, archivado en Barry

barry

… que recites el pasaje tal como lo he declamado yo, con soltura y naturalidad, pues si lo haces a voz en grito, como acostumbran muchos de vuestros actores, valdría más que diera mis versos a que los voceara el pregonero. No castiguéis demasiado el aire con las manos: usad delicadamente vuestros gestos; pues en el torrente mismo, la tempestad y (cómo podría decirlo) el remolino de vuestra pasión, debes tener y mostrar aquella templanza que hace suave y elegante la expresión.

(Hamlet, Acto 3, escena 2)

El problema de conocer a Barry Berkman después de un idilio con Villanelle es que hay, por narices, que emplear una expresión francesa con las tildes enfadadas: déjà vu. No me entiendan mal: Barry es divertida, original y chocante. Pero ha estado lejos de encenderme el fuego que sí prendió el juego del ratón y el gato entre Oksana Astankova y Eve Polastri.  Quizá es al excitación de la novedad, del haber llegado primero, como en el amor adolescente.

Más allá de paralelismos, Barry es una serie muy interesante por sí misma. Resultona. Ahora que tan en boga está el cajón de sastre de la “dramedia“, Barry es de las que más ha llevado al límite sus dos componentes: la risa y la tragedia. No es tanto que se nos paralice una carcajada por la incomodidad o que la pena de un antiheroísmo sanchopancista nos dibuje un rictus triste. No. En Barry colisionan, literalmente, la salvajada y el sarcasmo, la sangre y la risotada, el tiro en la cabeza y la caricatura eslava.

Por un lado, Barry es una comedia exagerada e inverosímil, algo razonable dentro del pacto de lectura genérico, desde su misma premisa. Lo de colarse en la clase de actuación es, de largo, lo más naif de la historia. No obstante, ese jeribeque resulta imprescindible para el juego de espejos -de nuevo, “El asesinado de Gonzago” y su doble lectura dentro del propio Hamlet– que va hidratando el fondo de Barry. El “teatro dentro del teatro” permite un doble objetivo: por un lado, ahonda en la reflexión existencial del personaje interpretado por el letal y atormentado Bill Hader y, por otro, alienta un incesante doble sentido narrativo. Desde su primera “audición”, el público sabe que cada performance teatral de Barry anda más cerca de Las hilanderas de Velázquez que del método de Stanilavski.

Como guinda, el ambientillo de las bambalinas tiene su salsa. Además de ser un recurso dramático que alimenta la sociabilidad del personaje (y que, en varias secuencias hilarantes, demuestra su carácter genuinamente antisocial) y que eleva una constante reflexión entre el yo real y el que proyectamos (es decir, entre autenticidad y fingimiento), las clases de teatro nos regalan a un secundario delicioso: Gene (Henry Winkler, galardonado con el Emmy). Una subtrama tan delirante y esquinada como el affaire con la investigadora de policía se convierte en una de las chucherías de la serie. Y, vaya, le permite una macabra continuidad a un relato que, hasta el último suspiro, parecía haber arribado a puerto.

Hasta aquí, Barry es una serie aseada y efectiva. La diferencia radica en su brutalidad: una comedia de enredo donde el triángulo amoroso se sustituye por mafias bolivianas y chechenas. Contemplando los sabrosos estereotipos (qué salaos están Glenn Fleschler y Anthony Carrigan imitando ese acento que hará retorcerse a los cruzados de la apropiación cultural), cuesta hacerse cargo de escenas tan turbadoras como la tortura a Fuches o, ay ay, esa conversación en el coche entre Barry y su amigo Chris. Esa disonancia -tonal, genérica- es la que hace de Barry algo diferente. Y la que permite que sea precisamente la clausura del séptimo capítulo la que regale la escena cumbre de su primer año, esa en la que todos los velos del protagonista -el actor, el asesino, el atormentado, el redimido, el trágico- colisionan para una misera frase: “Mi señor, la Reina ha muerto”. La paradoja entre coñeo y solemnidad alcanza, cómo no, al mismísimo clímax. La supuesta gran escena, el monólogo tan esperado era esto:

Y es en esa coherencia tan escurridiza entre moralidad y relato donde Barry se ha hecho fuerte. La invención de lo humano en la clásica historia de la redención imposible, de la pelea de un héroe contra los dioses, que no son más que los propios demonios. Porque Barry sabe alumbrar, entre mutis por el foro e incursiones de boina verde, la trágica lucha de un hombre contra sí mismo.  O, como diría el bardo inglés, “en nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser”.

O cómo la luz de tres disparos, mientras duermes, constata que “lo demás es silencio”.

Para otros, claro.

Barry end

2 Comentarios

  1. Flames

    Lo curioso es que prácticamente he visto KILLING EVE y BARRY casi a la vez; supongo como casi todo el mundo.

    Estoy muy de acuerdo con todo lo que escribes. Tras el primer capítulo de BARRY no daba un duro por ella. Fueron las críticas positivas que leía las que me animaron a seguir, y no me sentido defraudado. En cierto sentido BARRY ha ido de menos a más, y KILLING EVE…. creo que prometía más de lo que luego acabó por mostrar.

    Y de lo mejor Gene, el profesor y su intento de ligar con la policia.. jajajajaja. Genial.

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    • Alberto Nahum

      Pues dándole vueltas, creo que tienes toda la razón: Killing Eve fue de más a menos (aunque acabó con un nivel bueno) y Barry, por su parte, fue al contrario, creciendo. Conforme pasa el tiempo tengo más curiosidad por ver cómo evolucionaría Barry en una segunda temporada que por la buena de Villanele.

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