, archivado en Halt and Catch Fire ,

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“Los ordenadores no son la cosa. Son la cosa que te lleva a la cosa. Tú fuiste la cosa”. (Joe McMillan, “Ten of Swords”, 4.10).

La vida como una búsqueda condenada al fracaso y el viaje, ay, como una perenne nostalgia del presente. Porque la meta siempre es el horizonte, una línea en movimiento perpetuo. Esquiva. Vaporosa. Imposible.

La cosa que te lleva a la cosa. Siempre persiguiendo un lugar que no existe en los mapas.

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Tras encontrar su tono en la segunda temporada, gracias al paso adelante de las protagonistas femeninas, la extraordinaria Halt and Catch Fire se ha convertido en una serie elegante y dolorosa hasta su adiós, hace unas semanas, en AMC España. Enigmática a ratos, pero siempre de una emoción sutil y temblorosa. Hasta que, de repente, el sistema se colgaba y el relato cogía fuego, como con el suicidio de aquel genio de la informática o el apagón radical que impone la última llamada del ya mítico “Who Needs a Guy” (4.7.). ¡Justo ahora que la enfermedad degenerativa parecía haberse esfumado del relato! Ouch.

Los últimos tres capítulos de la temporada han realizado una labor excepcional en retratar la pena, la ausencia, sin caer en el sentimentalismo fácil ni la lágrima de saldo. La misma finura que ha desplegado, por ejemplo, para narrar los amoríos imposibles de la joven Haley: la manera en la que se nos cuenta cómo está enamorada -un tatuaje, un dibujo en un cohete- oposita a los destellos más brillantes del año, por la manera inversa de emplear la siembra y la recogida. Es uno de los muchos momentos memorables del año, donde la fuerza narrativa se acurruca junto a la metáfora lúcida y la bofetada afectiva: una larguísima conversación telefónica entre dos personas que jamás lograrán quererse de verdad (4.1.), el emocionantísimo montaje paralelo entre la quema de los diarios de Gordon y el asombro de Donna al desentrañar Pilgrim (4.5.), un módem sonando en una caravana en medio de la nada (4.6.) o Bosworth cocinando para almas derruidas, aún en busca de sentido (4.8.).

Toda la cuarta temporada ha regresado, como no podía ser de otra manera, a la verdadera obsesión de la serie: la innovación. Ese picor vital que les impele a seguir buscando, sin descanso, para derretir el invierno de su descontento. Puede que sea un buscador más sofisticado que el de la competencia o quizá se trate de ese videojuego en el que nadie es capaz de saltar de pantalla. Pero siempre está ahí, acechando, el deseo por soñar lo que no existe y explorar los territorios que nadie ha transitado. Es el ADN de toda esta panda de genios e inconformistas, capaces de asomarse al acantilado y saltar (Donna), de alejarse de un mundo que jamás ha emitido en su misma longitud de onda (Cameron) o de intentar, por enésima vez, inventar el futuro (Joe). No es casualidad -y ahí radica el drama vital- que todos los personajes paguen un alto precio personal por intentar desafiar al tiempo: divorcios, abortos, infartos, ruinas y montones de cicatrices imposibles de sanar. Por eso Gordon recuerda la felicidad de los primeros llantos antes de subirse a su último tren. Ahí está el mismo haz de luz que aparece en los títulos de crédito, reforzando la obsesión, las señales que han atraído a todos estos personajes hasta los confines de la creatividad… y del fracaso.

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Por eso, en el fondo, Halt and Catch Fire es una serie tan, tan triste. Porque sus personajes se empeñan, una y otra vez, en pelear batallas que jamás pueden ganar. Y, aun así, aceptan los costes. Y siguen. Y siguen. Incluso cuando han abandonado todo, en esa bellísima secuencia final entre Donna y Cam, cuando los mecanismos de sus privilegiados cerebros saben que hay todavía muchas cosas por inventar (¿Un GPS portátil, Google Maps, Uber?). Y siguen. Y siguen. Y siguen persiguiendo a la ballena. Porque, como escribía aquel sabio griego: “El deseo de lo imposible es una enfermedad de la inteligencia”.

Mackenzie Davis as Cameron Howe - Halt and Catch Fire _ Season 4, Episode 10 - Photo Credit: Bob Mahoney/AMC

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