, archivado en Watchmen

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“No te puedes esconder bajo una máscara. Las heridas necesitan aire” (Will Reeves, 1.9.)

Watchmen erige un monumento al atrevimiento y la originalidad. Ante el vértigo de enfrentarse a una de las novelas gráficas más potentes e inclasificables de la historia, Lindelof desatasca el relato con tres en uno: una mezcla de homenaje, continuación y subversión. Es un movimiento suicida del que, sin embargo, cae de pie, perfectamente equilibrado, levantando los brazos en señal de triunfo.

Porque el mayor piropo que se le puede regalar a Watchmen es el de audaz. Y ya lo advirtió Ralph Waldo Emerson: “Siempre hay seguridad en el valor”. Así, la serie de la HBO es capaz de marear con arrojo las expectativas narrativas del espectador, de elevar una (simplona) denuncia sociopolítica, de proponer un pastiche del cine mudo, de juguetear con el envejecimiento de los personajes originales o de establecer decenas de guiños estéticos y estructurales a la obra magna de Gibbons y Moore. Esto último hará las delicias de los más comiqueros: que si llueven calamares, que si los títulos de capítulos que parecen conejos de la chistera, que si el mítico kiosko, que si esa gota de sangre riéndose sobre una placa, que si el disfraz en un compartimento secreto, que si la historia dentro de la historia (cambiando a los terribles piratas de Los Relatos del Navío Negro por los violentos superhéroes del Minute Men).

Subirse a Watchmen es asumir que cada episodio va a intentar el más difícil todavía: por ejemplo, un chiste (¡qué bien está Jean Smart, demonios!) que se prolonga durante todo un episodio (“She Was Killed by Space Junk“, 1.3.) o una conversación en un abar de Vietnam que escenifica con brillantez la multiubicuidad del Dr. Manhattan (1.8.). Porque Watchmen estira las consecuencias del relato expandido hasta sus últimas consecuencias, permitiendo el carrusel temporal, el permanente espejo semántico entre subtramas o todo un sobrecogedor -¡colosal!- episodio onírico levantado con la excusa de un nostálgico viaje por la memoria. El linaje como tema, la maldición genética… Lo asombroso es que semejante caudal de personajes, mundos y tiempos sea capaz de amasarse de una forma tan orgánica, sin chirriar al espectador, haya leído el cómic original o no. Los agujeros se cementan, la siembra se recoge, las piezas encajan.

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De entre todos los motores que propulsan este impresionante Watchmen de la HBO, el que más chirría es el del paralelismo sociopolítico. No hay duda que la inmunda bota del racismo provee de un aroma entre salvaje y legendario a la trama. La masacre de Tulsa y las penurias del joven Reeves refuerzan la épica de fondo que tan bien le sienta a una historia en viñetas. Touché a los creadores por saber insertar en la narrativa uno de los temas candentes, incluso antes del asesinato de George Floyd y la locura de las muchedumbres. Pero hay que ser muy cuidadoso y evitar la extrapolación de saldo: al igual que la novela gráfica del 85 llevaba al extremo el imaginario del miedo nuclear, el Watchmen televisivo agita el fantasma del fascismo y el supremacismo.

Dramáticamente funciona bien esa exageración, puesto que le aporta al relato una gravitas necesaria, pero conviene no obsesionarse con las lecturas extratextuales. Tampoco la presidencia de Robert Redford las aporta, por ejemplo. Es una historia alternativa, una distopía, que ha sabido captar un estado de opinión, pero cualquier lectura metafórica ha de franquear la evidencia democrática de los Estados Unidos actuales. Así que, por favor, no arruinemos la potencia de una metáfora pretendiendo su literalidad. Dicho de otro modo: la horrible historia de racismo que espolea Watchmen nos dice mucho menos de la América de Trump que de las obsesiones identitarias de Hollywood y alrededores.

Porque acudir a Tulsa -una tragedia real- como mito fundacional para esta serie de fantasía genera un bucle melancólico. Doloroso, obviamente, pero insuperable. Más aún en un relato en el que los hijos cargan con las obsesiones, pecados y heridas de los padres (y abuelos). Al pasado en Watchmen solo se puede regresar para certificar el trauma una y otra vez, como aquella primera y última sala de cine.

watchmen Hooded Justice

Y se vuelve porque Watchmen narra básicamente una historia de orígenes, como hacen tantos cómics. La de Will Reeves, la de Angela Abar, incluso las de Looking Glass y Jon Osterman. Todas parten del trauma: aquella masacre en el Wall Street negro, esos padres volados en pedazos en el estado 51, la inocencia perdida entre espejos de feria y cefalópodos gigantes o la tragedia nuclear de un reloj. Y el pasado, ay, no puede cambiarse, por definición. Así, el racismo se convierte en un pecado original para el que no existe rendención. Como la orfandad de Angela o la paranoia Albal de Wade Tillman. Son gigantescas heridas que la serie aborda con melancolía porque los personajes no pueden hacer nada por sanarlas. Por eso optan por la máscara y el superheroísmo: es una manera de dar rienda suelta a su cólera, a su frustración, a sus ansias de venganza. Ahí es donde el simbolismo de la máscara que atraviesa toda la serie alcanza su apogeo. La reflexión sobre la propia identidad atormenta a los personajes: ¿quién soy? ¿quién fui? Watchmen contradice la célebre máxima de Oscar Wilde: “Dale a un hombre una máscara y te dirá la verdad”. ¡Quiá! Mediante la máscara -esa que según Veidt “vuelve a los hombres crueles”- los personajes exorcizan sus miedos, sus rabias y sus dolores, como explican Angela y su abuelo en su última conversación. La melancolía nace de saber su inutilidad: “No te puedes esconder bajo una máscara. Las heridas necesitan aire”.

La otra pega que presenta la serie tiene que ver con algunas de sus tramas. Aunque su forma de coserlas merezca un sobresaliente, más aún teniendo en cuenta la extraordinaria versatilidad narrativa y estilística de la serie, hay que admitir que el Séptimo de Caballería es casi un macguffin. ¡Qué patosos, no solo contra Looking Glass, sino sobre todo en el último episodio! La megalómana Lady Trieu les come la tostada con una facilidad pasmosa. Así mismo, en la madeja de alianzas, engaños y traiciones que presenta Watchmen, Ozymandias es como el perejil de todas las salsas. No obstante, a pesar de lo llamativo de su inclasificable escenario europeo (entre lo bello y lo siniestro, entre Versalles y el manicomio), la subtrama jupiterina de Adrian Veidt se hace un pelín pesada, quizá por su exceso de psicopatía y arabesco.

Watchmen Adrian Veidt

Son pequeñas pegas para un trayecto apasionante, que sabe combinar la épica, el misterio y lo insólito en una nave que permite varias velocidades. Capaz de embragar ritmo y exposición. Quienes busquen emociones fuertes y adrenalina disfrutarán los acelerones de Hooded Justice, las persecuciones de la letal Sister Night o la eficacia del Dr. Manhattan. Los acostumbrados a montar y desmontar mecanos se lo pasarán pipa no solo con la confluencia azul en la jaula, sino con episodios fascinantes tan experimentales como “This Extraordinary Being” (1.6.) o “A Guy Walks into Abar” (1.8.). Y, por supuesto, los que prefieran el ralentí del subtexto, pueden saciar sus investigaciones forenses consultando la Peteypedia para saber quién demonios era aquel hombre-vaselina que se escurre por las alcantarillas.

Watchmen Eggs Smile

Es una serie tan rica y densa que prácticamente cada escena permite la auscultación, más aún para los fans del cómic. En un guiño constante a los lectores de la novela gráfica, el Watchmen de Lindelof está atestadísimo de huevos de pascua. La gracia extra es que los huevos, los de cartón y docena, también corretean explícitamente presentes en todo el metraje, desde aquella primera escena de Angela Abar jugando con las yemas en clase y la sonrisa de El Comediante, pasando por el viejo en la cocina, los papás que compra Lady Trieu, el primer encuentro en Saigón o las disquisiciones sobre qué fue antes en el 1.8. El persistente detallismo ovíparo de los creadores llega hasta la finale, donde -además de sonar el “I am the Walrus, (I am the eggman)”, de los Beatles que da título al episodio- el huevo se convierte en el símbolo que cierra el círculo.

Precisamente tanta insistencia textual anula la posibilidad de un final abierto. Angela andará sobre las aguas, como el Jesús azulado de la serie. Ahí está, sin ir más lejos, su reflejo en el cartel promocional. Había espoiler, je, y no lo vimos.

watchmen HBO poster

Apostando por la circularidad, este Watchmen, que Lindelof da por cerrado, ha exhibido los muchos huevos que tiene: los necesarios para reinventar una obra maestra sin caer en la repetición ni en la complacencia. El huevo es un signo de fertilidad. De creación. El Dr. Manhattan le transfiere sus características de la misma forma que los padres las transfieren a sus hijos. El huevo, la herencia, la maldición intergeneracional… ¿y la bendición de un re-nacimiento, de una segunda oportunidad? En el final de Watchmen, el símbolo se convierte con brillantez en elemento narrativo. Pero, también, en asunto metanarrativo. Porque Damon Lindelof ha demostrado ser capaz de heredar los poderes del Watchmen original para caminar con audacia y éxito por las aguas de la creación televisiva.

3 Comentarios

  1. Individuo Kane

    Muy interesante lo de las obsesiones identitarias de Hollywood.
    Al leerte me he dado cuenta de que he abandonado Lovecraft Country precisamente por eso, porque empiezan a ponerse muy pesaditos.

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    • Alberto Nahum

      No la he visto aún. Y leí que va por la misma senda, al menos al inicio. Parece que está siendo irregular y tiene a la crítica dividida.

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  2. Flames

    Jo, habrá que ver WATCHMEN…..

    Respecto a LOVECRAFT COUNTRY…… he empezado a verla. Y no se equivocaban los que decían que empezaba bien pero que luego…. nada de nada….. Veré un poco más, pero creo que no ofrece más que una excusa barata para que unas personas de color (perdón, pero ya no sabe uno ni cómo expresarse) se exhiban viajando por EEUU y luchando contra la opresión blanca. Opresión blanca que asusta pensar como debía de ser en los EEUU de los años 60’….. y de antes, claro.

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