, archivado en The Americans ,

the-americans-season6-key-art

«Así es como termina el mundo, no con una explosión, sino con un lamento» (T.S. Eliot)

Mischa.

Nadezhda.

Paige.

Henry.

“Se hace raro”, dice él en inglés.

“Nos acostumbraremos”, responde ella en ruso.

Americans finale

El verdadero matrimonio es una tragedia romántica. Triste porque solo la muerte puede destruirlo; sensible y pleno porque la montaña rusa de su cotidianidad construye el edificio más indestructible: un hogar. A estas alturas del partido, supone un mediterráneo confirmar que EL tema de The Americans es el matrimonio. Como sus personajes, la serie ha estado años disfrazándose: de drama político, de película de espías, de lección de historia contemporánea. La soberbia clausura de una de las grandes series de la década no ha olvidado sus máscaras, pero los espectadores hace tiempo que saben seguirle el paso a su baile. ¡Qué final tan inteligente, minimalista, devastador y coherente!

En una época donde cada vez más series laburan el ars moriendi del relato expandido para ganar la posteridad, The Americans ha optado en esta última temporada por una estrategia inédita, que nos ha pillado a todos con el pie cambiado: la lentitud y el aplazamiento. Hay que recordar que el frenesí y la congestión narrativa nunca han sido marcas de la casa, pero uno sabe que incluso el fuego lento empieza en algún momento a hervir. Aquí, stricto sensu, ni siquiera lo ha hecho en el memorable, sutilmente emocionante último episodio. A diferencia de las infartadas temporadas de cierre de The Shield o Breaking Bad, The Americans ha decidido doblar su apuesta de la quinta temporada, imponiendo abrumadoramente el conflicto dramático sobre el avance narrativo. Y sí, esta opción ha resultado a ratos frustrante (*). Por eso tiene tantísima fuerza el quinto capítulo (“The Great Patriotic War“): es un acelerón mucho más acorde con nuestras expectativas de agonía y huida sin retorno. Sin embargo, esa guerra patriótica no es más que una tregua. La originalidad tiene un precio… pero los bienes recibidos al abonar la factura han merecido mucho la pena.

(*) La velocidad de resolución ha sido lenta, pero consecuente con la apuesta que Fields y Weisberg han hecho este año. Mi mayor pero ahí ha concernido al personaje de Renee. Era un as bajo la manga que, sacado al final, iba a antojarse una trampa. Sin embargo, ¡madre mía!, qué forma tan soberbia (¡¡y puñetera!!) de cerrar ese interrogante, en la coda de la conversación entre Stan y los Jennings en el garaje. Es una carta que, hábilmente, los creadores no juegan, tan solo insinúan. La honestidad del Philip-amigo (porque ese gesto es pura advertencia afectuosa) le deja un regalo de lo más envenenado al pobre Stan, incapaz de discernir el engima Renee de por vida; como nosotros.

Esto no implica que la temporada no haya funcionado dramáticamente (más aún, teniendo en cuenta la maestría de la finale, como detallaremos más abajo). Al contrario: ha resultado emocionantísima, aunque subterránea. Porque la gestación tranquila, aupada sobre cinco años de familiaridad con estos personajes, ha obligado a los espectadores a afinar el radar. El shock dramático radicaba en los detalles y el terremoto emocional se emboscaba tras una mirada. Pero eso, precisamente, es lo que ocurre con el matrimonio: tras muchos años de convivencia y compromiso uno juega de memoria y los implícitos van cargadísimos de significado. El amor y la economía narrativa doméstica: cómo da uno el beso de buenas noches puede resumir el humor de toda una semana; la manera de cerrar una puerta advierte de un mal día en el curro. The Americans, como modélica serie sobre la institución, ha trasladado estas minucias expresivas, íntimas, al conflicto central del relato. ¿Por qué, si no, un retirado Philip regresa al campo de batalla tras saber de la llamada que la siempre glacial Elizabeth le hace a Henry (6.6.)? ¿Por qué una cada vez más devastada Elizabeth acude a la agencia de viajes para saber qué tal anda su marido, tras ver su cara, en el párking, tras tener que descuartizar a hachazos a una compañera (6.7.)?

vlcsnap-2018-05-30-10h40m04s869

Esa sutileza en las miradas no es exclusiva de Elizabeth y Philip, por supuesto. Entiendo el empleo de breves flashbacks (la muerte de William sucedió hace dos años) para reforzar la epifanía de Stan. Pero no eran necesarios. Al inicio del capítulo siete Philip va a visitar a su vecino. Acaban abrazándose. Cuando se despiden, la cámara, entonces, aguanta un primer plano del agente del FBI durante 10 segundos. ¡10 segundos es una eternidad! Más que suficiente para que cualquier espectador una la línea de puntos (**).

vlcsnap-2018-05-30-10h46m38s412

(**) En general, una de las cosas que menos me ha gustado este año ha sido la manera en la que Stan descubre la cara oculta de los Jennings. En especial, el inicio de su darse cuenta: no solo por los flashbacks a la frase moribunda de William (Dylan Baker), sino por el asunto del tabaco. Cuando Stan va a visitar al viejo camarada de Gregory, este le habla de una mujer con un pelo precioso y que fumaba como una chimenea. Los guionistas, que no tienen ni un pelo de tontos, han estado este año mostrándonos día sí día también a Elizabeth con un pitillo en la boca. Pero, honestamente, no recuerdo esta adicción a la nicotina en la Elizabeth de las cinco temporadas anteriores; tan solo aquella vez que renunció a la hierba y el tabaco de Gregory, allá por los albores del primer año. Por tanto, que la clave para desenmascarar a los espías -la tensión narrativa esencial de la serie- haya brotado en esta sexta temporada como un champiñon en día de lluvia, ay, me deja frío. Y, para colmo, con lo brillantísima actriz que es Keri Russell… ¡hay que ver cómo se le nota que no es fumadora habitual ni de coña! Dicho esto, una vez que aceptamos tabaco como humeante pistola de Chéjov, el relato se afana en dilatar las consecuencias de esa corazonada. Stan irrumpe en la casa, llama a Pastor Tim, lo comenta con Aderholt… pero, como es lógico, solo su intuición policial le recuerda que no es una locura pensar que sus vecinos (¡¡y amigos!!) son espías de la KGB encubiertos.

Ha pasado mucho tiempo pero conviene recordar que ya desde el piloto Stan le comentaba a su mujer que había algo “raro” en esa pareja. ¡Si incluso se coló en el garaje para resolver sus dudas! Como otras veces, compensa revisar el primer episodio de la historia antes del final de una gran serie, porque uno se da cuenta de cuánto había allí anudado. Philip, el bailongo Philip de las botas de cowboy, quería desertar desde el minuto uno. Tan solo cambia de idea por una reacción visceral de amor y protección, al descubrir que el desertor al que han cazado era el violador de Elizabeth en la URSS, como parte del entrenamiento para convertirla en Terminatorovich. Nos cuesta, a veces, recordar que el amor es ciego. En el caso de Elizabeth, infectada de ideología, es el amor a la Madre Rusia; en el caso de Philip, atormentado por un amor ya perdido, es el miedo a la soledad.

No. No cerremos el párrafo con un seis doble. No es tan simple. Esos dos amores se entreveran con muchos otros: hacia los hijos, hacia los esposos, de modo que los porqués resultan un sudoku afectivo imposible de cuadrar. Es lo que ubica a The Americans a la altura de los clásicos: cuanto más la piensas, más ramificaciones descubres y más lejos queda la resolución del misterio del alma.

the-americans-season-6-episode-7-harvest

No es la primera vez que The Americans se marca un salto temporal (aquel David Copperfield), pero funciona de maravilla el montaje musical -al ritmo, nada inocente del “Don’t Dream is Over“- para exhibir el nuevo tablero de ajedrez: Philip fuera, Henry exiliado, Paige muy, muy dentro y Mamá exhausta. Con este salto, además de integrar un problema extratextual (la edad de Keidrich Sellati), acercan aún más la sensación de fracaso para la misión de su vida. Gorbachov estaba implementando la perestroika y la caída del Muro ronda ya la esquina. El Titanic soviético ya ha impactado contra el iceberg, aunque no quiera reconocer las vías de agua. Peor aún: hay suboficiales (la “facción Claudia” de la KGB) empeñadas en amotinarse contra el capitán para que el hundimiento pueda llevarse al mayor número de barcos posibles en su naufragio.

Esos pequeños detalles que marcan la evolución de los personajes son los que justifican una trama secundaria, a priori, insignificante y que, sin embargo, resulta esencial para el mayor avance narrativo de toda la sexta temporada (la pérdida de fe de Elizabeth). Es indudable que tres años de llevar los pantalones criminales ella sola pasan factura; es lógico que las mentiras reiteradas a Paige sobre los costes morales y físicos del trabajo hagan mella en la conciencia de una madre; pero, sobre todo, lo que más hace cambiar a Elizabeth es la introspección a la que le obliga la pintora Erika: “Dibuja solo las partes oscuras. No pintes las luminosas”, le comanda. En una serie que se ha afanado durante años en explorar el quiénes somos de los protagonistas, es curioso constatar cómo la inquebrantable Elizabeth jamás se había parado a mirar en su interior. Ella sola. Sin Philip. Sin la halitosis stalinista. Sin los enjuagues de Gabriel y Claudia. Sola. Frente a un espejo. Frente a la moribunda Erika lo hace y, progresivamente, su universo de certezas se resquebraja. Por eso una tipa capaz de asesinar a Mr. y Mrs. Teacup un par de episodios antes se apiada, ahora, de ese cinéfilo ingenuo al que le roba la virginidad y la inocencia. Por eso duda -aunque, de nuevo, en un acierto de guión acaba quemándolo- sobre si conservar algún recuerdo. Porque su vida ha estado siempre construida sobre la imposibilidad de la memoria, puesto que la memoria conforma la identidad… y la suya es más falsa que un rublo dorado.

Hasta ahora.

vlcsnap-2018-05-30-13h23m43s796

Como siempre ha ocurrido con The Americans, la amalgama de esferas resulta inescrutable. El afecto se mezcla con la ideología, lo político es personal y la intimidad adquiere tintes históricos. Es la proverbial grandeza de la serie, lo que también la hace tan escurridiza para el análisis rotundo: es imposible reducir a una dimensión la complejidad de los porqués. ¿La implicación de Paige en la causa del politburó parte de una genuina búsqueda de la justicia social o no es más que la ocasión para, por fin, tener una madre? ¿No es irónico que dos personajes que, a pesar de habitar trincheras opuestas, se respetan mutuamente (Oleg y Stan), acaben remando hacia el mismo lado de la historia… sin ser conscientes de ello? ¿Es la reconciliación amorosa entre el matrimonio Jennings, al inicio del sexto capítulo, genuina o una argucia de Elizabeth para solicitar ayuda posterior de Philip, en Chicago? ¿La insoportable consumación sexual con Kimmy -una de las escenas del año, perturbadoras en su sencillez, dada la acumulación semántica que conlleva- no es, paradójicamente, un intento de Philip por salvar su matrimonio, ahora que Elizabeth está tan esquiva? Y, por estirar la rueda de las consecuencias imprevisibles y entrelazadas, ¿no es precisamente la despreciable actitud de Philip con Kimmy la que, en el enésimo juego de espejos, le lleva minutos después “a hacer guantes” con su hija, en un último intento por salvarla de la catástrofe?

Es relevante detenerse en esa escena, una de las que más va a perdurar en la memoria de los espectadores, en especial por la gestualidad de Matthew Rhys, con un rictus que oscila desde el vacile desafiante hasta la congoja paternal pasando por la rabia contenida cuando ahoga a la propia carne de su carne. Es una escena sin apenas diálogo, estrictamente de acción, y, sin embargo, la cantidad de matices que regala cada plano, cada gesto, cada golpe es de una intensidad melodramática que exige rebobinar toda la trama de afectos familiares y envenenamientos ideológicos que han apuntalado la complejidad de esta relación paterno-filial. Por eso, Thomas Schlamme, el director de tan poderoso episodio, nos deja que reflexionemos durante todo un largo pasillo, para que cocinemos la magnitud del desastre que Philip Jennings acaba de avistar.

La potencia metafórica de esa misma escena resuena en la finale, mientras susurra U2 y sale el último tren. Quien bien te quiere, bien te hará llorar. O no puedo vivir ni contigo ni sin ti, que cantan Bono y sus chicos: “Mis manos están atadas, mi cuerpo magullado, ella me tiene y no queda nada que ganar y nada que perder”. Quizá Paige sea el personaje más trágico de toda esta historia. Como tantos otros caracteres en la finale (***), ella tiene que decepcionar/dejar tirados (“let down”) a gente que confía en ella. Por eso resulta tan importante una conversación aparentemente banal como la del interrogatorio de Aderholt y el Padre Andrei: porque sumariza una de las claves afectivas e ideológicas del cierre de The Americans. Los Jennings abandonan a Henry, Stan cede en sus principios… y Paige se despide para siempre de sus padres. Más allá de la brillantez visual de la escena -la más sorprendente y visceral de los últimos 70 minutos-, la decisión de Paige se revela muy razonable. No solo por la “pelea” con su padre, que le evidencia que no está preparada para un trabajo así, sino por el resquebrajamiento progresivo de la relación con su madre, culminada en esa violenta discusión del episodio 9. Mientras se aleja el tren y el vodka consuela el picor de la soledad y la culpa, duele recordar los escritos del Pastor Tim, lamentando la aniquilación interna de aquella joven devota e idealista, mamá suplente y hermana fiel. “No creo que sea como tú, Papá”, le espetaba en la escena de arriba; en efecto, la frase, aunque dicha con un sentido totalmente opuesto, se revela premonitoria: Paige jamás podría huir dejando toda una vida atrás. Como en la primera temporada, ella será la encargada de cuidar de Henry; la complicidad de Stan la absuelve de cualquier colaboración criminal. Pero la tragedia de que tu propia madre te haya lavado el cerebro, ebria de ideología, aprovechándose de tu amor, ay, eso no hay infierno que lo purgue. La inocencia es como la pasta de dientes: no puede volver a meterse en el tubo.

(***) La traición y la decepción también son la piedra de toque de la última aparición de Claudia en “Jennings, Elizabeth” (6.9.). De nuevo, las certezas asimovianas de los apparatchik subversivos que quieren liquidar a Gorbachov para mantener la pureza del sistema comunista enfrentan las convicciones de las dos mujeres. “¿Qué queda para ti?”, le escupe calmadamente Claudia antes de despedirse, con elegancia japonesa. ¡Un estupendo adiós -preludio del minimalismo de la finale- para la siempre grande Margo Martindale!

Paige-the-americans

Pero, ¿quedan, acaso, Philip y Elizabeth confinados al infierno? Rusia carece de McDonalds (por poco: en 1990 se abrió el primero en Moscú), desconoce la música country y probablemente, en plenos años ochenta, sería inconcebible dejarse un sándwich sin terminar para abandonarse en dudas existenciales y recuerdos pordioseros (6.4.). Los Estados Unidos molan mucho más, no hay duda, pero la clausura de los Jennings no es tan desastrosa. Han permanecido fieles al gobierno soviético, han salvado a Gorbachov y, de rebote, el mensaje de Oleg que ellos logran pasar provoca, como sabemos por la Historia, que se firme el START (título del capítulo final): el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas. Vamos que, dentro de su modesto radio de acción, los Jennings salvan el mundo. Ahí revolotea el dilema más incómodo para los espectadores, un clásico de los antihéroes contemporáneos. Les hemos acompañado durante años como si fueran familia, hemos estado de su lado a pesar de muchos de sus actos despreciables, hemos sufrido sus pesares y lamentado sus ausencias. ¡Qué demonios: eran el enemigo! Y, sin embargo, una buena parte de nuestro yo-espectador anhelaba su victoria y se entristecería por su muerte.

Ahí es donde el encuentro más esperado de toda la serie, a pesar de las dilaciones, ha aguantado el tirón. Los doce minutos en el garaje de Stan y los Jennings no suponen ningún giro dramático inesperado ni traen revelaciones mandibulares. Al contrario: el intercambio verbal es, en esencia, un recuento de toda la serie. Y, sin embargo, se siente como pura dinamita verbal. ¿Por qué? Más allá de que los Jennings pongan todas sus mentiras en el asador -unas veces pensando en burlar a Stan, otras en blanquear a Paige-, la potencia de la escena está en el cómo, por enésima vez, las mentiras están emboscadas en un bosque de verdad que hace todo mucho más punzante. Engañas a tu mejor amigo para salvar a tu familia, endemoniado dilema. Con Paige atemorizada y Elizabeth expectante como una pantera, el peso radica en el toma y daca entre los dos hombres. Dos amigos. Dos tipos que claudicaron. Dos almas perdidas. El rostro de Noah Emerich conforme escucha -unas veces con rabia, otras con pasmo- las confesiones de Philip es para enmarcar. La voz quebrada de Matthew Rhys al recontar el calvario que le suponía su vida de mierda y engaño le regalará el Emmy. Los silencios, los remordimientos, las dudas, las miradas y el verso de T.S. Eliot.

vlcsnap-2018-05-31-21h57m02s941

Precisamente por la fuerza del estilo, más allá de los excesos videocliperos de la última media hora, es un cierre dramático espectacular y satisfactorio. No solo ata todos los cabos sueltos, como es obligado, sino que proporciona una extraña mezcla de alivio y dolor, de justicia poética y happy-ending (****). Todos los personajes pagan por sus pecados, incluso Henry, el más inocente; sin embargo, no hay ninguna muerte. Los ilegales se escapan de la obsesiva persecución del FBI; no obstante, Estados Unidos ganará la Guerra Fría por goleada. La familia Jennings se hace añicos durante la huida; aunque los papás saben que los niños estarán bien y les recordarán: “Los hemos criado”.

(****) Incluso el atípico sueño de Elizabeth en el avión (solo recuerdo este mecanismo narrativo en aquella luminosa ensoñación de Nina Sergeevna antes de cerrar los ojos para siempre) puede entenderse en esta clave de contrarios. En su subsconsciente actúa, por supuesto, la melancolía por lo perdido. Lo revelador de la secuencia es el contraste entre aquella Elizabeth embarazada, disfrutando de su amor verdadero con Gregory, que detesta al bebé de encargo que lleva en sus entrañas… con la transformación del espacio que opera en la habitación. Aquella herida de su memoria que era Gregory deja paso, ahora, al retrato de Erika que casi rescata de las llamas y, por contigüidad simbólica, una imagen de los dos hijos que ha perdido para siempre. Las cicatrices son muy otras ahora: el yo despreocupado de antaño ha quedado sustituido por una memoria lancinante, más oscura y, por ello, más humana.    

No, por supuesto, sabemos que la vida de los Jennings no va a ser mejor ni más feliz en una URSS camino de la descomposición y las corruptelas, pero al menos Philip y Elizabeth se tienen el uno al otro: “A través de la tormenta alcanzamos la orilla”. Su vida, como imaginan mirando el paisaje de la última ciudad, podría haber sido muy diferente. Aún hoy no saben quiénes son realmente y la búsqueda puede que nunca concluya. Philip, Mischa, Elizabeth, Nadezhda. Pero en la mentira que han vivido, no hay duda de que su matrimonio y sus frutos han sido, a la postre, la única verdad y su mayor éxito… en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, en el capitalismo y en el comunismo, hasta que la muerte los separe.

También te puede interesar

8 Comentarios

  1. Ram

    Gracias por tu análisis, sin duda acaba de concluir una obra maestra de la televisión, con un final digno de enmarcar.

    Responder
  2. Juan F.

    Hoy es un día triste. Quedo huérfano de la serie con mayor intensidad dramática de los últimos lustros. Intentaremos sobreponernos de algún modo aunque de momento no atisbo serie sustituta que le llegue a la altura de los zapatos. En fin, como siempre, un placer leerte, Alberto.

    Responder
  3. marcbranches

    Una reseña realmente bonita, Alberto. Me ha parecido un remate de serie realmente coherente con lo que nos ha estado transmitiendo durante todo este maravilloso viaje, aún cuando algunas de las decisiones tomadas puedan resultar frustrantes durante el visionado en directo. Si tengo una queja sobre la temporada: en ocasiones me ha parecido que no manejaba del todo bien sus ritmos narrativos, en especial en los episodios anteriores a este último, como si les hubiera faltado campo. Hay un momento especialmente frustrante: la discusión entre Paige y Elizabeth del 6×09 en la que se escenifica la ruptura de la confianza de la hija con la madre; ruptura que nace de una escena (el becario cinéfilo explicando su bizarra experiencia) que Paige explica y que no vemos. Con lo cual se nos priva de ver la caída del velo del rostro de Paige: ha habido un giro de 180 grados en su percepción de su madre, un momento absolutamente clave de la serie (como nos confirma su decisión en el tren) y no lo hemos presenciado. En una serie tan sutil y tan atenta a los detalles, me resultó sorprendente y algo anticlimático.

    En cuanto a lo que comentas del aspecto fumador de Elizabeth como pista forzada para Stan, creo recordar que en la primera conversación sobre el tema de Stan con Aderholt, el personaje de Noah Emmerich, al referirse a las colillas, afirma que él jamás había visto a Elizabeth fumar. Supongo que esa percepción de una doble vida le reafirma en su sospecha.

    En fin, detalles de una serie de antología. larga vida al mail robot. Saludos.

    Responder
    • AlbertoNahum

      Ay, las prisas, se me olvidó mencionar ese momento. Tienes toda la razón: habría sido muchísimo más potente mostrarnos en carne viva cómo Paige se daba cuenta. En todo caso, me temo que había una explicación para no mostrarlo. Incluso admitiendo cómo Paige se ha infiltrado en esos ámbitos, no deja de resultar un poco “patillero” que, con lo grande que es Washington, vaya a coincidir en un bar con el chaval al que le han destrozado la vida… ¡justo en el momento en que lo cuenta todo! Vamos, que me da la impresión de que los guionistas decidieron centrarse en la reacción para no tener que dar demasiadas explicaciones de la acción.

      Por cierto, lo leí creo que en Sepinwall: ¿viste la despedida del mail robot, paradico detrás de Stan en una de las escenas finales en los despachos del FBI?

      Responder
      • marcbranches

        No me di cuenta en directo, di por sentado que había ofrecido su despedida en la silenciosa escena de ascensor del episodio anterior. Luego se lo leí, efectivamente, a Sepinwall, quien por cierto ha fichado por Rolling Stone… no sé yo.

        Puedo aceptar, a regañadientes, la explicación que das sobre la elipsis de la escena de Paige. Pero, si fue por esa razón, diría que refuerza mi teoría de que les faltó un poco de campo en los tramos finales. En cualquier caso, no pretendo ejercer fiscalía ninguna: he disfrutado muchísimo el trayecto, y el episodio final, en mi opinión, pasará al panteón de los mejores “series finale”. ¡Saludos!

        Responder
        • Ivo

          Cuando ratas encontrar tres pies al gato, normalmente te equivocas de forma gigantesca… Page jamás conoció al cinéfilo, su novio interno estaba con él en una fiesta casera (no en un bar) junto a otros internos, ya que trabajan juntos, por lo que no fue una coincidencia donde el cinéfilo se emborrachó y contó su historia, por eso no vimos su reacción, ya que habría sido muy anticlimático ver como el novio de Page se lo cuenta, fue mucho mejor vivir en carne propia la sorpresa de Elizabeth.

          Responder
  4. Ivo

    Una de las mejores reseñas que he leído, tan detallada y llena de matices, The Americans es la mejor serie de la historia para mí, solo por detrás de Mad Men.

    Responder
  5. edison

    Paige vuelve al sitio de encuentro secreto donde se encontraba con su madre y Claudia.
    Que hay de Claudia?, ella no volverá a ese lugar, se ha marchado a la URSS tambien, cierto?. Osea que queda una Paige sola y fugitiva. Que hara?, como hara para reencontrarse con su hermano. Si es asi, quizas con el paso del tiempo volveran a ver a sus padres, tal vez no lo deseen de a mucho. O ella se entregara?.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *