, archivado en The Walking Dead

Analizar The Walking Dead se está convirtiendo en un Tourmalet: pedaleas sin vislumbrar el final, coges resuello, lo pierdes, te mareas, desistes, haces la goma, te vuelves a venir arriba pensando que sí alcanzarás cima… El caso es que ahí seguimos, enganchados al apocalipsis en una serie con más vidas creativas que un gato. Para mi sorpresa, estos ocho capítulos han tenido muchas cosas interesantes, arreglando parte de los problemas  que arrastraba la franquicia.

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Tras el carrusel de pústulas, guillotinas y bostezos de otoño, tenía pensado abandonar a Rick y los suyos. Sin embargo, pillé por casualidad el regreso en Fox España. Y ya se atisbaba algo diferente, una propuesta más acorde con lo que uno esperaba de Scott Gimple, el enésimo showrunner del invento. No, no es que conozca la poética del tal Gimple: simplemente, recuerdo un extraordinario episodio -de los tres mejores de la serie- escrito por él en el último tramo de la tercera temporada: “Clear” (3.12.).

Otras veces he dicho que el contexto de producción de las series televisivas dificulta los rasgos autorales, más que en otras artes (*). Las ficciones televisivas, además, están obligadas a cumplir un ciclo de emisión estricto, que deja márgenes escasos para la escritura (más aún si es sobrevenida, como ocurre con The Walking Dead desde que abandonara Darabont). Al parecer, a Gimple la ha costado media temporada encontrar su voz, pero lo ha hecho. Estos ocho capítulos no han podido desembarazarse de todos los problemas heredados, pero sí han sido capaces de dar un salto de gigante en el gran lastre de la serie: la profundidad dramática de los personajes.

(*) Por ejemplo, ¿quién es “más autor” de la serie The Walking Dead, Greg Nicotero o Robert Kirkman? Aaamigo. Hasta una serie tan personal y orgánica como True Detective debe compartir su paternidad entre Pizzolatto, Fukunaga y, si me apuráis, hasta con McConaughey y Harrelson, dada su entidad en la narración.

(Espoilers a partir de aquí) Y, para ello, la serie ha adoptado una decisión similar a la de la tercera temporada de Juego de tronos: sustituir la cantidad por la calidad. Varios capítulos han desarrollado una sola trama (“Still”, “The Grove”) y la mayoría se han quedado en dos. A ratos, resultaba una estructura extraña, puesto que podíamos pasar semanas sin saber de Rick o, por ejemplo, abandonamos la suerte de Beth, Carol y Tyresse hace tiempo. Sin embargo, esta decisión ha permitido un relato menos atropellado, en el que han ocurrido menos cosas, pero que a cambio ha dejado amasar tiempos muertos, trabajar las miradas, los silencios, unos acordes de piano o el recuerdo de tu hija muerta. Un ritmo más contemplativo ha contribuido a una mayor profundidad psicológica.

Este intento por dotar de tridimensionalidad a los personajes unas veces ha funcionado mejor (Beth, Bob, Carl) y otras ha sido más forzado (Sasha, las dos niñas que acompañan a Carol y Tyresse), pero lo vibrante era seguir de nuevo un relato que intentaba hacerte sentir con los personajes, construyendo el juego desde abajo, dosificando el ritmo de carrera, peleando los puertos y las metas volantes, en lugar de solo  marcarse un sprint espectacular en la llegada a meta.

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Gimple ha sabido recuperar esa melancolía sorda de “Clear”, esa desesperación íntima, ese dolor que habita en el interior de los personajes y que la lucha por la supervivencia simplemente ha acallado durante un tiempo. Han emergido los pasados mal digeridos (sensacional el interludio de Beth y Daryl en “Still“, 4.12), la culpa por quienes se quedaron atrás (Michonne, Glenn) o el atroz e inevitable conocimiento de que uno se está convirtiendo en un monstruo (Rick, Carl), rodado por la gran Michelle McLaren (“A”, 4.16.)

Como es sabido, la animalización del hombre es una marca genérica del género apocalíptico. Los zombies, al fin y al cabo, llevan en su naturaleza morderte. Lo interesante del género es, precisamente, cómo responden los humanos ante la presión de la supervivencia. Los vivos murientes. Por ahí emerge el empaque moral de la serie y Gimple no duda en agarrar el toro por los cuernos. De ahí nace una de las horas más crueles de televisión que recuerdo: “The Grove” (4.14.), inspirado en el De ratones y hombres de Steinbeck. Una línea argumental que asomaba tediosa y algo bobalicona se convierte, de repente, en una cuchillada que mezcla en la misma herida el espanto, la caridad, la autodefensa, la locura y el necesario pragmatismo de quien tiene que seguir en pie. Las escenas clave, además, manejan la elipsis con una elegancia tan dolorosa como terrorífica. “Solo mira las flores, Lizzie“:

Esa misma monstruosidad parece devorar a Rick, quien ha recorrido de nuevo el camino hacia su Annakin más oscuro. Por eso, la finale opta -en una decisión inicialmente desconcertante para el espectador- por trazar un paralelismo con aquel Rick zen de la prisión. No es casualidad, por tanto, que toda la temporada haya quedado estructurada en torno a unas vías de tren. A un viaje. Porque el viaje, desde La Odisea, siempre ha sido una metáfora de transformación. Antes de que la prisión estallara, en el 4.8., Rick aún atisbaba una salida:

“Todos hemos hecho las peores cosas para poder mantenernos con vida. ¡Pero todavía podemos regresar. No estamos demasiado lejos! Tenemos que regresar. Lo sé… todos podemos cambiar”.

El Rick de Terminus -o, aún peor, el Rick vampiro que liquida a la banda de Joe (Jeff Kober)- asume que ya no hay salida. O quizá solo una: la de morir matando.

————

-Lo que más me molestó, como espectador, de la mid-season finale fue la pornografía emocional con la muerte de Judith. Es un alivio que esté viva, pero confirma lo sensacionalista y gratuito de aquel movimiento.

-En realidad, la season finale ha sido más un prólogo de lo que nos espera la quinta temporada (de hecho, como decía más arriba, varias líneas argumentales han quedado abiertas). Eso sí, las pocas escenas de Terminus han funcionado estupendamente para transmitir, como otras veces, que la utopía siempre esconde un infierno. “Lo siniestro aparece cuando lo que nos es cercano y familiar adquiere matices extraños y abominables”. Merece la pena echarle un nuevo visionado para ver cómo los detalles (el olor de la barbacoa, la quietud del ambiente, el apostolado radiofónico o esa deliciosa frase de “cuánta más gente venga, más fuertes nos haremos”) anticipan el holocausto caníbal.

-Siempre es agradable tener a Michael Cudlitz en danza. Por un lado, hace recordar cuánto echamos de menos Southland. Pero, por otro, me ha sabido a poco su personaje; a ratos, casi más interesante parecía su compañero, que entre el corte de pelo y las arrobas de su mirada, bueno, qué queréis que os diga, que se postula como el candidato ideal para saber de dónde demonios viene todo este lío infeccioso… Ojalá el trío Abraham-Eugene-Rosita adquiera consistencia a partir de septiembre.

-La canción del año para la serie: este apesadumbrado “Blackbird song” que tan bien le sienta a la redención de Bob en “Alone” (4.13.). Despidan este post sumergiéndose en la voz de Lee DeWyze de nuevo. Aporta esperanza desde su nostalgia:

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6 Comentarios

  1. Amaiur

    ¡Genial post, Alberto! Acertada la suposición del canibalismo, también lo creí. De todos modos, ese final deja un sabor de boca agridulce, ahora toca esperar hasta octubre con esta losa…

    Un abrazo!

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  2. Chema

    No había pillado yo lo del canibalismo, no. Bien tirado. Además, en la escena final no sale Rosita. A lo mejor ya se la comieron… Lo cual no sería de extrañar… (ejem!)

    Lo que no soporto es la frase final de Rick. Me parece que debería aparecer como ilustración al lado del término \”cliché\”

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  3. Maxi

    Mi gran problema con esta serie es que el \”realismo\” que intenta transmitir me resulta imposible de creer por las incongruencias de la historia.

    Ya me aprendí aquello del \”pacto con el espectador\”, etc, etc. pero: ¿esq nadie va a críticar la ridícula cantidad de zoombies que aparecen por todos lados?¿que estamos en el medio del bosque? -horda de zoombies- ¿que estamos en una cárcel alejada de todo y podemos salir todos juntos a matarlos y así evitar que nos tiren el alambrado? (10 personas a zoombie por segundo, creo yo que con un par de horas por día terminamos con la humanidad en unas semanas), -No, pa qué!-…

    Al contrario que usted, creo que el giro dramático de la 2º parte de la temporada terminó por destruirla (admito que por muchos momentos tuvo que adelantar parte de los capítulos por el sopor, algo que sólo la última temporada del gran Dexter había conseguido). ¿Por qué lo considero un error? Pues por el pacto de lectura del que me he hecho fan.
    Me explico: no podemos crear 4 temporadas de algo totalmente inverosímil (y no me refiero a que existan los walkers, esto es lo más creíble, si acaso) para, de repente despertarnos un día y creernos Alan Ball o Raymond McKinnon. No, el daño ya está hecho… Ahora lo que les quedaba era hacer algo entretenido y ágil y también fallaron, estrepitosamente, en este punto.

    Se quedaron a 1/3 de camino de todo en esta serie, yo me bajo del carro aquí.

    Saludos.

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  4. Alberto Nahum

    AMAIUR: La verdad es que fue un final de temporada raro; como digo, más bien un prólogo de la quinta.

    CHEMA: Hay un momento donde pasan por delante de una sala (creo que con rejas) llena de huesos. Espero no haberme equivocado en la lectura, pero cuadra. La frase final, sí, es muy típica.

    MAXI: Pues así visto es muy razonable su razonamiento, la verdad. Quizá a mí me ha gustado más ahora (consciente de la cantidad de problemas que sigue arrastrando, precisamente por falta de coherencia y exageraciones como la de los zombies omnipresentes) precisamente porque las partes de la serie que más me cautivaron fueron las que iban más allá de la \”acción zombie\”, por decirlo de alguna manera. Por eso me gustó tanto el piloto, el cierre del 2.8. o el 3.13., porque apostaban por ir un paso más allá (estética y moralmente) que lo que yo me esperaba de una serie de zombies (que, dado mi poco conocimiento del género, lo que esperaba eran vísceras y acción). Toda la razón: es ridícula la cantidad de zombies que aparecen por todos lados y lo malos que son todos los grupos de humanos que se cruzan por el camino. Jaja, a mí lo de pasar adelante cosas, tipo Dexter, me ocurrió en los primeros ocho capítulos…

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