Basta una búsqueda rápida para que homúnculo nos conduzca de la alquimia a la neurociencia. También la RAE, sobria, lo despacha como un cultismo empleado en sentido despectivo: hombre diminuto. Sin destripar detalles de la trama, la polisemia de tan extraña palabra anticipa la singular mezcla de registros de la sugerente Pequeños profetas. Es una serie chiquitita, sin aparentes pretensiones, poblada de personajes con vidas anodinas y abierta a lo fantástico, al misterio, a lo inefable de unas criaturas arcanas. El realismo de fregadero con una fuga de agua a lo sobrenatural.
Esta excéntrica amalgama cultiva, pues, un humor entrañable, muy alejado de la vergüenza ajena que convirtió a The Office en la carcajada maestra de principios de siglo. No es una referencia tirada al azar: Mackenzie Crook, el inolvidable Gareth de la versión original británica, es aquí el hombre orquesta de estos Pequeños profetas. Crook escribe y dirige todos los capítulos, además de reservarse un papel secundario —es el encargado de la gigantesca ferretería donde trabaja el protagonista—. En una entrevista para The Guardian resumía cómo, en su poética, la melancolía dramática queda atravesada por lo insólito: “Siempre me han fascinado las historias de personas solitarias. Y también las de gente común a la que le sucede algo fuera de lo común que trastoca por completo su vida”.
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