, archivado en Killing Eve ,

Killing eve poster

Si jugamos al asesinato como una de las bellas artes, Villanelle sería su creadora más sexy y eficaz. Una villana de las que marcan época besando la muerte. Porque la estupenda, sorprendente y adictiva Killing Eve no se entendería sin su aroma Asperger, su delectación al contemplar el último suspiro de sus víctimas o esos ademanes de niña traviesa tocándole las narices a los jefes. Lo milagroso es conjugar todo eso con la letal efectividad del AK-47 y la resolución de un Terminator. En esa ambigüedad genérica y tonal radica buena parte de su éxito: Killing Eve es una serie de espías, una comedia negra, un drama matrimonial, una historia de amor, un paseo geopolítico por Europa e, incluso, un fino alegato feminista liberal, alejado de cualquier victimismo colectivo. Killing Eve resulta Inclasificable, vamos. Y muy, muy refrescante.

Como explican en The Atlantic, el nuevo ecosistema televisivo, desparramado en cientos de canales, hace posible que propuestas arriesgadas y difíciles de atornillar como The End of the F***ing World o Killing Eve se conviertan en virales y mainstream. El boca-oreja, aunque se haya sofisticado con las redes sociales, sigue resultando la publicidad más efectiva. Le das un tiento a esa serie que adoran los primeros de la clase y, nada más catarla, entiendes el embrujo. ¡Qué demonios, si es que Killing Eve te atrapa ya desde la primera escena! En ella los creadores dibujan al personaje con la certeza estética de un francotirador: un simple juego de miradas en triángulo, sonrisas que van y vienen, y, sobre todo, ese gesto puñetero del helado que esconde todo un universo interior (este desglose milimétrico de Michi Huerta). En menos de un minuto, Villanelle ha echado a andar como personaje perfectamente formado. En su presentación ya cabalga la irresistible esquizofrenia genérica de la serie, la psicopatía violenta de la co-protagonista (con su mala leche tan juguetona como orgullosa), el tono de esto-no-va-muy-en-serio, y un estilo audiovisual rumbero, como de noir electrónico susurrado en francés.

killing-eve-Carolyn

Con la clásica contención narrativa británica, estos ocho capítulos de persecución entre el gato y el ratón se disfrutan tanto por el jugo de su misterio (¿quién es realmente esta pirada asesina? ¿para quién trabaja? ¿logrará Eve darle caza? ¿y ese cliffhanger del cuarto capítulo?) como por la dinámica entre los personajes. Con respecto a lo primero, la trama, si nos ponemos quisquillosos hay que admitir que la clausura resulta un pelín decepcionante. Demasiados pelos en la gatera y la sensación de que una historia redonda se va a estirar con una segunda temporada. Ojala me equivoque. Qué narices, ni siquiera es lo relevante. Por eso, también, hay varios peajes de verosimilitud que no merece la pena ponerse a rascar (desde el funesto destino de Bill Pargrave en la discoteca hasta el exceso de agallas de Eve Polastri, una mosquita que vuela como un abejorro), porque no hay que exigirle un pacto de lectura severo a un relato que desde el minuto uno se cachondea de sí mismo. La serie, en definitiva, funciona mejor en el nivel micro que en el macro. Valentina Morillo, con su buen ojo estético, destaca cinco sabrosos momentos en Fuera de series, pero podrían listarse otros veinte inolvidables, sin que nos importe mucho si se le ven algunas costuras al zurcido general.

Basta un ejemplo para ver lo congestionada que puede andar cada una de esas escenas inolvidables. Por ejemplo. La canción más emblemática de la serie lleva por título “Killer Shangri-Lah”. Suena en un entorno que parece sacado de El Padrino, con un pobre niño repipi metido en un baño mientras la crueldad se despide garabateando un nombre de seda. “Tengo que matarte. Lo siento muchísimo. Tengo que hacerlo…”, canta Psychotic Beats. De nuevo, la hijoputez de Villanelle en todo su esplendor, pero también su perverso encanto, tan preocupada por el nombre de la diseñadora. Su mirada, orgásmica, al ver cómo se escurre la vida. Pero aún hay más, si queremos prolongar la hemorragia semántica. Está -y vaya coincidencia- la génesis del grupo que canta, explicada en Jenesaispop, que le queda como anillo al dedo a esta historia. La última cremallera es el título de la melodía: Shangri-La es una suerte de paraíso perdido, una utopía, un lugar feliz, aislado. “Killer Shangri-La”, por tanto, es el universo de celofán en el que vive esta sociópata tan encantadora. El oxímoron moral perfecto.

Pero, si dejamos el análisis a pie de pista y retomamos la visión de conjunto, no hay duda de que, para que algo así ruede con tanto aplomo, la clave está en los personajes. La prueba del algodón suele radicar en los secundarios: que exhiban tridimensionalidad, que tengan piel y nervios, no solo esqueleto. El marido polaco que se acojona, la jefa aristocrática a la que le va el flirteo pro-ruso, la nada desvalida hija de Konstantin (cómo va ganando empaque y aristas el gran Kim Bodnia)… No hay personaje, por muy ocasional que sea, que se avenga al tópico dramático. Al contrario: el regate es la norma de la serie, muchas veces con humor y otras con brutalidad.

Konstantin

Esta montaña rusa emocional -entre distanciada y entrañable- ya se dibujaba en la primera propuesta de Phoebe Waller-Bridge: Fleabag. Una divertida y corrosiva comedia que triunfaba, precisamente, por su gracejo para meter en la misma olla la tragedia de una amiga muerta, una familia disfuncional, peña detestable y los quiero-y-no-puedo de una treinteañera en crisis que continuamente rompía la cuarta pared. Tras recordar el surrealismo emocional de Fleabag, uno puede digerir con naturalidad una escena que ponga en danza los siguientes elementos: una brutal mercenaria disfrazada de princesa rosa, una consulta psiquiátrica en ebullición y un desesperado jefe con triple agenda oculta. Catacrac:

Precisamente porque de aquel Fleabag vienen estos oros, una de las pocas cosas que mi mente no paraba de imaginar mientras visionaba el primer episodio de Killing Eve es lo estupenda que habría estado Phoebe Waller-Bridge -con su gestualidad desatada y su constante mirada autoirónica, la aupé como mi actriz preferida de la temporada pasada- en el papel de Villanelle. Pero, buah, la versatilidad y naturalidad gestual (¡¡y lingüística!!) de Jodie Comer -carne interminable de gifs simpáticos y vacilones– hace que el sarampión se pase pronto. Curiosamente, la interpretación que menos me ha llegado ha sido el protagonizado por Sandra Oh. Al poseer unos rasgos físicos tan duros, echaba en falta más chispa. Sus caras de agobio y contrariedad han funcionado; las de deseo y curiosidad le han quedado algo rígidas. Su personaje es muy sabroso, precisamente por su mezcla de fascinación, osadía y temor, por eso me ha resultado el eslabón más débil de un elenco, por lo demás, sensacional.

killing eve kitchen

La última secuencia de Killing Eve sintetiza lo que ha sido toda la serie: dos personajes como extraños compañeros de cama, donde nada es lo que parece y hasta las máscaras juegan al despiste. De repente, ¡zas!, una erupción de violencia acompaña a una carcajada. O quizá es al revés, como si el espionaje fuera la continuación del amor por otros medios. Qué humor tan negro… y tan indeleble. No en vano, la dulce y pérfida Villanelle podría haber protagonizado el chiste más gracioso del mundo: “Dos cazadores de Nueva Jersey caminan por un bosque cuando uno de ellos se desploma. Da la impresión de que no respira y tiene los ojos vidriosos. El otro coge el teléfono y llama al servicio de emergencias. Dice con voz entrecortada: “¡Creo que mi amigo está muerto! ¿Qué debo hacer?”. El operador le contesta: “Cálmese. Le ayudaré. En primer lugar, asegúrese de que está muerto”. Hay un silencio y a continuación se oye un disparo. De nuevo al teléfono, el cazador dice: “Muy bien, y ahora ¿qué?”.”

Solo que ella lo habría protagonizado tomándole el pelo al telefonista.

Killing Eve killing

4 Comentarios

  1. Flames

    “… el tono de esto-no-va-muy-en-serio, y un estilo audiovisual rumbero, como de noir electrónico susurrado en francés.”

    “… a trama, si nos ponemos quisquillosos hay que admitir que la clausura resulta un pelín decepcionante.”

    Lo has “clavao”. A mí me ha dejado un sabor agridulce; la segunda parte de la temporada creo que se pierde. Y Sandra Oh me parece un poco exagerada. De por sí me pone muy nervioso esa cara forzada y amargada que parece que se haya metido un limón en la boca ….

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  2. poliptoton

    Tu quoque, Alberto? 🙂

    Odio el “no es para tanto” como argumento, pero de verdad que, aunque me parece que es entretenimiento de primera (ni más ni menos) y es efectivamente adictiva, igual se nos está yendo un poco la pinza a todos con el halago general. Y creo que tiene que ver que este 2018 está siendo en general bastante mediocre en televisión (o al menos en la pequeña fracción que yo llego a ver).

    Las dos pasan de ser unas mentes maestras a unas pringadas según a la escena le convenga, la suspensión de la incredulidad se lleva un par de hostias en más de un momento, lo de la cárcel rusa es largo de narices y, en general, la segunda mitad de la temporada es un poco cajón de sastre donde ya nada importa mucho pero lo sigues porque sigue siendo divertido.

    Que sí, que bien. Pero.

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    • AlbertoNahum

      Jaja, mi quoque, mi quoque.

      Ojo, creo que en ningún sitio digo que sea la mejor serie del año ni nada de eso, ni mis halagos llegan al nivel de hondura moral o “política” que sí le he dedicado, por ejemplo, a The Americans en el post anterior. Es más, como recuerda FLAMES, remarco tres o cuatro cosas que no me han convencido, aunque sí es cierto que no hago sangre. La suspensión de incredulidad la abordo casi literalmente cuando digo que hay “peajes de verosimilitud” y que se dejan pelos en la gatera. La clausura es decepcionante y, bueno, critico no solo el chalaneo dramático de la co-protagonista sino también su interpretación (Sandra Oh).

      Coñe, pero eso no quita para que sea una experiencia fabulosa y se disfrute mucho, más al nivel micro, como digo. Una cosa no quita la otra. Y las partes negativas están apuntadas.

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