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Su autoprofecía su cumplió: Lena Dunham se ha convertido en la voz de una generación. O, para ser más precisos, de la elite cultural de los millenials. Girls (Movistar Plus, HBO) es la crónica de un tiempo, una clase social y una forma de ver el mundo. Porque esta dramedia de la HBO alumbra, como ninguna otra, las contradicciones y trampas de la pijería universitaria, la más mimada y adulada por el establishment mediático: esa muchachada que cabalga a horcajadas sobre la indignación tuitera, la alergia al compromiso, el postureo político y el blandiblú moral del narcisismo. Ya solo por eso Girls es una serie valiosa, sociológicamente valiosa. A mí, como es lógico, hay muchas paranas de las que refleja Girls que me espantan, pero no se trata ahora de exponer filias y fobias, sino de constatar su valor como espejo cultural y artefacto artístico. Porque lo tiene a raudales.

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Por eso, resulta irrelevante para analizar Girls lo cansina que puede ser Lena Dunham en la vida real, con su aristohippismo o su manía egocéntrica de meterse en todos los charcos que abisman el hacer del decir: estereotipa a los negros como bestias sexuales, se lamenta de no haber podido “disfrutar” un aborto (como si fuera una linda experiencia) o, incluso, se pelea con El País por una foto ¡que ella misma se había hecho! No me extraña que alguien tan perspicaz y polémica como Camille Paglia haga guantes con ella día sí, día también, criticando su radicalismo de salón y la politización de su sexualidad.

No, no es este el lugar para librar esas batallas, por mucho que Girls las mantenga como inspiración y brújula. Porque la serie trasciende a su co-creadora. La Horvath de ficción me resulta mucho más interesante que la Dunham real no solo por la distancia reflexiva que impone cualquier relato artístico, sino por el empaque que supone construir un personaje dramático y un universo narrativo. Hay muchas horas de pensamiento, reflexión y diálogo entre creadores para poder servirnos en bandeja el relato de estas chicas -tan acomodadas como atormentadas- de los veintitantos neoyorquinos. Este inevitable trabajo de pulido implica una visión del mundo, un intento de coherencia interna, una sublimación de los conflictos y, por supuesto, un crecimiento de los seres ficticios.

Y ahí -en el desarrollo dramático y narrativo- es donde Girls sabe conjugar fondo y forma. Sus criaturas resultan muchas veces insoportables… porque así tienen que serlo. Es algo que en las primeras temporadas me sacaba de quicio, hasta que concluí que la grandeza de la serie residía, precisamente, en saber capturar ese tono caprichoso, errático e histérico de sus protagonistas, con todas las grandezas y miserias que recitaba yo en mi primer párrafo. Si no, honestamente, no hay otra forma de tragarse los coñazos freudianos de Marnie y Desi, uf; o los encontronazos animales y autodestructivos de Adam y Jessa… Ese zizagueo consciente ha hecho de Girls una serie irregular, que a veces no sabía si jugaba a ser una serie coral o una epopeya íntima y desquiciada de Hannah.

Esta última temporada, en este sentido, ha resultado la más dispersa: no solo por ese último capítulo, dislocado del escenario habitual, sin amarras con el resto del elenco (excepto Marnie, claro, la “ganadora de la carrera” por la amistad de Hannah), sino porque las interacciones entre los personajes han sido mínimas, extrañas y siempre tormentosas a lo largo del año (el aliado más fiel de la protagonista ha sido Elijah, un zagal muy cargante en su histrionismo). Ray, por ejemplo, ha hecho la guerra por su cuenta, sin cruzarse con Hannah; Adam y Jessa han provocado sus adioses merced a una delirante película autobiográfica; y Shoshanna se ha movido siempre rozando el fuera de juego, hasta el punto de provocar -cómo no, en un baño- la última ducha de realidad para este grupo de amigas: “No podemos ser amigas porque no podemos estar en una misma habitación sin que una de nosotras quiera convertirse en el centro de atención”. En el fondo, resulta tremendamente amargo que tantos años de complicidades y confidencias se topen con el muro del egoísmo y la incomprensión. Si la amistad era esto… espera a ver qué es el amor, amiga.

Ese mundo de compromisos frágiles y alivios rápidos atisba por última vez el espejismo del anillo, esto es, del compromiso y la entrega: Adam y Hannah. “Si duele, siempre lo recordarás”, rememoraba Adam ante su “Hannah” de celuloide (6.6.). Como en muchos de los mejores episodios de la serie (como “The Panic in Central Park“), el minimalismo escénico, con diálogos casi teatrales, le sienta bien al relato; el propio “American Bitch” (6.3.), con el gran Matthew Rhys de estrella invitada, ha sido de lo más sólido de esta temporada, más allá de la clásica “pollada” pour épater le bourgeois, una de las marcas de la casa Dunham-Konner. Sin embargo, mis momentos favoritos, los más emocionantes, provienen de una conversación donde las lágrimas sustituyen a las palabras, donde el despertar del sueño permite evitar la pesadilla. Adam y Hannah encarnaron un amor tóxico, imposible. Por eso, la nostalgia de su extraño reencuentro en el magnífico, a ratos mágico, episodio 6.8. (“What Will We Do This Time About Adam?“) resulta tan poderosa: porque son dos almas que acceden a mentirse por última vez, a recorrer juntos sus cicatrices, esos amuletos contra el olvido. Hasta que la bofetada les devuelve a la realidad. A la vida. Toca mirar adelante. Ese tren ya pasó.

Porque Girls, con toda su parafernalia neoyorquina, su combinación de humor, ternura y exceso, su amor-odio entre los críticos y su capacidad para “estar en la conversación“, no es más que un clásico relato de maduración. Como bien señala Paloma Rando en su estupenda crítica, todos los finales de temporada apuntaban un salto… que luego se revertía. Sin embargo, un bebé, como bien le espeta su madre en la series finale, no es algo de lo que pueda huir, como ha hecho con tantas otras cosas. Aunque “Latching” (6.10.), desde el punto de vista dramático, resulte un episodio flojo, plano para la montaña rusa emocional a las que no tenía acostumbrados la serie, hay que reconocerle una muy cuidada coherencia dramática (*).

(*) Otro elemento que ha aumentado la circularidad de la serie ha sido el tino para los cameos de muchos ocasionales, bien insertados en la trama: ese Patrick Wilson anunciando el embarazo, aquel Corey Stoll derrumbándose ante la presión o esta Gaby Hoffman apuntando una salida falsa para Hannah.  

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Si Hannah comenzaba la serie llorando a sus papis porque le habían cortado el grifo del dinero, ahora se ve impartiendo lecciones de maternidad a una adolescente que llora por cosas aún más banales. Tracy Chapman, una nana y amamantar como la última frontera: la de la responsabilidad. Por fin, con el dulce sonido de un bebé alimentándose, el narcisismo patológico de nuestra antiheroína empieza a curarse. Hannah abraza por fin el compromiso, la entrega, la negación por otro, el salir de uno mismo; lo que toda la vida hemos entendido como amor verdadero.

Así estoy convencido de que la vida te sonreirá más, Hannah Horvath, porque el amor es lo único que se multiplica cuando lo entregas.

Hasta siempre, amiga.

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