreo en la trama de fondo. Pasó en dramas tan imprescindibles y galopantes como The Shield, Justified o Breaking Bad, que se frenaron en seco para tomar aire antes del último arreón. No se trata, pues, del clásico pinchazo conforme llega el final (Dexter, Sons of Anarchy, House), sino de una temporada de transición -la más floja de toda la serie- que prepara el tablero para el último bang. Pura estiba narrativa.

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Porque -y de esto no tengo ninguna duda- la calma, el motor al ralentí que ha manejado esta a ratos decepcionante quinta temporada de The Americans (Fox Life) es la antesala para una tragedia de proporciones bíblicas. ¡Quedan tantos dilemas morales por resolver, tantas sorpresas por sentir, tantas lágrimas por derramar, tantos desgarros familiares por sangrar! Y no tengo dudas de que la última temporada resultará fascinante y agónica porque Weisberg y Fields saben lo que hacen: querían una temporada a fuego muy lento, donde el arco emocional -un paso más en el compromiso matrimonial de los Jennings, la ganancia de Paige para la causa familiar- se impusiera a la adrenalina del misterio y las complicaciones de la trama de espionaje. Ha sido el único año donde el final parece un “hasta la semana que viene”, en lugar de los ya míticos cliffhangers que nos dejaban mordisqueándonos las uñas durante meses.

Yo considero que esta determinación de los creadores no ha resultado tan emocionalmente potente para los espectadores como ellos preveían. De ahí la ligera y legítima desilusión crítica con estos trece capítulos. Porque, precisamente, una de las mayores grandeza de The Americans era la de atornillar todas las esferas de los personajes en una continuidad diabólica, en un maquiavélico juego de espejos donde el drama amoroso se envenenaba con la última misión secreta de Philip mientras que el último discurso geopolítico de Andropov modulaba la educación de Henry. Ese malabarismo moral y narrativo se ha echado en falta este año.

Pero es que, además, los avances narrativos han resultado dolorosamente abortados, lo que genera una inédita frustración para una serie que, desde su primer año, optó siempre por la línea recta como mantra. Hay aventuras menores -como la de la búsqueda paterna de Mischa– que regresaron, literalmente, a la casilla de salida. Sí, por supuesto, es un meandro narrativo que encapsula la tragedia del espía -una persona atrapada en un yo borroso y desmemoriado-, pero esa es una tragedia que ya conocíamos bien, puesto que la serie lo ha trabajado a la perfección durante años.

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Mayor tiempo de pantalla que la del interruptus Mischa ha disfrutado la deprimente situación soviética. Siempre he defendido el acierto de mantener esa segunda localización como parte esencial del relato, antes con Nina y ahora con Oleg Burov. No solo es necesario para salpimentar la vertiente geopolítica de la serie, sino, sobre todo, para ejercer de contraste entre el paraíso por el que pelean los Jennings y el desastre del comunismo real. En ese quicio, la peripecia de niño bien del régimen que encarna Oleg también revela -con una honestidad desarmante- la podredumbre económica y, pufff, moral de un sistema político pérfido y totalitario. Sobre el papel, la trama soviética de Oleg funciona, con su baño de realidad ante la corrupción, sus sospechas de contraespionaje y esa tragedia callada de su madre. Y, ay, sin embargo narrativamente se ha comido demasiado relato, hasta el punto de que he sentido un picor nuevo para mí en The Americans: ganas de regresar a Washington. O a Topeka.

En la capital de Kansas es donde ha germinado -muy apta la metáfora agropecuaria- el avance narrativo más relevante del año: el cansancio de Elizabeth. Junto con la anakinización de Paige (más sobre esto dentro de un rato), el terremoto interno ha sido contemplar cómo, en ocasiones, puede correr sangre -y no solo plomo- por las venas de nuestra Mata-Hari favorita. La estampa tai-chi junto a su perfectísimo “novio” científico anticipa muchas bofetadas emocionales de realidad: que si los americanos pueden hacer el bien por el trigo mundial, que si tanto fingir puede provocar enamoramiento e, incluso, que si marcharse a la URSS no hará que eche de menos este surtido armario de Louis Vuitton y Manolos. Lo peor de la misión Topeka para Elizabeth es acostarse con el enemigo… ¡y disfrutarlo, en lugar de acudir rauda y veloz a la ducha para repeler el mal olor del capitalismo malvado!

Obviamente, esas primeras grietas que arrugan las convicciones de nuestra dura protagonista se acompasan con el efecto dominó que siempre ha caracterizado The Americans. Su proverbial congestión narrativa y moral; su alergia al maniqueísmo de bazar; su imposibilidad de que una rendija, una muestra de debilidad, provoque el derrumbe del edificio. ¡Por eso esto es una historia de seis temporadas! Porque, precisamente, se trata de ir midiendo cómo la grieta se convierte en boquete. Por eso es tan relevante el paso de Elizabeth y esa conversación de querer regresar a la madre Rusia. Pero, también, merced a la cuidada progresión dramática de la serie esas conversaciones no implican ni la rebelión contra Moscú ni, ¡herejía!, la deserción de la sangrienta utopía marxista.

Y, con todo el párrafo anterior aún humeante, lo más aterrador es que esas dudas no varíen un ápice el adoctrinamiento de Paige, el segundo movimiento narrativo más interesante de esta quinta temporada. Entre los momentos más icónicos y devastadores de la serie -en esa manera subterránea, sutil, marca de la casa- ya se ha colado la secuencia de cierre de “Darkroom” (5.10.). Ouch. Ouch. ¡¡Ouch!! La subtrama de Paige está en uno de esos puntos donde solo quedan salidas de emergencia. Quizá por el añadido que nos da la paternidad, tanto mi mujer como yo sufrimos especialmente -al son del Pastor Tim– la destrucción del alma de esa pobre zagala, tan pura y sentida antes, tan vapuleada y alienada ahora. Duerme acojonada, ha de renunciar a su amor, vive instalada en el fingimiento y, uf, hasta ha de transportar una cruz que le quema ahora tanto como si de un vampiro se tratara. Pocas formas mejores de contar el adiós a la inocencia.

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Más aún cuando la situación de Paige -y el sombrío futuro de Henry– se ubica frente a la de Tuan, en uno de los tradicionales juegos de espejos de la serie. Que ese chaval es un psicópata -un psicópata ideológico, para más señas- está fuera de toda duda, incluso para los Jennings, aterrados ante la lógica nihilista de su asistencia suicida (otro cierre brillantísimo, el de “The World Council of Churches“, donde interpretación, ritmo, sorpresa y tensión narrativa palpitan). De nuevo, lo interesante de Tuan radica en su faceta humana: su soledad presente, su dolor pasado, su huida para visitar a su “hermanastro” o, ay, en la empatía que nos despierta su puñetera desdicha, su tétrica frialdad.

Esos matices son los que hacen de The Americans, a pesar de sus errores y ronquidos de este año, una serie tan sobresaliente. Incluso la peor temporada de la joya de la FX sigue acariciando cotas de excelencia que muchos relatos soñarían con vislumbrar. La bella clausura de la pobre Martha (¡¡poooobreee Martha!!) encapsula todo esto. Lo fácil sería pintar la URSS únicamente como un lugar infestado de corrupción y sumido en la pobreza. Pero, demonios, que esto es una serie que nos hace simpatizar con unos espías de la KGB que vuelan la tapa de los sesos a una traidora, colaboradora de los nazis, 40 años después (el estupendo “Dyatkovo“, con reminiscencias de aquel impresionante “Do Mail Robots Dream with Electric Sheep” de hace dos años). La complejidad moral es el primer apellido de la serie. Y en eso descansa la clausura de Martha: la promesa de Gabriel a Philip se cumple. Igual que el régimen alimenta el rencor y venga a aquella superviviente de Dyatkovo, también cuida de sus “héroes”. No es solo una llamada al padre de Martha, ni la constatación de que su vida, dentro de los límites, está cuidada en Moscú. No. También es buscarle un entorno emocional: una familia, el mejor salvavidas de toda la historia de la humanidad. El resto -cuánto la echamos de menos- lo completa la mirada acuosa de Martha al atisbar que, por fin, podrá ser madre en ese entorno donde terminó por amor y por estupidez. Porque, ay, ella es consciente de que jamás podrá regresar a los Estados Unidos, ese país para el que es una traidora de campeonato. ¡Pobre Martha!

Las tragedias personales que va causando se siguen apilando en el alma de Philip, de quien se rumorea que alguien le vio sonreír hace una década. Al desgarro de Martha, al de tantas muertes “inocentes”, habrá que seguir sumando a Kimmy, ahora que “la división soviética” le obliga a cancelar su viaje a Japón. Yo apostaba a que el revolcón de esta temporada vendría del hartazgo de Philip pero, vaya, muchas vueltas a lo mismo, muchos amagos, pero el tipo aquí sigue, fiel a su trabajo y a su esposa -ahora sí, con un verdadero compromiso, sellado… incluso ante Dios-. Ummm. Tanta dilatación, cuando además ya se ve la meta, es otro de los tropezones de la serie este año. ¿Qué más le puede faltar a Philip para mandarlo todo a tomar por saco? Depresión, complejo de culpa, desgarro familiar, hastío laboral… Y no, la KGB que nos han mostrado no es tan estúpida como para tensar mucho más la cuerda, porque sabe de la fragilidad del compromiso y del equilibrio sobre la cuerda floja que afrontará el comunismo con Gorbachov. ¿Cómo explotará esto? ¿Será mediante el “factor Henry“, ese gran tapado? ¿Moverá ficha Stan, ahora que la novia espía (¡puñetera ambigüedad!) se le ha instalado en casa? ¿Toserá Oleg en Moscú y el resfriado alcanzará a la Rezidentura en Washington?

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Son preguntas que se resolverán en una última apuesta que se prevé agónica. A The Americans le queda un año para confirmar que es un relato capaz de habitar entre las cumbres más grandes. Como tantos otros, ha sentido el vértigo de la última subida. Pero, como demostraron Hillary y Norgay en 1953, el miedo del último escalón es la antesala a la mayor de las glorias.

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3 Comentarios

  1. Juan F.

    No puedo estar más de acuerdo contigo, Alberto. El nivel de excelencia al que esta gran serie nos tenía acostumbrados sólo se ha conseguido atisbar en la recta final, en episodios con finales tan esplendidos como el de Dyatkovo. Lamentablemente, hasta entonces la serie ha avanzado renqueante y a trompicones, todo muy deslavazado, la verdad. Tanto es así, que al contrario que con temporadas anteriores, no esperaba con ansia el siguiente capítulo y optaba por visionar otras series de calidad indudablemente menor, pero que me proveían de un placer más inmediato. Ahora a esperar la última temporada para decir adiós obviamente con pena a una de las mejores series de los últimos años.

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  2. Arturo

    Hola.

    Excelente crítica de una serie que, para mí, es de lo mejor que se emite actualmente y que, sin lugar a dudas, compite de tú a tú con las mas grandes.

    Puedo estar de acuerdo en que la temporada ha sido mas floja que las anteriores, pero desde luego no la considero un tropezón. A fuego lento se han asentado los pilares de un final que promete ser grandioso. Philip está a un milímetro de estallar, y me da que la consecuencia de la explosión vana ser impredecibles. Harto de violencia, de mentira, de destrozar vidas -especialmente la de sus hijos- encima descubre los suyos está usando armas biológicas en Afganistán.

    A ver que pasa cuando estalle, como reaccionan Elizabeht y Paige, a la que cada día veo mas convencida. Y la trama de Moscú me ha parecido bastante interesante. Oleg es otro que cada día tiene mas dudas.

    Y no olvidemos que en 1984 están a menos de cinco años del derrumbe definitivo del imperio soviético. Vamos, que la suerte ya está echada.

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  3. Seriálicos Anónimos

    Iluminadora crítica Nahum. Es cierto lo que dices, no lo había pensado así. Para mí esta temporada ha sido, podría decirse, que más lenta. La verdad es que me gusta tanto la serie que, pese a haber sido una temporada de transición, esperaba con ganas cada capítulo. No me he aburrido con ninguno porque aunque haya habido menos acción, ha habido mucho, a mi parece, contenido en los personajes. Sí cuela que Elizabeth esté cansada y pida volver porque su hija crece, los problemas aumentan, y las situaciones ya desgastan demasiado.Los años pasan y pesan. También me cuela el cambio de Paige, sí vale, se le puede sacar punta, pero a mí no me chirría -si no me empeño- porque su inicial fe en el bien superior, en mejorar el mundo,…, lo ve hecho realidad -y no solo fe- en los “actos” de sus padres, tal y como ellos le cuentan la realidad, “su” realidad…Cierto es que la tensión provocada por la verdad de sus padres y cómo le pone contra la pared -más el ataque en el parking-, ha hecho que la rabia se pasara a la “conversión” en la causa…
    Las miradas de Philip son de aúpa, ¡qué pedazo actor! Sí que el mono tema “me quiero ir, quiero dejarlo” me da un poco de perecilla. Y justo ahora que parece que se iban, va y no pueden…uf…ese mareo sí que no me gusta. Tal vez es una muestra de querer querer pero no poder, es decir: su ideal es volver a Rusia y les gustaría querer volver, pero la realidad es que se vive mejor en los EEUU, su vida está ahí, y su ideal tambalea…
    Yo podría seguir viendo otra temporada más, y otra, y otra. Esta serie es de la mejores que hay.

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