, archivado en The Leftovers ,

Eso: deja que el misterio suceda.

¡Vaya manera de clausurar una serie!

Por muy redonda que saliera la luminosa y perfecta segunda temporada de The Leftovers, a Perrota y Lindelof todavía les quedaba carrete por soltar. ¿El misterio? Bah, eso siempre fue un mcguffin. Una excusa para tirarse colina abajo, sin frenos, magullándose contra la ausencia, el sinsentido, la obsesión, la culpa. Asume el misterio y deja de pelear.

Rien ne va plus.

“Sobre la pena duermo solo y uno, / pena es mi paz y pena mi batalla”. Bullshit, Miguel.

“Estás en casa”. “Estoy aquí”. Abraza el misterio; cicatriza la herida. Porque siempre estarán el hombre y el ahora para alumbrar nuestra existencia. ¡Y luce un día radiante en Melbourne!

Por eso The Leftovers ha delineado, durante sus dolientes tres temporadas, un tratado sobre la pena y el trauma. Es un drama metafísico, de alcance cósmico… que se ha resuelto con unas manos que se entrelazan en medio de ningún sitio. “Estoy aquí”. “Estoy aquí”. “Estoy aquí”.

Deja que el misterio suceda.

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Porque, si no, resulta imposible digerir una trama donde un león se come a Dios en un barco orgiástico, donde unas piradas van ahogando Kevins por el mundo, donde un submarino francés nuclear dispara en pelota picada, donde el protagonista de Primos lejanos abandera un experimento divino, donde Mr. Harvey, POTUS, tiene un hermano gemelo junto al que hace explotar el mundo, o donde, ay, Nora Durst visita un universo paralelo despoblado, donde tan solo moran el 2 por ciento de la población.

Ya, sí, Nora nunca miente. Lo dice -casi lo jura- muy seria ante la cámara. Ríete tú de la paradoja del cretense. Nora no lleva años mintiéndose a sí misma, claro. No ha mentido durante más de una década allá, en medio de las planicies del estado de Victoria. Ajam. ¿Y ahora pretende que Kevin, que la monja pro-motorista, que Laurie sean francos con ella? Todo el último episodio de la serie tiene la mentira como tema. Qué más da una más, una que juegue con la ambigüedad al rellenar la elipsis que Lindelof y Perrota -muy hábilmente: lean esta entrevista– trazan al saltar desde el agua que ahoga a una mujer dañada y desnuda hasta una señora envejecida que trasiega con palomas alegres. Ese misterio, al menos, sí obtiene respuesta: Nora jamás partió. Es otra mentira más que ella se cuenta para poder seguir viva.

The Leftovers es una serie con los personajes siempre a punto de descarrilar y los espectadores a un milímetro de sufrir una crisis nerviosa. Es intensa. Es poética. Es inmisericorde. Es trágica. Es obsesiva. Es cruel, emocionalmente cruel. Poéticamente cruel. Por eso resulta tan, tan inolvidable.

Por eso y por las interpretaciones.

Por eso, por las interpretaciones y por la puesta en escena tan simbólica.

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Por eso, por las interpretaciones, por la puesta en escena tan simbólica y por una música -tanto la original como la reciclada- para la eternidad.

Ante la duda, recemos: Max Richter, que estás en los cielos, santificada sea tu música, venga a nosotros tu ritornello y háganse tus desgarros así en Mapleton como en Jarden, danos hoy nuestros acordes de cada pena, y perdona nuestras lágrimas como también nosotros perdonamos a los Garveys que nos las provocan, no nos dejes caer en el sentimentalismo barato y líbranos del Nabucco de Verdi, amén.

Sí, esta serie es una locura, una deliciosa y punzante ida de olla. Una olla donde hierven iluminados ególatras y chamánicos (Kevin Sr.), peña con brotes psicóticos (Kevin Jr.), religiosos obsesivos (Matt), mentirosos compulsivos (Nora), timadores compasivos (Michael) y psiquiatras con pulsiones suicidas (Laurie). El desconsolado choque contra lo inexplicable certifica la fragilidad del alma humana.

Y todos los que se salvan lo hacen regresando al hombre. Esa llamada de Laurie a sus hijos, antes de dejarse caer por la borda, esa reconexión entre un padre y un hijo, en un tejado, tras el Apocalipsis que nunca sucedió, rememorando aquella vieja cinta de casette tras la muerte de mamá, o esa mágica y divertida última conversación entre Matt y su hermana, “la mujer más valiente del mundo”. No, lo siento: desde que fallecieron sus padres, Nora dejó de ser valiente. Y comenzó a huir. A escapar de sí misma. Por eso, a pesar de sus flirteos, la apuesta de la serie no es por la religión. Ante la ansiedad del misterio, The Leftovers acaba descartando radicalmente a Dios. Pero porque siempre lo buscó entre becerros de oro y falsos profetas. Quizá de ahí proviene tanta infelicidad, tanto abismamiento, tanto yo, yo, yo, yo.

También la millerita de la parábola inicial se empeñaba en subir al tejado para buscar al Dios erróneo, en lugar de encontrarle entre sus familiares queridos. ¡¡Esos tristes visionarios que buscan a Dios para escapar de sí mismos!!

Entre tanta miseria y tanto violín que llora, emerge una y otra vez la poesía de Emily Dickinson: “No es que morir nos duela tanto / es que vivir nos duele más”.

Por eso, dejar de luchar contra uno mismo -contra el misterio- es el gran tema de la tercera temporada. Let the Mistery Be.

La aceptación de uno mismo y de sus circunstancias. La contradicción de una felicidad que necesita el dolor para resultar plena, como una lágrima en un primerísimo primer plano:

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Y sí, todo está atestado de pistas bíblicas: un arca a medio construir, un diluvio épico, una Sodoma flotante, unos corderos que acarrean los pecados de los hombres o el dichoso simbolismo bautismal del agua en el que tantos personajes se sumergen. ¿Y?

También ha habido toneladas de momentos surrealistas, impactantes, que mezclaban el drama religioso con la ciencia ficción. ¿Y?

¿Y?

El verdadero milagro de The Leftovers es haber logrado hacer de semejante mejunje una experiencia catártica, un recorrido tan devastador como afectivamente coherente. Al final del camino, la serie ha logrado transportarnos en un viaje emocional donde podíamos interrogar nuestros propios miedos ante el más allá, anticipar la locura ante la muerte de un hijo o rememorar esa negra rabia de poesía en el pecho que nos dejó el último adiós de papá.

Porque The Leftovers nos permite asomarnos al abismo y conjurar la angustia:

El dolor tiene un elemento de vacío:

no puede recordar cuándo empezó

–o si había un tiempo

en el que no existió– 

 

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Por eso, porque el dolor siempre existió, el final feliz de esta maravilla de serie resulta tan lacerante. Porque todos -absolutamente todos- tenemos sueños para recordar y preguntas para las que jamás -jamás- obtendremos respuesta.

Y está bien que así sea.

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2 Comentarios

  1. Pablo

    Creo que no se va a repetir algo como The Leftovers.

    No algo tan bueno. Hay maravillas en televisión, y siempre habrá obras maravillosas en el mundo.

    Algo. Una obra de televisión que es lírica antes que prosa. Que es simbolismo antes que literalidad. Que sugiere siempre, pero jamás muestra ni siquiera cuando muestra. Aquello que ves, o bien es dificilmente explicable, o directamente no tiene porque ser real. O cierto. Es creo, el mayor ejercicio de narrador no fiable que recuerde en televisión.

    Podríamos hablar, y hablar, y hablar sobre ese final. Yo no creo que sea todo mentira. Ni verdad. Yo sencillamente creo que es cuestión de sensaciones. Cuando Kevin le dice le creo, casi estuve a punto de gritar que “yo también”. Mi yo, ateo, que ha presenciado esta catarsis con creciente devoción, creía en Nora. ¿Y por qué no? ¿Por qué no iba a creerla Kevin? Viven en un mundo donde la fantasía hace tiempo que se confunde con la realidad. Es cuestión de fe, y Kevin tiene fe en Nora, y yo también.

    Pero luego meditas en esa historia. Y en ese capítulo. Y entonces te planteas la posibilidad de la mentira, pero… ¿Importa? Ambas opciones son plausibles. Puede decir la verdad. Puede mentir. Lo importante es asumir quien somos cada uno cuando decidimos creerla o no.

    Me encantan los finales ambiguos, pero nunca había encontrado uno tan sugerente como este. Porque es el propio espectador el que va a decidir su final. Y eso es algo mágico, creo yo. Como toda la serie.

    Responder
  2. Pablo Esteban Keogh

    Alberto, gracias por su artículo, muy interesante, como siempre. Ya que nos encontramos con una serie, “The Leftovers”, con cierto interés por lo trascendental (el sentido de la vida, la existencia de Dios…), me inclino a preguntarle si ha visto la serie creada por Sorrentino, “The Young Pope”. He terminado de verla y creo que un análisis suyo podría ayudarnos a muchos a comprender el trasfondo de una serie que me ha parecido preciosa. Un cordial saludo.

    Responder

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