, archivado en Mrs. America

Mrs America poster

Como me chiflan las guerras culturales, no podía dejar pasar Mrs. America, el lujoso drama histórico de FX on Hulu (en España por HBO) creado por Dahvi Waller. Multitud de personajes históricos están apostados en el relato para conferir verosimilitud a lo narrado. El problema, como cualquier producto basado en hechos reales, tiene que ver con la tensión entre verdad y relato, es decir, entre historia y espectáculo. Ahí es donde Mrs. America pincha, cayendo en un error clásico de las historias que retratan períodos políticos convulsos o episodios muy marcados ideológicamente: la moralina disminuye la eficacia del drama y la tesis se impone a la complejidad.

En este sentido, hay una advertencia tan evidente que podría pasar desapercibida: Waller puede recontar la Historia como le dé la gana. Está haciendo ficción y solo los literalistas lo darían ciegamente por bueno. La ficción es ficción y “el basado en hechos reales” un camino de espinas. Es más, como admite en esta interesante entrevista Waller no tenía la menor intención en documentarse de primera mano con la propia familia de Phyllis Schlafly: “Realmente queríamos tener la libertad de imaginar estas conversaciones privadas y no estar en deuda con el recuerdo de una persona sobre lo que sucedió hace 40 años.” Es un punto de partida legítimo, desde luego, pero también anticipa el desenlace, restando así fuerza a la serie. Porque cuando un relato sustituye la profundidad dramática por el flirteo con el mitin, el producto pierde punch escénico.

Lo más interesante de Mrs. America es que su maniqueísmo se acelera en la recta final. Porque hasta ese momento, a pesar de tener un punto de vista contrario, el retrato de Schlafly y sus legionarias resulta hondo y mesurado. Les reparten candela de la misma manera que la reciben las activistas feministas que batallan a favor de la Equal Rights Amendment (ERA). Unas son acusadas de rogelias que quieren destruir América y las otras de machistas que ansían apuntalar la cocina perpetua. Fair enough.

Porque más allá de las retóricas partisanas, Mrs America plantea inicialmente el conflicto en términos ecuánimes. A pesar de la caricatura que se dibuja a posteriori, Schlafly y su causa también pretendía amparar a las mujeres. Como la serie relata, esta mamá de seis hijos entendía que la Décimo Cuarta Enmienda de la Constitución Americana (junto con leyes como la Equal Pay Act de 1963 o la Civil Rights Act de 1964) ya defendía la igualdad y, por tanto, la nueva legislación iría en detrimento de las mujeres en asuntos cotidianos esenciales como la pensión conyugal, la custodia de los hijos o el reclutamiento en el ejército. No es un tipo de batalla extraño: hoy mismo existe un debate similar incluso en torno a la misma definición de qué es ser mujer. Las despectivamente denominadas TERFs (que tienen en sus filas a feministas radicales históricas como Germaine Greer o Lidia Falcón) reclaman espacios exclusivamente femeninos y se oponen a ciertas leyes “queer”, mientras que el mainstream del activismo trans apuesta por borrar todo vestigio biológico. ¿Qué pasará con el deporte femenino, entonces? ¿O con las prisiones diferenciadas por sexo? La batalla ideológica alcanza tal resonancia que ha partido en dos, en este ámbito, incluso a la coalición gobernante en España. Compensa traer a colación este espejo para evidenciar que las tensiones en cualquier frente de la batalla cultural son no solo inevitables, sino democráticamente sanas.

Hasta el quinto episodio Mrs. America ofrece un retrato apasionante de una justa como hay decenas en cualquier parlamentarismo vigoroso. Estos de aquí piensan una cosa y los de allá la contraria; entre medio pululan matices y grises. Y todos defienden aquello en lo que creen en la esfera pública, intentando influir en las leyes, presionando a los poderes fácticos, organizándose internamente… Esta exhibición de movilización ciudadana —además de provocar envidia ante la vibrante sociedad civil estadounidense— está entre lo más inolvidable de Mrs. America: su recreación de los procedimientos arcaicos de propaganda, sus batallas perdidas, sus traiciones o sus negociaciones a cuatro bandas.

Mrs America Paulson

El problema de Mrs America germina en su último tercio, cuando la serie toma legítimamente partido por las Steinem, Abzug y Friedan. Sumando y sumando detalles se refuerza un retrato empático y positivo hacia estas activistas, al tiempo que Schlafly y sus amas de casa se van despeñando por la villanía, hasta llegar a esa suerte de Alicia a través del espejo que supone la liberación sorora de Alice, el personaje de Sarah Paulson, en Houston (1.8.). Era evidente que una actriz de tanto prestigio no podía quedarse en mera comparsa de la excepcional Cate Blanchett, por lo que su caída del caballo resulta previsible y, por tanto, pierde cierta eficacia narrativa.

Esos detalles en la representación de cada bando que se recrudecen conforme avanza el metraje de Mrs America tienen mucho que ver con una mirada hacia el pasado que mixtifica las complejidades. En la representación del campo conservador hay una uniformidad racial que contrasta con la diversidad del activismo feminista. No hay duda de la filiación política e ideológica de Shierly Chisholm (¡qué gran actriz es Uzo Aduba!), pero la serie trampea al olvidar que la comunidad negra siempre ha sido la más conservadora y religiosa en cuestiones sociales, como el Pew Research lleva demostrando desde hace décadas. Aún más, bastaría leer el ensayo From Margin to Center, que la feminista negra bell hooks (sic) escribió en 1984, para, al menos, tener en consideración las contundentes acusaciones a la segunda ola como un movimiento básicamente de mujeres blancas y de clase media-alta. Son matices que Mrs America apenas roza.

Uzo Aduba Mrs America

Algo similar ocurre con la interseccionalidad del movimiento. Esta tensión se manifiesta bien, por ejemplo, en el cuarto capítulo, cuando varias activistas discuten en la cocina sobre las tensiones del movimiento con la orientación sexual y la raza: “Si incluimos a las lesbianas no conseguiremos el apoyo del movimiento Black Power”, clama una. En esa misma línea, Davhi Waller sí exhibe el desprecio que, especialmente impulsado por Betty Friedan, el feminismo de los setenta sentía por la causa homosexual. Friedan acuñó, de forma peyorativa, el sintagma “La amenaza lavanda” para referirse a las lesbianas que querían influir en el movimiento y llegó a escribir sobre “la homosexualidad que se está extendiendo como una niebla turbia por la escena estadounidense”. Todas esas contradicciones identitarias convergen en un final redentor, amable, repleto de intenciones altruistas para todos los personajes que bullen en torno a la National Organization for Women de la serie.

Mrs America 3

Esa amabilidad redentora y atenta al matiz contrasta con el bando de las águilas: un puñado de mujeres incapaces de pensar por sí mismas, que apenas ejercen de ventrílocuos de la pérfida Schlafly, que las usa para aupar su propia carrera. Todas acaban siendo estiradas, ñoñas, hipócritas y, sobre todo la jefa, con un irrefrenable afán de poder. Al menos, la propia Schlafly ya lo advertía en esa fascinante conversación florentina con Jill Ruckelshaus (1.6.): “Tanto tú como yo sabemos que la ERA no tiene nada que ver con la igualdad. Es una cuestión de poder”. El problema de Mrs America es la asimetría, porque el conflicto entre ambición y convicción no entiende de identidades ni de orientaciones políticas.

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