
«La tarde había llegado, no con tranquila belleza, sino con la amenaza de violencia». Con esta frase —de las más inquietantes de la novela— se intuye buena parte de lo que El señor de las moscas lleva setenta años proponiéndonos: que el horror no irrumpe siempre como catástrofe, sino que se desliza poco a poco, con la siniestra naturalidad de una jornada que transita de la hermosura a la sangre, del heroísmo de la supervivencia al espanto ritual del linchamiento. Partiendo de un material tan crudo y estimulante, resulta llamativo que esta conocida historia —lectura escolar obligatoria en el ámbito anglosajón— no hubiera aterrizado antes en la pequeña pantalla.
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