, archivado en The Americans

William Crandall: La ausencia de cercanía hace que te seques por dentro.
Stan Beeman: Y aún así seguía usted comprometido con la causa.
William Crandall: Era lo único que me quedaba. (“Persona non grata”, 4.13.)

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No. Absolutamente no. No es casualidad que el anticlimático cierre de la cuarta temporada de la espectacular The Americans apueste por un plano general de una casa. ¡Demonios, ahí se condensa una tesis! El hogar. El reducto sagrado que les queda a los Jennings. Lo único que han construido ellos realmente. Una familia de encargo soviético que la insalvable naturaleza humana -esa que el comunismo y sus segregaciones siempre han negado- ha convertido en su mayor compromiso. En la verdad más fiable. El hogar es, simplemente, un lugar al que volver cuando han sanado las resacas revolucionarias, caducado los compromisos tóxicos y, ay, caído todos los castillos de naipes.

Frente a la sangre que se desparrama por la hoz y el martillo está la sangre de tu sangre. El hogar es la familia. Ni más, ¡ni menos! Es el abismo que media entre la amargura de William y la resistencia de Philip: tras sus disyuntivas morales y sus depresiones EST, al menos puede reconciliarse con el mundo abrazando a su mujer y sus hijos. La familia también es el resquicio por el que respira Stan, tras el catastrófico espejo que le supone la agonía del científico: esa sonrisa casi infantil al descubrir que su hijo se está liando con la vecina. Los fanáticos pueden sustituir la religión por la ideología y la familia por la tribu, pero cuando se pone el sol la naturaleza humana es terca y uno siente cómo le invade esa terrible sequedad interior. Y le licua por dentro, devorándolo, sin ni siquiera saber realmente quién es uno mismo:

Con esa rasgada melancolía Cohen, aún no sabemos si está llamando a la puerta el juicio divino, un alegre mes de mayo, la avaricia o el hambre. Si la aporrea el politburó, Mischa, cinco coches del FBI o el sueño americano. Lo que está claro es que, decidida a convertirse en una de las mejores series de la historia de la televisión, The Americans avanza en su huida hacia adelante. Los actos amontonan consecuencias como pocas series se han atrevido a hacer, de modo que hasta las salidas de emergencia empiezan a estar bloqueadas. Si un témpano siberiano (Elizabeth) se derrite por tener que traicionar a Young-Hee, la adorable Young-Hee, la perfecta madre, amiga y esposa; si la rabia y el remordimiento se apoderan de Nadezhda, decíamos, entonces es que el relato está sacando el hueso al aire. Y, lejos de rehuir sus duelos pendientes (*), ha echado más limón en cada herida; esto es: muertes, deportaciones y revelaciones.

(*) Está bien: Henry y su permanente presencia jugando al ordenador es la versión vintage de Walter Jr. y sus desayunos. Ya explotará. Y, cuando lo haga, más impacto tendrá. Tic, tac, tic, tac.

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El año pasado, en un final muchísimo más mandibular que el de ayer, nos quedábamos en el alambre con la “revelación Paige“. Durante el primer tercio de esta temporada los Jennings se han afanado en el control de daños, imponiendo una estrategia que convirtiera a su hija, literalmente, en cómplice (**). As usual, la marca de la casa -la superposición, tanto metafórica como real, de las esferas íntima, familiar, profesional y geoestratégica- convierte las reprimendas de Elizabeth a su hija en una extraña lección educativa. De ese hilo argumental -un breve estudio sobre la paternidad- resulta cada vez más sofocante comprobar cómo la joven Paige adquiere mentalidad de Mata Hari. Nadezhda se convirtió en una máquina de matar “gracias” a un férreo programa docente que incluía violaciones, entrenamiento militar, presión psicológica, adoctrinamiento estalinista y desterramiento con matrimonio de conveniencia incluido; ¡a ver cómo demonios una educación maternal, en la próspera America de los ochenta, logra una segunda generación de espías al servicio de la Causa! Se antoja una tarea hercúlea llamar a las barricadas mientras hay estantes repletos de Coca-Cola en cada esquina…

(**) Más allá de la coña recogida en esta promo, la endiablada situación de Paige y el Pastor Tim permite, incluso, un fino humor negro. En el 4.10. los Jennings han de esforzarse como cosacos en guerra para rescatar con vida al clérigo… y eso que Moscú no tenía nada que ver con su secuestro. Y esta sentencia de Elizabeth: “¡Si supiera todo lo que hemos tenido que hacer para NO matarlo!”.  

Pero incluso en la trama de Paige los guionistas se empeñan en hacerla florecer repleta de espinas. La marca de la casa, remarcábamos. Reportas a tus papis sobre los movimientos de tu vecino pero, leñe, es que tienes 15 años y andas descubriendo los primeros besos. ¿Verdad o estrategia? Recitas, como una letanía, todos los movimientos de Pastor Tim y su esposa aunque, ay, resulta que les aprecias realmente y tu fe religiosa es genuina. ¿Sinceridad u obligación? De repente descubres que tu Mamá -sí, esa que te pone los krispies con leche por las mañanas- es más letal que un boina verde. Y en breve conocerás a tu hermanastro de Smolensk. Y has mecido al recién nacido del Pastor Tim, lo que complicará mucho más cuando alguien tenga que volarle la tapa de los sesos para que no cante. No, ni de coña, el “affaire Paige” aún tiene mucho recorrido. Un camino que apesta a tragedia. Por eso The Americans resulta tan poderosa. Tan irresistible. Porque, como siempre decimos, es un dilema moral andante. El relato se reboza ahora en ese punto crujiente donde las decisiones solo pueden catalogarse de malas, peores y desastrosas.

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Pero donde la serie se ha jugado sus órdagos más arriesgados ha sido con los personajes femeninos. Dos giros que exigía la lógica interna del relato. Aún así, hay que poseer agallas -como tuvieron The ShieldBattlestar Galactica– para despedir a personajes que han crecido con una brillantez inesperada.

Un punto final (Nina) y un punto y aparte (Martha).

Cuando elabore “Mis Emmy” anuales será difícil que no ponga en lo más alto de mejor actriz secundaria a Allison Wright. Su devastado rostro al conocer cómo su “marido” asesinó a Gene (“Glanders”, 4.1.) bastaría para cualquier premio.

Sin embargo, la agonía de esta pobre mujer se extiende durante media temporada, regalando simulaciones de Martha ante sus jefes, violentos encontronazos con su “cuñada” Elizabeth y una lacerante despedida donde las miradas de culpa de Clark y de orgullo forzado de Martha (¡y de amor verdadero: “No estés solo, Clark, no estés solo”!) son capaces de emocionar hasta al piloto que la traslada a La Habana. ¡Pobre y estúpida Martha: traidora a la patria por accidente, desarraigada de su familia por amor y, lo más triste, apreciada verdaderamente por su enemigo más íntimo: Clark, su punto ciego! No me resulta extraño que gente con buen gusto no entre en la premisa de la serie, argumentando precisamente que un tipo tan “moral” como el interpretado por Matthew Rhys hace mucho que se habría bajado de este tren de radicalismo, complot y homicidio sombrío. Qué duro ese adiós tras un fastuoso episodio donde la KGB y el FBI juegan al gato y al ratón con ella como queso (4.7.).

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Así sobrevive el personaje que llevaba dibujada una diana en su espalda desde el minuto uno -y que reaparecerá en algún momento de las dos próximas temporadas, sin duda; no por casualidad vemos la llamada a sus padres- y, sin embargo, la diña la gata de las siete vidas, la superviviente nata. La bella Nina. “La pena de muerte permanece sin variaciones. Se ejecutará en breve” (“Chloramphenicol”, 4.4.). ¡Pum! Y lo demás… y lo demás es silencio.

Un personaje querido, carismático, bien expandido desde la sala de guionistas y magníficamente encarnado por Annet Mahendru no tenía otra opción, dramáticamente hablando, que perecer en el gulag. Weisberg y Fields son astutos (lean esta entrevista) y sabían que prolongar una trama en Rusia dañaría la unidad de sentido. En la tercera temporada funcionó por el espejo Blakanov, pero una trama no es un chicle. Nina, precisamente por sus contradicciones internas y sus escrúpulos morales, no tenía manera de reubicarse en los Estados Unidos. Ya no. Así que, una vez constatada su amortización, supieron darle un final tan emotivo -ese sueño- como demoledor -un disparo rápido y seco-.

La ejecución de Nina marca el pistoletazo (perdón por la trágica redundancia) de salida para un achique de espacios en la escuadra soviética. El cada vez más interesante -por ambiguo, por anfibio, por enamoradizo, por empático- Oleg Burov quiere abandonar la prosperidad yanqui para “ser un buen hijo” y el perruno Arkady paga el pato por el salvaje asesinato de Gaad, la víctima más explícita de la elipsis temporal de mitad de temporada. Es evidente que aún quedan pasos de baile que dar en este juego de máscaras… y agentes dobles. La insana -estratégicamente hablando- dependencia de Oleg y Stan tiene que generar ganancia en algún momento, puesto que el perfume de Nina aún perdura. Paris armó un pifostio legendario por una hermosa mujer, así que a nadie se le ocurra minusvalorar las traiciones y estupideces que puede cometer un corazón herido…

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Otro riesgo -inédito hasta ahora en la serie- que han tomado los creadores proviene del salto temporal en el excelente “The Magic of David Copperfield V: The Statue of Liberty Disappears” (***). Ahí se parte la temporada en dos. Los personajes, asfixiados contra las cuerdas pueden salir a tomar aire, el actor que interpreta a Henry tiene excusa para crecer, el espionaje se mantiene regando sus relaciones y la Historia se acerca a la perestroika.

(***) Por mucho que el mago Copperfield se empeñara, todos sabemos que hay cosas que no pueden desaparecer: la culpa de Philip, que acude a visitar la tumba de Gene; la vergüenza de Paige, que empieza a saltarse las reuniones bíblicas; la violencia de Elizabeth, capaz de asesinar fríamente a su “amiga” Lisa. Copperfield juega con la ilusión de quienes quieren creer; los Jennings, como vemos siete meses después, tan solo postergan lo inevitable. La realidad es terca y la magia un placebo. 

El salto temporal es un movimiento inteligente, no solo por permitirle al espectador una clausura adecuada a la fatalidad de Martha, sino porque, en efecto, genera un aire realista en las relaciones humanas de los personajes. Como bien entiende Gabriel, es físicamente imposible vivir sometido a tanta tensión… más aún cuando restan dos temporadas de crescendo.

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Los sucesos del último capítulo ahondan en la sensación de emergencia que domina todo el relato. El cerco sobre los Jennings es cada vez más estrecho, con el FBI oliendo la sangre. El malabarismo familiar, como apuntábamos antes, puede sufrir un tropezón en cualquier momento, más aún cuando entre en equilibrio el pequeño Henry o asome en el encuadre Mischa (****).

(****) Umm, sacar al chaval del banquillo justo en el último capítulo me ha resultado algo forzado para una serie que siempre cuece sus conflictos a fuego lento. Sí, por supuesto, es un personaje al que se lleva aludiendo desde la primera temporada -incluso nunca sabíamos a ciencia cierta si Gabriel lo sacaba a colación para chantajear a Philip-, pero su repentina aparición ha quedado algo ortopédica. En todo caso, su presencia sirve para hacer más sangrante el contraste entre la gris, triste y desvencijada URSS a la que puede regresar la heroica familia Jennings, con el fulgor ochentero de un rugiente Camaro, una consola Atari o cervezas inacabables para una Super Bowl. El problema de no creerte la propaganda del enemigo es, por supuesto, el de sí tragarte la propia, el paraíso del proletariado y tal.

Pero, sobre todo, lo que pega una patada al tablero es la propuesta de regresar a la Unión Soviética. Que Philip no cree en la madre Rusia ya lo sabíamos hace tiempo, por mucho que en sus reuniones de Depresivos Anónimos se empeñe en recordarlo (“Pero la vida cambia las cosas, tú cambias”). La novedad el el rictus de Elizabeth. Cómo traga saliva con dificultad cuando oye de labios de Gabriel que la Central quiere que regresen con todos los honores. Cómo sufre con la mirada perdida en el coche. vlcsnap-2016-06-10-21h22m25s521

Leonard Cohen inspiró su “Who by Fire” en un viejo salmo que escuchaba de pequeño en la sinagoga, en una canción religiosa que se entonaba en el Yom Kippur, el Día de la Penitencia, del perdón y del arrepentimiento. “¿Y quién debo decir que está llamando?”, canta el poeta canadiense mientras los Jennings contemplan, absortos, aterrados, la posibilidad del regreso. “No puedo renunciar porque tengo compromisos, porque he hecho promesas a gente que confía en mí y a gente a la que amo”,  se lamentaba, atenazado, Philip, otro que no cesa de secarse por dentro.

El fuego, el Yom Kippur, la expiación. Quién vivirá y quién morirá, quién estará tranquilo y quién afligido.

“¿Y quién debo decir que está llamando?”, repite la melodía una y otra vez. La respuesta es tan simple como enrevesada: es la conciencia quien llama. A la puerta del hogar.

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8 Comentarios

  1. Cecilia García

    Querido Alberto, magnífica reseña. Has analizado a la perfección lo que ha significado esta excepcional cuarta temporada. El dilema moral en el hogar al que se enfrentan los protagonistas y que, desde mi punto de vista, ha permitido a la serie dar un salto cualitativo desde la tercera, ha llegado a un punto de no retorno. Como bien explicas, con Paige todo es enigmático. ¿Qué motivaciones mueven a la niña? ¿Son una mezcla de muchas emociones o, realmente, se está forjando en su interior un cambio sustancial que la lleve a apoyar a la Causa? En ese misterio, en la ambigüedad, radica la grandeza de esta serie, que tiene mil matices de significado. Y, sobre todo, en hacer centrado el potencial argumental en los conflictos del hogar.
    La próxima temporada se presenta como un gran interrogante. ¿Qué va a suceder? Ni Elizabeth ni Philip desean en el fondo regresar a la madre patria, así que el camino se vuelve tremendamente peligroso… ¡Veremos! Mientras tanto, nos seguiremos mordiendo las uñas esperando su regreso. Un abrazo y gracias por un texto tan brillante.

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  2. Julen Alonso

    Hola,

    Buena reseña pero completamente en desacuerdo,

    Por lo general me ha parecido una temporada floja y en ocasiones aburrida. Creo que la serie ha perdido bastante humor negro.

    La primera parte de la temporada que se centra en Martha me resuto más entretenida, pero la resolución bastante floja. Ver a Martha aceptar vivir en Moscu me pareció algo forzado cuando al antiguo Amor de Elisabeth, mucho mas comprometido con la causa prefería morir a balazos siendo mas joven y con más recorrido del que pudiera tener Martha.

    Luego ya se centró absolutamente en Paige. Ya que en general, The Americans ya se olvidó del contexto histórico y solo se enfoca en la familia, lo cual la descompensa. Recuerdo la primera temporada como jugaba con hechos verídicos que daban mucho juego a la serie como por ejemplo los protagonizados por Polonia.

    Pero como comentaba, Paiga se convierte en el eje de la serie. Lamentablemente, todo lo de Paige me resulta absolutamente inverosimil. Si vas a querer adoctrinar a tu hija al menos por favor que no de la impresión de una absoluta improvisación. Si desde el primer capítulo hubieran trabajado en esta tesis dandonos migas de pan viendo como en el subconsciente de Paige se plantaban una semilla pues hubiera tenido sentido, pero hay demasiada precipitación. Cuando Elisabeth comenta a su marido sorprendida porque ya Paige está reportando me resultó realmente patética, sin sentido alguno.

    Pero bueno, esto es solo una opinión. Creo que cuando decidieron centrarse en la familia, la serie ha perdido mucha fuerza. Ya sabemos que la FX y la familia siempre van de la mano, pero The Shield, serie perfecta en este sentido, siempre supo mantener un equilibrio perfecto.

    Un saludo

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  3. Maxi

    Entiendo que si a uno le interesaba más el lado drama familiar esté tan entusiasmado como se lo ve a Ud.
    En mi caso tengo que estar de acuerdo con el comentario anterior, me parece que ésta temporada adolece de una alarmante falta de balance entre los dramas familiares y el \”mundo espía\” (que es lo que a mí más me atrajo de la serie desde el principio). Todos los casos, incluso, parecen una excusa para llevar a los personajes del estado emocional \”A\” al \”B\”.

    Además Paige ha estado bastante insoportable toda la temporada, sin llegar al nivel de Miss Brody pero quedándose a unos pocos pasos, en la tercera temporada supieron manejar mucho mejor esto que para casi todas las series (y la vida real, si nos ponemos) es casi imposible, hacer que un adolescente no parezca infumable.

    Y para terminar, sobre la verosimilitud de la serie, la charla de Paige con el Pastor no entra en la cabeza de nadie, una cosa es ser adolescente y otra imbécil, mucho más creíble hubiera sido que cayera en una enorme depresión o incluso que se hubiera quitado la vida, eso antes de que salga a contar secretos que, hace dos días, le dijeron sus padres que les arruinaría la vida a todos. Y los mandaría presos de por vida. Totalmente inverosímil se mire por donde se mire.

    Y a pesar de la enorme secuencia final de Nina, me parece que naufragaron con todo ese arco de historia, no sabían muy bien que hacer con ella pero era un personaje muy poderoso (jugaron con el tema del científico y lo dejaron en nada…) al menos reaccionaron rápido y lo terminaron con unas de las mejores escenas del año. Pero mucho metraje tirado a la basura.

    Saludos. Por cierto la tercera de Peaky Blinders si que está siendo tremenda!

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  4. AlbertoNahum

    Ummm, como coincido en apreciación con Cecilia, me centraré en Julen y Maxi, gentes con las que suelo compartir filias. Veamos.

    No descarto que, por un lado, salga tanto mi vena docente (imparto clases a peña de 18-20 años) y mi rol de padre de familia. Con esto quiero decir que en mi apreciación, no sé si de forma consciente, el tema de la educación y sus conflictos me resulta apasionante. Y, claro, puede que eso que a mí me intriga tanto haya otras personas que lo encuentren un coñazo.

    Porque sí resulta indudable que este año la trama de espionaje ha pasado a un segundo término, aunque tiene su sentido también: los Jennings están cada vez más cercados y me temo que el círculo solo podrá cerrarse más y más. Por eso buena parte del metraje de esta cuarta entrega se ha quemado (y a mi modo de ver, con buen tino) con el caso Martha.

    Por todo esto resulta clave el salto temporal. Si no quiere convertirse esto en una especie de 24 con sintetizadores, la serie tenía que tomarse un respiro. Los agentes no pueden estar día sí, día también cazando agentes del FBI si queremos que la trama -que no olvidemos que quedan dos temporadas- mantenga su tensión emocional y amase esos dilemas tan marca de la casa. ¿Que hubiera molado mucho más una explosión dramática en el último capítulo? Pues probablemente sí, a mí también me supo a poco al principio, pero al darle vueltas y tratar de ponerlo en perspectiva, creo que es necesario este valle para meter más carne en el asador de cara a las dos temporadas que quedan. Para que una agonía tenga fuerza hay que sembrarla cuidadosamente antes.

    Y en el caso de la inverosimilitud de Paige, umm, precisamente el cerebro y la conciencia en formación que supone la adolescencia hace verosímil sus cambios de humor y de lealtades. Como escribí el año pasado, todos los adolescentes hemos sido medio imbéciles por definición y descubrir que tus padres, a quienes quieren, han tenido una vida de mentira no debe de resultar fácil. Paige siempre ha sido madura, pero sigue siendo adolescente. A mí no me chirría que tenga vaivenes… más aún cuando lo que está en juego sigue resultando cada vez más peligroso. Recordad cómo sus propios padres NO fueron completamente honestos con ella: le dicen que no, que por supuesto que no habían matado a nadie. Luego llega el secuestro de Pastor Tim o el momento ninja de Elizabeth. ¿Qué quiero decir? Que además de ser adolescente, se encuentra en una situación donde le van cambiando las reglas del juego cada veinte minutos. Y ella, humana que es, se debate privilegiando unas veces entre el amor y conservación de su familia… y otras veces su propia conciencia de que algo falla (o sus propios sentimientos de que el vecino al que espía resulta ser un tipo \”amable\”).

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  5. Maxi

    Puede que fuera un poco crudo mi comentario sobre Paige, pero es que se me atora el personaje y me cuesta creer muchas de sus acciones, probablemente error mío.

    Yo sigo en mis trece de todas formas. El año pasado me pareció la mejor serie del año, si no recuerdo mal, este año (un año más flojo en general, a mi entender) se queda lejos del top 5.

    De todas formas releyendo mi post de ayer pareciera que odié la temporada entera y no fue así, por ejemplo todo el arco de Martha me pareció lo mejor del año, incluso la resolución del conflicto me gustó. La actriz impresionante.
    De ahí bajo bastante, cosa normal en un relato serial pero esperaba el subidón final que nunca llegó. No hacen falta bombas y explosiones para generar tensión, pero ni siquiera con William dando sus últimos coletazos de semitraición involuntaria daba la sensación de qué los Jennings estuvieran en verdadero peligro, ¿Qué tanto los podía incriminar realmente? Poca cosa.

    Espero que el año entrante den una patada al tablero y se atrevan a hacer lo que no hizo Homeland y lo que, por otra parte muy pocas series han conseguido -pienso en BB y esa facilidad de pasar del drama a la dramemedia, para finalizar siendo un thriller sofocante- qué es ni más ni menos eso: atreverse a mutar, cambiar lo que funciona es siempre riesgoso, pero creo que el juego del gato y el ratón está empezando a agotar (al igual que pasó con Fringe -que cansó antes de virar para terminar virando tarde y torcido-*).

    No me imagino otra temporada -buena, como ésta o excelente como la tercera- de silencios y miradas. Sólo Rectify puede con eso no sin cierto sofoco en la última temporada, por cierto.

    * Fringe tuvo la excusa de la inminente cancelación que, según se comentó en su momento, hizo que los escritores estuvieran al borde de un ataque de nervios y sin saber muy bien qué hacer, algo que quedó plasmado en la última temporada.

    Saludos.

    Responder
  6. Arturo

    Hola Alberto.

    Excelente artículo, digno de la para mí, mejor temporada de The Americans. Una temporada arriesgada donde el espionaje ha pasado a un segundo plano y se ha centrado en los dilemas morales de todos los personajes. Y creo que los guionistas han acertado de pleno.
    Siendo una de mis series preferidas siempre me chirrió un poco las peleas en plan powerangers que lucían, principalmente, hasta la tercera temporada. Es verdad que visualmente eran brillantes y que un poco de acción no amarga a nadie. Pero siempre me ha parecido que los personajes y la historia tendría un recorrido mas certero acercándose mas al mundo de Le Carre o Graham Green que al de James Bond o al de 24. Si en Homeland tomar el camino inverso -mas acción y menos reflexión- ha sido un acierto en The Americans han hecho pleno con este viaje a los demonios interiores de nuestros agentes dobles preferidos.
    Y como comentas, creo que estamos muy cerca de una de las mas grandes series de la historia.

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