, archivado en The Walking Dead

Reg Monroe: La civilización comienza cuando dejamos de huir. Cuando vivimos juntos. Cuando dejamos de enviar a la gente lejos del mundo y de los demás (“Conquer”, 5.16)

Aunque siga sufriendo baches y ostente ciertos problemas de ritmo, The Walking Dead parece haber encontrado su mejor tono desde que Gimple se hiciera con los mandos de la nave, hace ya un par de temporadas. Globalmente es una serie más intensa y, sobre todo, más preocupada por explorar los demonios interiores de los protagonistas y jugar a los coches de choque por las contradicciones entre unos y otros. Y en la olla dramática entran conceptos como la lealtad “tribal”, la familia, la fe, la amistad, la confianza, el síndrome bélico, el complejo de culpa, la locura y hasta el origen de algo que podamos denominar sociedad.

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(Espoilers de toda la quinta temporada)

Este último interrogante ha sido el gran aporte de esta segunda mitad, que concluyó anoche en Fox España. Hace unos años, el show demostró cuánto le costaba manejar a sus personajes en entornos estables (la granja de Hershel, la prisión). Ni las escaramuzas en busca de provisiones ni las tensiones internas del grupo terminaban de adquirir el ritmo necesario ni la espesura dramática para una serie que no puede vivir solo de vísceras(*), por mucho que los (ri)goristas se exciten con los espadazos de Michonne y las hemorragias letales de Rick y su ejército doméstico de revientanucas

(*) Porque los zombies, ya lo hemos dicho, son solo el paisaje. En este sentido, más allá de novedosas formas de ejecutar zombies (en el último episodio, sin ir más lejos, tuvimos desde los cadenazos de Daryl hasta una puerta de coche que hace papilla), ha destacado la terrorífica y enrojecida secuencia del accidente de coche en el bosque de The Distance” (5.11). En general, las dos partes de esta quinta temporada han estado muy bien dirigidas para transmitir esa sensación de urgencia y electricidad que necesita el apocalipsis. Tres secuencias que lo evidencian: el tenso y trágico intercambio en el pasillo del hospital, entre Dawn y Beth (“Coda“, 5.8), la angustiosa muerte giratoria de Noah (“Spend“, 5.14) y el montaje alterno a tres bandas en la season finale, entre la reunión de los alexandrinos, la defensa de Rick y la caza salvaje entre GlennNicholas.

Alexandria era diferente a todo lo visto antes. No era un Cielo que escondiera un infierno ni ningún otro tipo de promesa siniestra. Uno de los agujeros del relato es el de asumir cómo unos tipos tan patosos, bélicamente hablando (**), han sido capaces de contener la amenaza zombie durante tanto tiempo. Pero, tragado ese sapo, la serie eleva una sugestiva reflexión sobre la reconstrucción de la idea de comunidad. Frente a las tentaciones roussonianas de Deanna, Rick pretende imponer el principio de realidad: los lobos no se cansarán nunca de reclamar sangre (y “homo homini lupus“, claro). Se pueden estirar las metáforas todo lo que uno quiera, pero a mí lo de Deanna me recordaba a esos políticos populistas/buenistas/idealistas que piensan que con cambiar las palabras un mal desaparecerá y todos empezaremos a darnos besitos en los morros sin descanso.

(**) En las excursiones fuera de sus murallas ya vemos que los zagales no son precisamente unos estrategias, pero lo de que un hijo de Deanna se deje la puerta abierta (o, lo que es lo mismo, confíe en que la vaya a cerrar el padre Gabriel) se pasa un poco de la raya.

El mundo -el hombre- es más complejo y la serie, por suerte, también. El pobre Reg -con su porte de profesor de Harvard– tiene razón en la aseveración con la que abrimos este post: no se puede ser nómada para siempre. No, al menos, si uno ansía la estabilidad del progreso y eso tan humano que llamamos “hogar”. Por eso parte del grupo de Rick cuestiona su liderazgo. La huida permanente es muy cansada; la guerra perpetua, también. Los cantos de sirena que suponen el confort de unas sábanas limpias y el espejismo de lo normal que implica cocinar de nuevo galletas de chocolate son demasiado atractivos como para querer atarse al mástil. Muchos ven Alexandria como una oportunidad demasiado apetitosa como para renunciar a ella.

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Porque, como hemos referido otras veces, el mayor desasosiego de The Walking Dead es la certeza de que no existe una Ítaca a la que volver. La última esperanza se esfumó con aquella confesión de Eugene en “Self Help” (5.5.). Alexandria podría ser el inicio de una nueva civilización. Y ahí es donde las tensiones, tanto dentro del grupo de Rick, como con Deanna y los suyos, entroncan con el sustrato ideológico del western. Al final, todo regresa a la misma pregunta de esa especie de “no man’s land” político: ¿quién y cómo ejerce el monopolio legítimo de la violencia?

Aquí es donde la serie, en su efectiva season finale, busca atajos narrativos que deslucen su brillantez. Al final, resulta que todas las filas amigas están prietas con Rick (hasta ahí, podríamos aceptarlo), pero lo que chirría es el “truco” para convencer a la hasta ahora paciente y siempre legalista Deanna: la espada de Michonne, el marido maltratador y el pacifismo absurdo de Reg.

Tenía mucha más miga -por su diabólica lógica de política pragmática- el dilema que plantea Rick en voz alta unos minutos antes: “¿A cuántos de vosotros tendré que matar para poder salvaros?”.

Por esos deslices (y por una cuestión estructural que abordaré enseguida) me gustó más la primera mitad de la temporada, la que concluyó en diciembre. Donde, además, Beth se erigió como uno de los personajes más sabrosos de la serie. Está visto que The Walking Dead mejora cuando sus personajes tienen tiempo para respirar durante el capítulo. La primera mitad de la temporada mantuvo la misma estructura que los episodios invernales de hace un año: capítulos centrados en pocos personajes, bien fuera porque Beth estaba aislada del grupo o porque -otro excelente episodio desde el punto de vista dramático- Carol y Daryl iban en su busca (“Consumed“, 5.6). Sin embargo, la serie tiene más problemas cuando se trata de dar juego a la coralidad del reparto, como ha pasado en la segunda mitad. Había capítulos donde, extrañamente, desaparecían del flujo narrativo personajes como el padre Gabriel, Maggie o Carl, lo que restaba impacto a sus “conversiones” posteriores, o actores tan carismáticos como Michael CudlitzJosh McDermitt han quedado infrautilizados en Alexandria. A cambio, me ha parecido excesivo -aunque estaba bien escalonado dramáticamente- el síndrome post-traumático experimentado por Shasha.

En todo caso, desde hace una temporada y media, The Walking Dead es una serie que vuelvo a ver con mucho gusto… y no precisamente por su fontanería gore. Los personajes me intrigan, me emocionan o, incluso, me enfadan con sus contradicciones y obsesiones. Además, los “grandes conflictos” que laten por debajo de este infierno le aportan un plus que me invitan a cuestionarme, una vez más, qué fue antes: ¿el lobo o el hombre?

————–

Otras consideraciones rápidas:

-En esta segunda parte también se echado de menos la complejidad de un Tyresse. Su onírico episodio de despedida -escrito por Gimple y dirigido por Nicotero– me asombró de principio a fin, aunque a la crítica especializada no le atrapara. Un tipo que se cansó de luchar; demasiado bueno para esta batalla perpetua.

Morgan is back! Es fácil olvidarnos de que le conocimos en el piloto y le revisitamos en uno de los capítulos más extraordinarios de la serie (“Clear“, 3.12). Pero su presencia siempre da buenas vibraciones. Ahora bien, ha tenido que encontrar un buen dojo estos pasados meses para convertirse en un samurái tan experimentado, ¡demonios! La gran pregunta: un tipo con su compasión, ¿puede aguantar mucho en un universo tan jodido? ¿Se convertirá en la alternativa al liderazgo de Rick?

-Sin embargo, he acabado un pelín cansado del rostro de poeta maldito de Daryl. Sí, lo sé, está afectado por la muerte de Beth y ya no se fía ni de su propia sombra pero, jo, si sigue así va a convertirse en parodia de sí mismo (“déjame terminarme el pitillo antes de que me inmole por ti”). Menos mal que su dinámica con Aaron le ha dado un poco de vidilla…

-A pesar de su descarada brutalidad, una de las mejores secuencias de la temporada es la que desemboca en la ejecución de Gareth y el resto de las “termitas”. Supongo que Rick y los suyos podrían parafrasearle: “Al final del día, no importa cuánto odies este sucio negocio. Un hombre tiene que comer”. Upps, perdón, que sobrevivir.

-Finge normalidad, acojona a un niño, es eficaz como un ninja, conspira sin que le tiemble el pulso y cocina de vicio (eso sí, devuélveme la bandeja limpita, majo). ¿No es Carol el personaje más fascinante que hay ahora mismo en la serie? Para mí, sí, sin duda.

walking-dead carol

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6 Comentarios

  1. Yefferson

    Buenos días, como siempre un placer leer tus reviews de las temporadas que sigo, desde aquel maratón de breaking bad, me enganché con tu blog, y usualmente paso a revisar si has escrito artículos de las serie que veo. Me gustó esta revisión de la ultima temporada de Walking Dead, coincido contigo en mucho de tus aspectos… pero a veces noto ciertas actitudes forzadas de los personajes, y muchas veces uno sabe que morirán en el capitulo porque le dan mas lineas que las habituales, es siempre así o es algo que hay que señalar?… por cierto, una pregunta… harás una revisión de Better Call Saul?… con lo mucho que te gustó BrBa, no me quiero imaginar que no la veras. Saludos desde Venezuela.

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  2. El cautivo

    Es quizás esta segunda mitad de temporada la que mas me ha gustado de la serie, la que entreveía debates Morales interesantes, y nos ponían a los protagonistas desde el prisma de otra gente para ver lo que son, e incluso cuestionar sus actos violentos y dictatoriales…. Hasta la finale season, que es bastante decepcionante.
    Vale que se han dedicado a pintarnos a Alejandría como un grupo de nenazas que no pueden sobrevivir por ellos mismos. Pero tan mal no les había ido hasta ahora. Curiosamente cuando tienen pensado juzgar a uno de sus vigilantes hay una penetración zombie, de la manera mas idiota posible, aquel que los cuestionaba demuestra que ha perdido la cabeza (Gabriel) y el causante de la caida de Rick, pues se comporta como un perturbado matando a un miembro de la comunidad para merecer, ahora si, un ajusticiamiento (buena política esta que consiente tropelías contra su pueblo, pero cuando se trata de índole personal hace de jurado y verdugo)
    En definitiva que se las han arreglado para \”convencernos\” que la única razón es la de Rick y los suyos, y que el golpe de estado, al final por convencimiento en lugar de por las armas, estaba mas que justificado.

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  3. José María

    Una buena serie hace que los personajes evolucionen. Como ejemplo, Carol, que empezó siendo una mujer maltratada, vulnerable y débil, que parecía que en cualquier momento iba a ser devorada por un zombi, hasta convertirse en el miembro del grupo que actúa con mayor frialdad y que parece ser el más consciente de lo que sucede. Me encanta la escena que menciona Alberto Nahum, en la que \”acojona\” al niño, o también pueden señalarse la escena final en el juicio-reunión en la que finge ser una pobre mujer asustada que ha encontrado por fin cobijo.

    La temporada termina con un disparo de Rick, que recuerda al que cierra la primera media temporada de la del granero.

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