¿Qué tienen en común un gato, una mujer ucraniana ordeñando una vaca y un grupito de perros sacrificados en masa? Mucho, si hablamos de HBO y de la antropología del sacrificio. En 2019, Chernobyl nos explotó en la cara. No solo por la dosis de realismo tóxico (pun intended) con la que Craig Mazin nos sumergió en una de las catástrofes más extrañas e influyentes del siglo XX, sino porque lo hizo con una sobriedad visual tan quirúrgica como descarnada.
Desde el potente arranque —un gato, un pañuelo ensangrentado y una grabadora en penumbra— hasta el melancólico último corte musical —esa Vichnaya Pamyat que aún resuena como salmo fúnebre—, la miniserie supera la narración de un desastre nuclear para construir un retablo simbólico sobre la verdad, el deber… y el sacrificio.
Mi contribución al volumen Chernobyl Calling. Narrative, Intermediality and Cultural Memory of a Docu-fiction (Punctum, 2024), editado por Nicola Dusi y Charo Lacalle, propone una lectura antropológica de este sacrificio múltiple que, como trato de argumentar, vertebra toda la serie. Siguiendo la estela de autores ya clásicos como René Girard, Marcel Mauss o Victor Turner, y siguiendo una estética de lo ritual que la serie esculpe con un mimo doloroso y detallista, exploro tres tipos de sacrificio presentes en la serie:
- El heroico, encarnado en bomberos, científicos y mineros que aceptan su suerte para evitar una desgracia mayor.
- El simbólico, canalizado a través de animales (las escenas del exterminio de perros, el ciervo muerto, el cuervo o corneja radiactiva… que no tengo ojo ornitólogo para diferenciarlos).
- Y el redentor, concentrado en el cuerpo del mártir Legasov y en la hija nonata de Lyudmilla Ignatenko, cuya muerte salva la vida de su madre.
Todo esto se remata con la idea de que el suicidio de Legasov no es solo un acto de desesperación, sino un último sacrificio: una inmolación como gesto comunicativo. Una muerte que grita, que denuncia, que transmite. Y que, en última instancia, ay, libera.
Spoiler: también hablo de una piedad sin Cristo. Porque en la iconografía de Lyudmila, sosteniendo en silencio su duelo materno, late el eco de una Pietà soviética que nos recuerda que, a veces, la verdad puede costar la vida… y a veces, ni así basta.
La versión académica completa puede leerse aquí:
-“Chernobyl and the Anthropology of Sacrifice” [PDF] (en Chernobyl Calling: Narrative, Intermediality and Cultural Memory of a Docu-Fiction).
Y para quien prefiera una versión más ágil, en zapatillas y con menos notas al pie, aquí hay una suerte de resumen divulgativo/primera versión publicado en el blog auspiciado por Henry Jenkins.
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