, archivado en Arcane

Arcane inicio

Una niña se tapa los ojos ante el horror. Canta para escapar mentalmente. Fuego, devastación, golpes. La guerra en la parte baja de la ciudad es lo más cercano al infierno. La pequeña Powder va de la mano de su hermana mayor, Vi. Acaban de quedarse huérfanas. Vander, el corajudo Vander, las recoge para ejercer de papá sustituto a partir de ahora. A lo lejos, tras el humo y la sangre, se atisban los relucientes edificios de Piltover, la parte de arriba de la metrópolis, donde moran el lujo, la razón y la cohesión social. Este portentoso prólogo se clausura con los puños de rabia de Vi, ese resentimiento que ha alimentado tantos traqueteos a lo largo de la historia. No es casualidad que el malvado Silco se regodee, más tarde, en la retórica de la revolución: “El poder, el poder real, no llega a aquellos que nacieron más fuertes, más rápidos o más inteligentes. No. Llega a aquellos que harán cualquier cosa para lograrlo”.

La colisión entre estos dos mundos es la columna vertebral de esta fascinante serie que ha reventado la animación adulta de Netflix. Pocas veces forma y fondo concitan tanta sintonía. Arcane ofrece una historia violenta y áspera, a veces complicada de seguir en sus meandros narrativos, pero riquísima en matices y emociones siempre a un milímetro de la agonía. Y lo hace a través de un dibujo esplendoroso, donde se mezcla el trazo heroico, una banda sonora cachazuda y la ambientación steampunk (un estilo retrofuturista en una era de corte victoriano). El arte de la serie le aporta un sabor único, una personalidad hipnótica que oscila entre la sordidez apocalíptica del submundo de Zaun y la utopía majestuosa de Piltover.

Sobre ese paisaje dual se entrecruzan las historias de las hermanas Vi y Jinx, apostadas en trincheras enfrentadas, las de los “científicos” Jayce y Víctor, empeñados en descifrar los misterios de una tecnología arcana, o las del viscoso Silco, un gánster del inframundo con un arma letal a su disposición. A lo largo de los nueve episodios —emitidos de manera inédita para Netflix: en tandas de tres, a lo largo de sábados consecutivos—, Arcane permite que sus historias flirteen con la metáfora política o traigan a primer plano los dilemas morales por los peajes que implican los avances del progreso. Una variante más del clásico camino al infierno empedrado de buenas intenciones, como admite, melancólico, un derrotado Víctor: “Nos hemos perdido a nosotros mismos. Y a nuestro sueño. Por buscar la grandeza, nos olvidamos de hacer el bien”.

Arcane portada

Por esa trama infartada y crepuscular pululan mutaciones violentas, ratas de laboratorio, mujeres de armas tomar, puños literalmente de acero, cristales azules con propiedades mágicas, una raza de pequeños mamíferos bípedos, rostros desfigurados, tatuajes por doquier, policías con máscaras antigás decimonónicas, pociones salvajes… Sin embargo, más allá de su vistosa cáscara, lo que hace de Arcane un producto tan potente son los personajes, alejados de la complacencia maniquea del tópico. La villanía de Silco proviene de una juventud traicionada y el hecho de que Victor quiera jugar a ser Dios nace de su enfermedad congénita. La rocosa Vi marcha atravesada por una herida insondable, esa promesa que no pudo mantener: “Cuando mis padres estaban vivos, Powder y yo jugábamos a fingir ser monstruos cada vez más grandes. A veces, me pasaba un poco y ella se asustaba. No quería que llorara y despertara a mis padres. Le decía: ‘Ningún monstruo te hará nada mientras yo esté aquí’. Pero cuando apareció uno de verdad… salí corriendo. La abandoné.” De ese abandono forzado emerge el corazón de Arcane: la imprevisible y dañada Jinx. Una máquina de aniquilar que evoca una aleación del Joker con una guerrera anime. Con Jinx la virguería visual alcanza las cotas más sublimes, al retratar visualmente un alma tan mortífera como enferma.

Arcane Jinx

Inspirada en el videojuego League of Legends, Arcane propone un viaje sin descanso, una guerra sin cuartel. Cada episodio regala un torrente de escenas de acción que se coreografían a ritmo frenético. Y que jamás se rebaja con sentimentalismos melodramáticos ni salidas narrativas de emergencia. Hay violencia, hay muerte, hay tragedia. Porque en Arcane siempre anda sobrevolando la advertencia fatalista de Vander: “Nadie gana en la guerra”. Menos aun cuando el propio mundo está en juego.

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