, archivado en Daredevil

Bastaría ese latigazo en el confesionario o el virtuosismo salvaje de este pasillo para convencerse de que Daredevil es un goce inteligente y osado. Posee todo lo que un ocasional podría pedirle a un cómic: personajes cuajados sin infantilismos, villanos memorables que no visten caretas psicotrópicas, secuencias de acción para malabaristas y violencia tolerable, esto es, de la que duele -y hay escenas realmente salvajes- pero no quema.

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El primer año de este héroe ciego de Hell’s Kitchen reconfortaba al espectador adulto con el mejor sabor palomitero. Tampoco es que la peripecia comenzara in media res, pero parte del enganche radicaba en la diligencia con la que el relato se manchaba de harina. Nada de prólogos nucleares ni infancias atoradas. Nanay. Mamporros y saltos por los tejados desde el minuto uno; ya, si acaso, más adelante se enfocará el retrovisor de la historia.

Pero de cáscara espectacular no puede vivir ninguna serie de calidad; es imprescindible que haya chicha, nutriente, esto es, drama, grises, dilemas. Por eso, a la gravitas del protagonista -la famosa “culpa católica”, que no son más que sanísimos problemas de conciencia ante el Mal- hay que añadirle el conflicto de la identidad secreta. Y sobre esa bisagra entre el sol leguleyo y la luna justiciera es donde la serie va apilando más y más conflictos. Las mañanas ganan ligereza con el equipo Foggy-Murdock, un paradigma de cómo aliviar la historia sin salirse de la trama principal; el malvado Fiske también es su objetivo a batir. De día y de noche, con bastón de lazarillo y antifaz de costume-in-progress.

“No todo el mundo se merece un final feliz”, le recuerda el enmascarado, ya con su traje nuevecito, a un derrotado Fiske. Las dos caras de una misma moneda y la lucha de nuestro héroe por mantener unos códigos morales en una partida donde siempre lleva las de perder. Y, aún así, persevera. ¡Demonios, eso es el heroísmo!

De hecho, el gozne de todo superhéroe -la tensión entre su identidad secreta y su cara pública- también genera sus frutos. No solo por el flirteo con la enfermera interpretada por la espectacular Rosario Dawson, sino por el tira y afloja en la última parte de la primera temporada con Foggy. Una amistad traicionada, que se dice pronto. Si a eso le añadimos la tragedia del papá Murdock, el sabroso cliché interpretado por Scott Glenn, la inesperada tridimensionalidad villana de Fiske (en gran parte, conseguida gracias frases marmoladas y al personaje de su novia) o, cómo no, los dilemas de confesionario, entonces tenemos una primera temporada absolutamente recomendable. Ejemplar. Entretenidamente ejemplar.

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Y sin embargo, ay, la segunda se va al traste en cuanto aparece Elektra. Por mucho que la televisión sea un medio colectivo, el director de orquesta ostenta la batuta por algo. Steven S. DeKnight abandonó una serie orgánica, que supo aguantar el tipo durante 13 episodios sin apenas resbalar ni caer en la espiral. Creciendo. Pero, ay esa proverbial robustez se desinfla en la segunda entrega, bajo el liderazgo de Petrie y Ramírez. Es un pecado ya clásico de las sagas, tan frecuentadas ahora por Marvel, DC y demás corporaciones gráficas: más no implica mejor, ni una guerra civil entre superhéroes ha de regalar más épica que una aventura en solitario. De hecho, suele ocurrir lo contrario: que el exceso produce devaluación.

A pesar de unos primeros capítulos brillantes, con un nuevo plano-secuencia para enmarcar y conversaciones existenciales, trágicas, en los tejados, la segunda temporada de Daredevil aplica uno de los bajones de calidad más alarmantes que recuerdo. Quizá al nivel de Damages o Prison Break. Toda la hijoputez amarga, tan justiciera como cruel, de The Punisher (excepcional Jon Bernthal, con su físico rotundo y sus cicatrices imposibles de curar) queda abolida por una infumable trama de Nobus, Elektras y demás paisanaje ninja-gangsta. Incluso el amago de generarle un talón de Aquiles a nuestro héroe (su repentina “sordera”) se queda como un interrogante sin punto, como si ansiara erigirse en metáfora de los problemas de concreción narrativa de toda la segunda temporada.

Es una pena este descenso de calidad. Más ahora que Netflix -esa máquina de hacer series- va camino de estrenar la cuarta pata de la mesa Defenders (ya lo anticipo: la noir Jessica Jones me gustó menos que el primer Matt Murdock y de Luke Cage solo me ha dado tiempo para catar el piloto; a ver qué tal la marcialada de Iron Fist). Pero, francamente, la propia narración nos otorga un aire de esperanza: “Siempre nos levantamos”, le recuerda el pequeño Murdock a su padre, siempre apaleado. Precisamente porque no hay nada más católico que la redención, ahí estaremos en la tercera temporada, esperando un nuevo asalto de una batalla tan vieja como la historia del Hombre: la del Bien intentando desafiar el Mal.

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