, archivado en Stranger Things

Stranger 2 poster

“¡No le toques ya más,
que así es la rosa!”

El propio concepto de serialidad anda a bofetadas con el célebre poema breve de Juan Ramón. Porque el relato expandido implica, precisamente, manosear una y otra vez una historia, estirarla, examinar el haz y el envés, alumbrar ángulos inéditos del universo narrativo en cada temporada, menear el equilibrio dramático de los personajes. Una serie, en definitiva, reclama piel gruesa, puesto que le van a meter mano hasta el tuétano.

Esta digresión novecentista me surge cada vez que una temporada perfecta -y creo que la primera temporada de Stranger Things lo era, tanto narrativa como emocionalmente- encara su segundo año. Cuando Will Byers era rescatado de las garras del Demogorgon, las aventuras de los chicos de Hawkins habían cerrado el círculo de manera precisa y contundente. No se le podía pedir más a la sed de aventuras de nuestra niñez. Sin embargo, la propia lógica comercial televisiva -encarnada en aquella larva-escupitajo- imponía una segunda parte… y el epílogo del baile amenaza con una tercera.

Cuando Lucas resume la primera temporada a la Yoko Ono del grupo, ésta le suelta una reflexión metarreferencial que se ha convertido en el abracadabra de todos los críticos de este Stranger Things 2: “Simplemente he tenido la sensación de que la historia era algo manida en algunas partes. Sin más, deseaba que hubiera habido más originalidad, eso es todo” (Max, 2.5.). “No toques la rosa”, “Tanto va el cántaro a la fuente”, “Quien carretea, vuelca”… el refranero parece un puñetero campo de minas para la serialidad del éxito. Básicamente porque resulta muy difícil romperle la cintura al espectador cuando ya no cuentas con el factor sorpresa. La serialidad ha de escoger entre familiaridad o asombro, puesto que no se puede tener todo.Y la segunda temporada de Stranger Things estaba obligada a lo primero: ahondar en el bricolaje emocional… y salvar como pudiera los muebles con la peripecia narrativa.

Y no, no estoy poniéndome en plan tiquismiquis y deseando que ojalá no hubiera habido más aventuras de estos goonies. Al contrario. Stranger Things ha sido, junto con la quinta temporada de The Americans y la tercera de Catastrophe, la serie que con más ansia he esperado en este 2017. Una excitación bobalicona, infantil, por regresar a esa crónica de infancias recuperadas y tareas del héroe. Y, vaya por delante, creo que la segunda temporada es un artefacto muy entretenido, que te mantiene atrapado a la pantalla sin renunciar a la inteligencia, la ironía, el guiño cómplice (aquí listan todos) y la emoción. Pero, ay, también hay que rendirse a la evidencia: como era previsible, el relato ha bajado de la matrícula de honor al notable.

Stranger Things

Precisamente por lo bien abrochada que quedó de la primera temporada, era inevitable que la segunda entrega cayera en el “yo ya he estado aquí”. Los hermanos Duffer eran muy conscientes de ese riesgo y por eso se han afanado en renovar los conflictos sin caer en la fotocopia, asumiendo la memoria -tanto de los personajes como de los espectadores- de los primeros ocho capítulos. La necesidad por cambiar la dinámica ha provocado que uno de los elementos que mejor funcionó el año pasado haya quedado relegado este año: la inserción de Eleven en el grupo. Salvo en la recta final, el gracejo que suponía descubrir no solo un fenómeno paranormal sino también el eterno femenino, ha quedado sustituido ahora por las viscosidades de ese pequeño gremlin apodado D’Artagnan. Quizá para suplir la falta de calor humano del reptil, los creadores se las ingeniaron para insertar otra ruptura femenina: Max. No digo que la zagala no tenga su punto (*), pero queda muy lejos de la fascinación misteriosa que ejercía en el relato y en los cuatro chicos la enigmática Milly Bobby Brown.

(*) Además, la pobre aterriza con la rémora de su hermanastro, un chuloputas de manual que solo tiene dos escenas relevantes: la paliza de su padre y el simpático flirteo con la señora Wheeler. El resto, ay, bastante prescindible. 

El toma y daca paterno-filial con Hopper ha sido ilustrativo –Eleven no deja de ser una preadolescente con un extra de tormento- y su personaje necesitaba crecer por donde lo ha hecho: indagando sus orígenes. Una pata importante del atractivo del año pasado radicaba en la bruma conspirativa: el Leviatán de un estado oculto (**), la falta de respuestas y ese siniestro aroma Mengele que exhalaba todo el experimento. Creo que todo esa trama ha funcionado bien -con la maligna condena cognitiva que su madre sufre en vida- hasta llegar al desastroso capítulo 2.7. (“The Lost Sister”). No es solo que el punk siempre nos quedara grande a los de mi generación, sino que los 60 minutos dejan sensación de pegote, de innecesaria dilatación de las penurias que viven los personajes que realmente nos interesan ante el ataque rabioso de los demodogs.

(**) ¡Qué gran personaje es Murray Bauman, ese “pistolero solitario”, como lo describe con brillantez Marina! Este año se han echado en falta más alivios cómicos en los márgenes del relato, más allá del manido Dustin, of course.

Mantener a Eleven alejada del grupo ha restado magia afectiva y, lo peor, ha convertido a Mike en un sosaina depresivo. La fuerza que ha perdido el menor de los Wheeler parece habérsela apropiado no solo el apaleado Will -estupendo actor Noah Schnapp, con unas escenas tremendamente físicas-, sino, sobre todo, Dustin. Como casi todo el mundo, el ceceo del personaje encarnado por Gaten Matarazzo estaba entre mis elementos favoritos de la primera temporada. Sin embargo, ignoro si por exigencias comerciales o decisiones puramente creativas, el protagonismo que ha adquirido Dustin este año ha ido en su contra, haciéndolo cargante y excesivo. Es el “síndrome Barney“: cuando a un secundario carismático lo arruinas por sobre-exposición. Menos mal que el emparejamiento con Steve le hace recuperar algo de salsa y fijador en el último tercio, que si no…

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El resto del elenco ha permanecido en similar estado de forma, lo que implica buenas vibraciones y capacidad empática. Entre el resto de adiciones, destacan las de sabor ochentero: el bonachón Sean Astin regresa al sacrificio por el grupo (ejem, Jack Bauer) y anticipa una insólita referencia auto-metafílmica: la que seguro que este grupo de aventureros trazarán con Los Goonies el año que viene (***). Más sabrosa aún resulta la presencia de Paul Reiser, puesto que refuerza más aún las similitudes con Alien. En este sentido, en esta temporada me ha ocurrido como con la saga comenzada por Ridley Scott: lo más emocionante e inquietante es lo que se sugiere, no lo que se ve. Hablando en plata: la claustrofobia y frialdad del Alien de 1979 le da mil vueltas al regreso bélico e hipervitaminado que rodó Cameron en 1986. Por la misma razón, creo la primera mitad de la temporada es mucho más brillante que la segunda. En los primeros capítulos aún está creciendo el monstruo en la psique de Will y resulta pavorosa la infección de las calabazas y los pequeños detalles que anticipan el horror. Los últimos capítulos, por  contra, descansan más en el shock visual, el asco de las criaturas y la agonía física, algo mucho más habitual en estas épocas de zombis y demás primos terroríficos.

(***) Yo me divertí mucho con el cachondeo -lógico en esta panda de frikis- en torno a Los Cazafantasmas, una de las pelis que definió mi infancia. Pero mi mayor carcajada fue esta: “¡Nadie quiere ser Winston!”

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Es decir, precisamente porque la forma por la que podría crecer genuinamente la serie era por los personajes, creo que Stranger Things ha sido un pelín más floja cuanto más acción ponía en escena. Los dos últimos capítulos, de hecho, a pesar de lo congestionado de la trama y el mareo de pasear junto al demoapocalipsis, se me han hecho largos y previsibles. Y eso que contienen una de las escenas más brillantes y efectivas de toda la serie: el montaje alterno en el que, al ritmo de The Clash, Hopper y cía contactan en morse con el verdadero Will. Llamadme ñoño, pero me ha llegado más hondo el epílogo en la pista de baile (pobre Dustin, jaja) que tanta telekinesis volcánica, tanta alusión visual a El exorcista y tanto paseo por la Nostromo del subsuelo de Hawkins.

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Me da pena que no me haya apasionado más esta nueva tanda de aventuras en bicicleta y linterna. Ojalá esta rosa que tanto excava en mi biografía sentimental no acabe sin olor alguno de tanto manosearla en secuelas, continuaciones y derivaciones. Porque también albergo, por qué no admitirlo, un pavor íntimo: el de que, como escribía Umberto Eco, “de la rosa finalmente sólo nos quede el nombre”.

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Un Comentario

  1. Flames

    Uff. Tantas cosas que decir de las 2 temporadas….. Pero es que lo has desgranado todo muy bien. Y coincido plenamente con lo que dices. Había leído tu crítica antes de ver la T.2 pero sabiendo que si la leía rápido y sin fijarme demasiado no me iba a influir mucho porque no iba a darme cuenta de casi nada.

    Pero viendo en el capítulo 2.07. tuve que parar y volver a leer tu crítica. Me estaba chirriando el capítulo, como bien dices parcee un pegote. Pero la “digresión” hacia las bandas punk no me pareció del todo mal, muy ochenteno, y además sirve para que ONCE decida “volver al hogar”. Pero me molestó la moral de “todo a cien” de la banda punk, matando a los que les habían hecho daño, sin que supiéramos si es que les habían mirado mal u otra cosa. Esa moral infantiloide es más del S. XXI (Mr. Robot), la moral de los 80′ era más infantil, más noble.

    Con esta temporada me he fijado mucho más en la factura: montaje, tramas, diálogos, música, etc. es todo ochenteno ochentero. Me parece una delicia (excepto por lo comentado de la moral de la banda punk).

    Y para acabar…. decir que coincido en que el emparejamiento de Dustin con Steve es un acierto. Un gran acierto. De hecho Steve es casi uno de mis personajes preferidos. Y parecía mentira cuando lo presentan en la T.1, con ese pelo…. pero luego se muestra su humanidad y su nobleza.

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