, archivado en Happy Valley ,

Soy Catherine, por cierto. Tengo cuarenta y siete años. Estoy divorciada. Vivo con mi hermana, que es una adicta a la heroína en recuperación. Tengo dos hijos mayores –uno muerto, uno que no me habla– y un nieto. Así que… (Catherine Cawood, 1.1.)

¿Parece deprimente, eh? Y lo es. Pero es que nadie dijo que la vida fuera fácil. Y, sin embargo, esa contundente respuesta de la protagonista de Happy Valley (Movistar) a un tipo que quiere suicidarse esconde mucho de luminoso. Es la primera secuencia de la serie; una declaración de intenciones. Catherine, una policía eficaz y valerosa, quiere explicarle al suicida que sí, que sabe de qué va esto de la existencia, que ha sufrido lo suyo. Pero que nunca ha dejado de pelear. Porque lo fácil es tirar la toalla.

Happy valley

Eso es Happy Valley: una historia de crímenes donde el Bien existe, la Justicia jamás abandona y el dolor busca su redención. Alejada del cinismo existencialista que espesa el noir contemporáneo, la serie de Sally Wainwright apuesta por una postura de resistencia, como atestigua, por ejemplo, la estampa rural que clausura la segunda temporada. Avalada por la etiqueta siempre solvente de la BBC, Happy Valley es un relato duro, no fácil de ver, pero profundamente humanista y humano.

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