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Season 3, episode 2 (debut 1/13/19): Mahershala Ali, Stephen Dorff. photo: Warrick Page/HBO

¿Y si Wayne Hays jamás hubiera regresado de la jungla? ¿Y si el relato al que hemos asistido -una historia fragmentada, alucinada e inestable- no fuera más que un sueño con forma de escalera bíblica? ¿Y si Nic Pizzolatto, vencido a la tercera, hubiera llegado a la conclusión autodestructiva de la imposibilidad de la narración?

Obviamente, habrá espoilers de la tercera temporada en esta reseña.

Cuando se decía que esta tercera entrega del neo-noir de HBO recuperaba las esencias, tras la debacle angelina, se estaba errando el tiro. A pesar de remozar muchos de los recursos estéticos y narrativos del primer año -polis atormentados, niños secuestrados, figuritas simbólicas, temporalidades paralelas-, True Detective III es una subversión estructural y moral de la historia de Rust Cohle y Marty Hart. Para empezar, ni siquiera la pareja profesional es la clave de la historia, sino la pareja amorosa: True Detective es esta vez una investigación sobre el matrimonio y sus demonios. Además, en la de Matthew Mcconaughey y Woody Harrelson el Mal era casi metafísico y actuaba con azufre; aquí el mal viste minúscula, porque emerge por accidente y siempre emboscado en la compasión o la torpeza. En el 2014 había un caso; aquí solo hay una mentira engalanada de monja y rosa. La temporada inaugural alcanzaba una meta, simplona, pero meta al fin y al cabo; esta vez la meta es física y epistemológicamente imposible, por mucho detalle de trama que ofrezca la season finale. Cuando el detective Hays resuelve, por fin, el ansiado enigma, su memoria se desvanece de manera caprichosa. Ni la Luz está ganando ni el Mal perdiendo: todo queda en tablas de por vida y cualquier atisbo por jugar la partida se revela absurdo.

De hecho, aunque resulte un juego de palabras forzado y cultureta, la verdadera meta de este True Detective es la del meta-relato. Un juego que en la primera temporada formaba parte de la salsa propia de una propuesta de calidad, aquí se eleva al cubo. True Detective III es, principalmente, una historia sobre cómo contar historias. Aún más: es una reflexión indisimulada sobre el true crime, esa mezcla de periodismo y espectáculo donde la verdad es una frontera en movimiento perpetuo.

True detective III

Porque la explosión que supuso Serial -y sus decenas de hijos bastardos, entre los que se aúpan The Jinx, Making a Murderer y tantos otros- implica la negación de la certeza. Sospechar de las instituciones y regresar a una tragedia para darle la vuelta. Quitarle máscaras a la verdad, rehabilitar el hecho. Una aspiración a priori tan noble queda demolida tras los ocho episodios de True Detective Arkansas. La verdad no existe y, si existe, es imposible de conocer. El caso de los Purcell se divide en decenas de testimonios, pistas, declaraciones, sucesos y pruebas que apenas bosquejan la verdad. La enrevesada arquitectura narrativa ostenta vocación de puzzle… donde faltan piezas. Un maldito juego de espejos opacos. Un timo. Los discursos establecidos quedan cojos (el libro de Amelia) o inacabados (el documental que están realizando para esclarecer el caso). Y ni siquiera el yo -esa tradicional fuente de conocimiento- es capaz de aprehender la verdad. ¡Que se joda Descartes! Tras horas de visionado y décadas de investigación obsesiva, el misterio se resuelve por casualidad mientras que la coherencia senil aborta el happy knowing. La verdad como imposible. Como mcguffin.

Lo curioso es que esta reflexión no hace frustrante el visionado de la tercera temporada. Sin llegar al estilizado magnetismo que Fukunaga imprimió al debut, el suspense atrapa al espectador con su lento traqueteo sureño. Es lo que uno espera a estas alturas del partido seriéfilo: la triple o cuádruple lectura simbólica, el crimen como excusa narrativa, un tono literario que arrulla, esos acordes amenazantes, góticos, de los tres últimos episodios, o la desolada elegancia con la que un imponente Mahersala Ali se enfrenta a su propio Vietnam íntimo. Pocas veces un maquillaje resulta tan convincente, concentrando en las canas y en la mirada acuosa la tragedia de una vida dedicada a perseguir un fantasma. Por eso -por contraste (*)- funcionan tan bien las escenas entre Ali y Carmen Egojo: en la guerra del sofá es donde este par de almas pueden escapar de sus obsesiones y traumas. En su relación amorosa, a pesar de sus golpes bajos, es donde más autenticidad encuentran. Más verdad. Según este argumento, tiene todo el sentido del mundo que la serie concluya con una puerta que se abre al cielo. La luz está ganando y tal. Pero no. ¡Y un cuerno! Por eso no hay rastro del destino exacto de Amelia Hays durante el último capítulo, ese que hasta nos descubre la genealogía detallada de Julie Purcell. Sin embargo, ni rastro del amor protagonista. Por eso True Detective III resulta tan demoledora: precisamente por clausurar con Purple Hays adentrándose en el corazón de las tinieblas, un territorio que ya nunca abandonará.

(*) No es que Stephen Dorff esté mal, pero su química con Mahershala Ali queda lejos de la otras parejas protagonistas… además de que su maquillaje de anciano es más pejillero. Sin duda, donde más brilla el personaje de Roland es en la línea temporal de los años noventa, en especial en su cercanía con Scoot McNairy. Ahí emerge toda la complejidad de un personaje tan cínico como tierno. La escena en la que reclama penitencia en el bar de moteros es dolorosamente heroica. 

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En el penúltimo episodio, la guapa periodista Montgomery cree haber resuelto el caso de los Purcell. Una gran conspiración de pederastas y tráfico de niños. El viejete y ofuscado Wayne Hays le replica con la lucidez del viejo combatiente: “Haz lo mejor que puedas las cosas y aprende a vivir con la ambigüedad”. La verdad no existe, muñeca, y True Detective es una trampa. Porque, como escribía Jonathan Coe en La lluvia antes de caer, “la vida sólo empieza a tener sentido cuando te das cuenta de que a veces (muchas veces, casi siempre) dos ideas totalmente contradictorias pueden ser ciertas”.

4 Comentarios

  1. Flames

    Me muero de ganas de leer el artículo….. pero quiero ver la serie entera primero. En unas semanas. 😉

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  2. Jose Valdes

    Coincido completamente en algo con Alberto, la mayoría de la crítica se ha quedado en la superficie y ha errado el tiro diciendo que era una True Dectective I 2.0.
    Si bien guardan algunas similitudes, desde luego muy lejos en cuanto a ambientación, son muy distintas.
    Personalmente me ha gustado, aunque muchos capítulos han sido verdaderas vueltas en círculo, viajes a ninguna parte, incluso por momentos me ha irritado el personaje de Purple Hays, no por su interpretación, si no porque a su denodada inutilidad a la hora de resolver el caso, el misterio de la desaparición de los niños parece un monte demasiado alto para poder escalarlo, se une su amnesia (no demasiado bien justificada ni explicada), los saltos temporales continuos, en definitiva, casi todo lo que descubre del caso es por casualidad, no por intuición o talento.

    En fin, me ha gustado, pero podría haber sido mucho más brillante, bastante mejor que la segunda, pero muy lejos de la primera temporada.

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