, archivado en Los anillos de poder

Arondir and Brownyn

Hay una escena aparentemente banal del sexto episodio —el que posee algunas de las secuencias más espectaculares de Los anillos de poder— que sintetiza uno de los grandes problemas de este relato fallido: la falta de sutileza. La gran batalla se presenta inminente. La épica aguarda a la vuelta de la esquina. Los amantes prohibidos reflexionan ante una posible muerte. Entonces, Arondir se quita el collar y abre un pequeño compartimento. Bronwyn nos silabea el contenido: “Las semillas de alfirin”. El valiente elfo se viste de profesor en su réplica: “Es una tradición entre los elfos. Antes del inicio de una batalla, plantamos una”. Y, por si aún no estuviera cristalino, la curandera de Tirharad remarca el evidente simbolismo: “¿Una nueva vida que desafía a la muerte?” Es un ejemplo, entre muchos posibles, de cómo los creadores zozobran a lo largo de esta aventura épica. Son constantes las escenas con redundancia dramática, con nula insinuación para que el espectador deduzca y con un letrero luminoso indicándole un “esto es clave”. Todo demasiado masticado.

He argumentado en otras ocasiones sobre la necesidad de entender el pacto de lectura que nos ofrece una obra. No se exige la misma complejidad a Better Call Saul que a Los Bridgerton. Uno puede disfrutar y alabar aventuras de capa y espada como Merlin o The Mandalorian sin pretender que encaren un comentario social y político como sí hacen las novelas audiovisuales de David Simon. Qué demonios: hasta Juego de tronos bajó el pistón y renunció a la dificultad en sus últimas temporadas, por lo que era errado pedirle en su última tanda una precisión cognitiva, una audacia dramática y una grisura moral a las que hacía tiempo que había renunciado. Bien, aceptemos pulpo. Entonces, ¿cuál es el pacto de lectura de Los anillos del poder?

Ahí es donde la serie, desde la mismísima repetición del título, establece su vara de medir: J.R.R. Tolkien. Los códigos de la fantasía épica. Las expectativas de un relato de aventuras con una mitología trabajadísima y un estilo capaz de llegar al gran público sin tratarlo como un niño al que avisar de lo obvio. Tolkien no es Dostoievski, de acuerdo, pero ni mucho menos es La patrulla canina. En este equilibrio es donde la serie ha fallado y lo ha hecho en varios frentes, que desgrano a continuación.

lord-of-the-rings-the-ring-of-power-season-1-finale-poster

-Un ritmo lento, leeeento

El mayor pecado que puede cometer una serie como ésta es el aburrimiento. Y, a pesar de la indudable fanfarria visual, muchos episodios se hacían larguísimos. Recuerdo que una de las virtudes de la excelente The Mandalorian era precisamente cortar por lo bajo, con episodios que apenas sobrepasaban la media hora, dejándote con ganas de más. Unas tijeras así le habrían venido de perlas a episodios (todos de más de 60 minutos) en los que la trama revoloteaba sin avanzar por Númenor o se dilataba con diminutas disquisiciones en Khazad-dûm, provocando bostezos hasta en los fans más aguerridos.

Numenor

-Tramas que hacen la guerra por su cuenta

La escala épica del proyecto obligaba al relato a moverse por diversas tierras, razas y conflictos. En este sentido, el alcance de Los anillos de poder iba en consonancia con aquella petición de Jeff Bezos: “Quiero mi Juego de tronos“. El problema de estas historias-río es la falta de cohesión, cuando las subtramas carecen de pegamento interno, siendo una simple suma de historias que discurren en paralelo (la segunda temporada de GoT, por ejemplo, sufrió este problema). Sí, claro que ha habido intersecciones en Los anillos de poder, pero han sido escasas, casuales, no-orgánicas. La clave de otras grandes series que se movían con éxito entre infinidad de personajes y escenarios radicaba en trabajar la continuidad temática dentro de cada episodio, de modo que se establecían ecos y resonancias entre tramas paralelas que enriquecían los conflictos de los personajes. Emblemas como Deadwood o Mad Men llevaron esta idea a las cotas más excelsas (véase este imperdible artículo de Kathryn VanArendonk); Juego de tronos lo logró también a menudo en sus temporadas centrales. En Los anillos de poder, sin embargo, uno podía atisbar en su interior, por poner el caso más evidente, otra serie titulada El amanecer de Gandalf y los Pelosos. De hecho, salvo por el error al identificar a Sauron, es una subtrama que jamás se ha rozado —ni tonal, ni dramática, ni narrativamente— con el resto de la serie.

Harfoots

-Incongruencias narrativas

Sauron, ay, Sauron. Supongo que si alguien se dedica a recabar los detalles (aquí lo hacen), puede resultar “plausible” que Halbrand haya pasado desapercibido como el gran villano durante tanto tiempo. Son guionistas, después de todo, y trabajan la causalidad; la clave está en la consistencia o brillantez de esa línea de puntos. Porque, ¡por las barbas de Morgoth!, como espectador medio la sensación que deja la “sorpresa” es de cutrez, de que por la Tierra Media pulula demasiada gente muy poco espabilada… como para dejarse engañar así, con una evidencia tan a la vista que ni “La carta robada” de Poe o el “Escándalo en Bohemia” de Conan Doyle.

Halbrand

-Diálogo fallido con el imaginario tolkiniano

Ha sido uno de los grandes temas controvertidos (qué pereza). Supongo que sí, que habrá un puñado de racistas y sexistas que no quieran personajes negros o mujeres fuertes en este entorno que fue concebido con otros colores y sexos. Sin embargo, estoy convencido de que la mayoría de críticas en este sentido venían de fans que realmente adoran la Tierra Media y, simplemente, tenían miedo a la decepción. Si, como advertía Elon Musk, Tolkien se estaría revolviendo en su tumba, la culpa habría que echársela a sus herederos, que han vendido tales o cuales derechos. A partir de esa cesión, los creadores de la serie han levantado su propia propuesta y no hace falta salirse del texto para dar cuenta de las carencias artísticas del resultado. Porque a los pelosos les falta ese gracejo entrañable que poseían los hobbits, en los elfos se echa en falta el punto majestuoso y casi onírico que los caracterizaba y lo de otorgarles tanta agencia dramática a los orcos queda poco atractivo. Y, claro, si desde el mismísimo título propones el regreso a un universo conocido (no olvidemos que la serie se titula El señor de los anillos: los anillos de poder), es lógico que la peña se sienta estafada al encontrarse con una receta con un sabor tan distinto al prometido. Puede que, como apunta García-Máiquez, el esquema moral de Tolkien siga vigente. De acuerdo. El Bien contra el Mal. Pero es que hasta en ese aspecto hay exceso de frases marmoladas, como esta de Bronwyn a su hijo: “Al final, las sombras no son sino algo diminuto y transitorio. Seguirá habiendo luz y belleza más allá de su alcance. Encuentra la luz y las sombras no te encontrarán”. Deletrear hasta el mensaje moral…

Mystics-and-the-Stranger

-Personajes a medio cocer

Visualmente, las Místicas son impresionantes. Tienen todo lo necesario para convertirse en icono. Y, sin embargo, uno no puede evitar soltar una carcajada cuando las zagalas se dan cuenta de que se han equivocado al identificar a Sauron en el último episodio. ¡Eso es cargarse unos personajes! Entes misteriosos y malvados, capaces de hacer arder toda una aldea en un chasquido, que generan un miedo cerval allá por donde pasan… y que acaban resultando tan patosas al llevar a cabo la misión que obsesivamente persiguen. Uf. Son, de nuevo, un ejemplo que nos sirve como botón. Porque similares reservas produce la mejorable capacidad estratégica de la reina Míriel, la falta de empaque de Isildur, la sosez de Elrond o —como advertimos al analizar el piloto— la falta de debilidades en Galadriel, esa heroína robótica. A muchos de los personajes les falta conflicto, duda, credibilidad, ¡vida!, de modo que resulta arduo ponerse en su piel y empatizar con sus peligros y hazañas. Cuánto se echa de menos unas briznas de humor, por ejemplo, para añadir carne y hueso a estas gentes, que tantas veces parecen meros dispositivos mecánicos para hacer avanzar la trama.

-Una estética invasiva y grandilocuente

Solo las batallas del sexto episodio han alcanzado el impresionante nivel de producción de los dos primeros episodios, dirigidos por Bayona. Toda la secuencia inicial en la que Arondir comanda la lucha contra las huestes de Adar resulta inolvidable. Sin embargo, cuando menciono la estética invasiva me refiero a dos elementos que empachan hasta al más cafetero: la música y el uso de las ralentizaciones. Ambas herramientas se emplean profusamente en la temporada para añadir artificialmente lo que no logra la fuerza del relato. Un énfasis emocional de cáscara vacía, ya sea cabalgando, blandiendo espadas o contemplando el dolor. Con esto último regresamos al mismo problema del inicio: la falta de sutileza, el intento de emocionar por derribo y narrar al peso.

Intenté ser cauto con el piloto, siguiendo la máxima de la temporada como unidad narrativa. Anoté entonces varios aciertos y presenté mis reservas ante determinados personajes y tramas. La crítica no ha sido especialmente dura con la serie, por lo que será fácil encontrar reseñas positivas. Esta vez me he centrado en todo lo que falla en un relato tan anticipado como este.  En una suerte de metacomentario, Celebrimbor recordaba en el segundo episodio que “la verdadera creación requiere sacrificio”. Pero, vaya, también es verdad que un maestro del metal como él acaba incorporando a su artesanía consejos de un recién llegado… y los mantiene una vez que sabe que aquel era el mismísimo Sauron. Me he acordado mucho de esa máxima durante estas últimas semanas, conforme se confirmaba el desastre que ha sido esta primera temporada. Porque sacrificio, lo que se dice sacrificio, lo han sufrido las altas expectativas que la gigantesca maquinaria de márketing había generado. Un material tan potente, una promesa tan anunciada… y una oportunidad tan desperdiciada.

9 Comentarios

  1. Fernando Micó

    Celebrimbor no sabe quien Sauron, lo sabe Galadriel, y Elrond, que llega cuando los anillos ya se estan forjando, y como cree en Galadriel, no dice nada.

    Responder
      • Ricardo C

        Coño para una cosa que hay sutil en la serie (salvar a los elfos aceptando el “regalo” de Sauron, manteniendo el secreto), pides que te la deletreen!!

        Responder
        • AlbertoNahum

          Vale, vale, tenéis razón RICARDO y FERNANDO. He vuelto a ver las escenas. Llega Galadriel donde Celebrimbor hasta con el pelo mojado y la agitación post-Sauron… y el gemólogo acepta la nueva propuesta de hacer tres anillos sin rechistar (solo pide el material necesario). Tienes razón, fallo mío en la interpretación: precisamente quise llenar los huecos y asumí que la explicación quedaba elíptica. No le terminé de ver el sentido a la escena, pero en un segundo visionado, sobre todo con el cruce de miradas de Elrond al final, queda más clara.

          Responder
  2. Santi San Martín

    Por desgracia, la influencia “woke” no se limita a meros detalles epidérmicos de la serie (elfos negros, etc). También dota a los personajes de características “oprimidas” de un “plot armour” que les protege de todo mal. Esto deviene en aburrimiento, porque elimina toda tensión o sensación de peligro (qué diferencia con el pacto de lectura en Juego de tronos, donde cualquier cabeza podía rodar!). El enfoque woke también ha convertido a Galadriel en una “Mary Sue” de manual, insufriblemente perfecta y arrogante, no por una curva de aprendizaje y mérito ganado, sino porque ella lo vale, y punto.

    Asimismo, el enfoque woke hizo previsible la identidad oculta de Sauron (un tío blanco hetero-básico, of course). Muchos ya lo adivinaron desde el episodio 1… y NO por criterios narrativos, sino político-culturales. Cuando la ideología permea y moldea tanto tu historia que resulta previsible, la estás hiriendo de muerte…

    Un artículo muy nutritivo, Alberto! Gracias.

    Responder
    • Alberto Nahum

      Qué bien lo sintetizas, Santi. Es que el problema de que se establezca una diversidad por decreto es, precisamente, cómo puede afectar eso a la potencia creativa. Aplana las historias si no hay una fuerza dramática de fondo. Pasaba algo similar a lo que comentas en la serie de “Kenobi”: desde el minuto uno la audiencia sabe que la despiadada Reva no puede ser tan mala. Y, en efecto, acaba redimiéndose.

      Responder
  3. Raquel

    ¿No nos estamos volviendo muy quisquillosos? No soy una experta en Tolkien ni en cine, pero la serie se deja ver. Quizá es bastante lenta como comentas… se podría recortar 15’ cada episodio. Cosas que no cuadran muy bien, hay unas cuantas. Para la mayoría, y me incluyo, es entretenida. Hay cosas mejores que ver, está claro, pero peores, muchísimas más… yo veré la próxima temporada.

    Responder
  4. Raquel

    J.D.Payne: “Tenemos solamente los derechos de ‘La comunidad del anillo’, ‘Las dos torres’, ‘El retorno del rey’, los apéndices y ‘El Hobbit’. Eso es todo. No tenemos los derechos de ‘El Silmarillion’, ‘Cuentos inconclusos de Númenor y la Tierra Media’ o ‘La historia de la Tierra Media’.”

    Si hubieran tenido los derechos de todo, igual la serie estaría mejor… así que bastante han hecho… 😉

    Responder
    • Fernando Micó

      Los Cuentos Inconclusos, en losz quye esta basada, si bien son pinceladas creo que si los guinistas son competentes dan para mucho: Numen or, el rey brujo de Angmar y etc…

      Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *