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Narcos

“Hay un viejo dicho en la policía: los malos necesitan suerte siempre; los buenos necesitan suerte una vez” (Agente Murphy, 1.4.)

Porque, a pesar de todo, los malos y los buenos existen.

Hay dos escenas de “Nuestra Finca” (2.9.) que, sin exprimir el espoiler, encapsulan la atracción e incomodidad de Narcos. La primera de ellas, tan metafórica como improbable, nos muestra al antihéroe cansado, vencido, acorralado; en esa encrucijada, hasta la sangre de su sangre le escupe en la cara, con olor a establo: “Es gracioso que no te guste la sangre”. La segunda escena, tan agria como el personaje que la protagoniza, es salvaje hasta lo insoportable: un asesinato de uno de los pocos personajes “puros” de Narcos… que se lleva a cabo delante de un niño.

¡Jo-der!

Por si quedaban dudas: esto es lo que deja el “héroe” al salir por la puerta. La desnudez de la muerte. Como si tras su funambulismo moral, la serie quisiera recordar que el narcotráfico desangró un país entero durante décadas.

Escobar and his father

Uno de los problemas de Netflix -un inconveniente de caviar y ricos, obviamente- es que se ha perdido el visionado colectivo. Y es que el rito de la comunión colectiva tiene su aquel: la inteligencia colectiva aventando teorías, consolidando tal o cual lectura y, cómo no, twitter pasando por su máquina de picar carne a caracteres odiosos. La ansiedad colectiva nos venía muy bien a los críticos, puesto que, si uno era pulcro con la agenda, resultaba asequible recoger el caudal y canalizar las ganas de la peña por rezar juntos a San Max Richter, comentar ese cliffhanger salvaje en forma de salto al vacío o diseccionar la extraña finale de Westworld.

Netflix ha roto el tablero precisamente porque hace ya cinco años en los que permite que cada espectador haga la guerra por su cuenta. Los espoilers vuelan por twitter como dagas de heroína despechada y cuando quieres escribir de la última sensación que has visto… hace seis semanas (meses, en mi caso) que dejó de ser trending topic. Netflix nos ha habituado a llegar siempre tarde.

Como conté, eso implica cambiar la estrategia. Ya no importa tanto el cuándo (que la reseña esté humeante) sino el indurainismo: el estar ahí, con un buen fondo de armario. Que quien se pasee por el blog para buscar una referencia de una serie encuentre, al menos, unas breves impresiones. Como éstas de Narcos, una de las series más populares -sí, también por sus brillantes y eficaces campañas de publicidad, no aptas para pavlovianos– entre el gran público. Cualquier seriéfilo ha impostado la voz para sugerir “plata o plomo” y nadie se ha escapado, durante el gintoneo, de lanzar su “hijueputa” al aire de la noche.

Narcos 2

Esto explica algo muy relevante -y, como veremos, también problemático- sobre Narcos: la fascinación del mal. Nadie imita la voz del agente Murphy. No. El que nos mola, aunque solo sea retóricamente, es Pablo Escobar. Incluso somos capaces de recitar sus dos nombres y sus dos apellidos con acente brasi-colombiano. ¿Por qué? Porque a pesar de su chandalismo y su reino de arrabales y nuevos ricos, la serie despliega las ya clásicas estrategias retóricas que hacen que nuestra empatía se haga la picha un lío.

No, tampoco es que queramos que Escobar venza a las fuerzas del orden ni nos congratulamos de que extienda la epidemia de la droga por todo el mundo. Los espectadores no somos tan malnacidos… una vez superada la distancia de seguridad de la ficción. Sin embargo, sí nos solaza verle escapar de la prisión al final de la primera temporada y hasta nos toca las narices cuando hay un soldado demasiado sanguinario en el equipo del bien. Esto último nos joroba porque nos gustaría mantener la ficción de la superioridad moral de la ley, pero, sobre todo, porque es una jodida piedra en el zapato de nuestro “héroe”. Esta inolvidable balacera telefónica

Como muchos lectores se imaginan, estos claroscuros son de lo que más me mola de Narcos, precisamente porque son un territorio incómodo, que produce extraños picores morales. Cada uno tiene sus vicios…

Pero también me ha gustado la serie por su sabor. Por su mezcla, para ser más exactos. Está ese aroma local, descuidado, de cocido sancocho, peinados Neymar y acentos tropicales, un caos tan estético como ético, donde reina el todopoderoso Escobar. Enfrente asoma la limpieza de los uniformes, la frialdad burocrática y la impotencia de la ley. En esta guerra, además, me parece un punto a favor aceptar la mirada del extranjero como punto de vista del relato. Su voz en off, además de legitimar los muchos extractos de vídeo de la época que se cuelan por el metraje, impone un tono didáctico que nos viene bien a los que no conocemos los intríngulis de aquella asombrosa subversión delictiva que puso a todo un Estado al borde del precipicio. Por decirlo de otra forma: el relato de Murphy desmitifica, aunque sea de palabra, lo guayón de tantas acciones de Escobar y su gente. La sangre es puñetera sangre.

En este sentido, incluso Narcos pasa la prueba del nueve para los españoles: sus breves referencias a ETA no pecan ni de la equidistancia moral que tanto gusta en el progresismo internacional (esa romántica imagen del guerrillero en lucha contra la dictadura) ni de estúpidas piruetas narrativas como aquella naif glorificación gudari en el Chacal de Richard Gere y Bruce Willis.

Narcos 3

Las dos primeras temporadas de Narcos fueron entretenidas, moralmente interesantes y, a pesar de ciertos altibajos en el ritmo, dramáticamente potentes, entre la verosimilitud y la adrenalina. Pero, ay, al comenzar la tercera entrega el año pasado me topé con lo que en otros sitios he denominado el “efecto Reichenbach“. Mmmm. No. No era lo mismo. Este no era mi Narcos. Al principio pensé que le faltaba lo obvio: estatura mítica a esa tercera entrega. Sin embargo, no, no era el mito del narco, tan problemático como atractivo dramáticamente, sino la gratuidad y el déjà-vu. Se me quedó grabada la última escena de “The Kingpin Strategy” (3.1.), donde el Pacho Herrera interpretado por nuestro Alberto Ammann confirmaba haberse convertido en un nuevo personaje. Uno principal, rey regente tras el descabezamiento. Un tipo capaz de pasar del salseo y el lengüetazo a la sádica escena de la motocicleta emulando torturas medievales. Ahí me dije que el ciclo de Narcos se había cerrado. Ahora, al parecer, se mudan a México, huyendo de los rodajes de riesgo y convirtiendo el serial en antología.

Ya lo advertía el bueno del agente Peña: “Con suficiente dinero puedes lograr cualquier cosa”. Así que con la de hijueputas que pueblan el mundo, Netflix puede seguir produciendo Narcos regionales hasta que nieve cocaína.

 

Un Comentario

  1. Flames

    Muy buen post o entrada. Sólo puedo añadir mi punto de vista, mi experiencia:

    .- No he padecido la publicidad de la serie NARCOS; estoy fuera de la influencia de la publicidad de la serie. Y aún así “caí” en ella desde el principio.

    .- A mí lo que me ha atraído de la serie –además del sabor que desprende, como bien apuntas– es el saber qué se basa en hechos reales, en pensar que aquello ocurrió y que la gente lo padeció. Me pasa con las series basadas en hechos reales, que me producen fascinación; pero no sé si la fascinación se debe a pensar que aquello ocurrió de verdad…. o a que los hechos reales mejoran cualquier guión. El mejor ejemplo sería FARIÑA; un guionista sin mas (americano por ejemplo) no podría concebir personajes como los charlines, Oubiña o Sito Miñanco. La realidad y Galicia si (si es que se pueden utilizar ambas palabras juntas).

    .- Respecto a NARCOS 3…. pues esperaba poco y por eso tardé en verla. Pero la disfruté tanto o más que las anteriores. En cualquier caso es un buen broche a una serie, ya que aunque a alguien no le pueda gustar le sirve para cerrarla sabiendo que ya no puede (ni debe) seguir.

    Y ahora tocan las series sobre el narcotráfico en México.

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