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The Handmaid's Tale -- "Faithful" -- Episode 105 -- Serena Joy makes Offred a surprising proposition. Offred remembers the unconventional beginnings of her relationship with her husband. Janine (Madeline Brewer), left and Offred (Elisabeth Moss), right, shown. (Photo by: George Kraychyk/Hulu)

Esto va a ser complicado.

Nadar río arriba es cansado, pero allá vamos, con la máxima de Mark Twain como guía: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”. Porque, además de favorita en los Emmy de este domingo, a todo quisqui le está flipando The Handmaid’s Tale.

A mí no.

Como este ensayo puede alcanzar longitudes kilométricas, primero un pío-pío como declaración de intenciones para tuiteros: The Handmaid’s Tale es una serie ideológicamente tramposa, dramáticamente maniquea y estilísticamente efectiva, aunque sensacionalista.

Dividiré el artículo siguiendo esas tres partes, de modo que el lector pueda saltar directamente a la que le motive más. Primero analizaré, a porta gayola, cómo la propuesta de la serie (“ideológicamente tramposa”) se ha visto multiplicado por paratextos y metatextos. En segundo lugar, me sumergiré en los diez capítulos de la serie y explicaré cómo ese marco ideológico debilita la fuerza de la narración y su impacto dramático (“maniquea”). Y, por último, en la parte que más piropos deja para la serie, desglosaré cómo, a pesar de los indudables aciertos estéticos, The Handmaid’s Tale se pasa de frenada para sentimentalizar la penuria. Huelga decirlo: los tres aspectos de mi análisis están interrelacionados.

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1. La trampa ideológica y la histeria de su recepción crítica

Empecemos con lo primero, que me ha supuesto el mayor shock. Un shock extratextual: no recuerdo una histeria interpretativa ni un pánico moral similar en la historia de la cultura popular contemporánea. La unanimidad crítica para calificar la serie de Hulu como una historia oportuna (“timely”) ha provocado afirmaciones que causan vergüenza ajena, intelectualmente hablando. En The New York Times escribían que The Handmaid’s Tale tiene “una inesperada resonancia en la América de Trump”, en Vulture la califican de “profética”, en el San Francisco Chronicle de “escalofriantemente real”, en Io9 aventuran que la serie “nos hace sentir que ahora estamos mucho más cerca de sentir que se haga realidad que cuando [la novela] fue escrita”, en Entertainment Weekly advierten de que “la historia se siente menos como una fábula casi-ficcional que como un anticipo enteramente posible de lo que va a venir” y así ad infinitum. La palma de la exageración, en todo caso, se la lleva la propia autora de la novela. En Los Angeles Times aventaba la siguiente machada: “Y luego ocurrieron las elecciones y el equipo se despertó una mañana y pensó: ya no estamos haciendo ficción. Estamos haciendo un documental”. ¿Un documental? Vaya, otra que se tragó el programa de Évole sobre la Transición.

Ea, la élite periodística y mediática progresista estadounidense ha descubierto una ballena a la que perseguir, barrunté. Allá ellos con sus obsesiones white trash y sus fake news. Pero, entonces, charlando con un amiguete en la piscina, hace un mes, intercambiábamos sugerencias seriéfilas. En su casa estaban embelesados por la serie que aquí emite HBO. Una distopía inspirada en el pasaje bíblico de Lea y Raquel (así se denomina oficialmente el “Centro Rojo”, la prisión de re-educación para las criadas) que propone un melting pot de diversas pesadillas políticas: la esclavitud, el nazismo, la Stasi y el wahabismo, todo ello adobado con la estética del puritanismo del XVII. Discutimos con olor a cloro algunas cuestiones estilísticas que me gustan de la serie (volveré sobre ello más tarde), pero le enuncié mis reservas por su desquiciado retrato ideológico y lo fullero que resultaba. Su respuesta me dejó clavado: “Bueno, lo que cuenta no se aleja mucho del machismo en este país hace treinta años”. Que un tipo majo, abierto, que ha recibido una buena educación escolar y universitaria, nacido en 1981, en Pamplona, que un tipo de este perfil, decía, sea capaz de encontrar una sola similitud (¡¡una sola!!) entre la distopía de Hulu y la España de 1987, pufff, eso me desarma. Y me obliga a escribir un artículo como este.

Para todos –críticos americanos high-brow, espectadores españoles resistencialistas– los que se empeñan en comparar la serie con cualquier realidad americana de los últimos trescientos años (lo más cercano, ains, sería la Utah de los mormones hace 150 años… y ni con esas) hay que proponerles un fisking rápido.

¿Un documental, clama la escritora Atwood? Persigamos al cetáceo, vale. ¿En qué lugares del mundo obligan a las mujeres a vestir de una determinada manera? Y no, no me refiero a llevar un uniforme de trabajo, sino a vestir en el espacio público, como les ocurre a las protagonistas de The Handmaid’s Tale, con esos perturbadores trajes de color rojo-menstrual y esas cofias cuáqueras por ley. Obviamente, esto ocurre en algunos países islámicos. Por suerte, en la mayoría de ellos llevarlo es una cuestión cultural, política o religiosa, pero ahí va la libertad de cada cual para vestirse como le venga en gana. ¿Dónde no existe esa libertad, que tan coloridamente se irradia en The Handmaid’s Tale? En Irán (80 millones de personas) y en Arabia Saudí (33 millones de personas). La fuente, para los alérgicos a los hechos, es el New York Times. Son datos para aquellos que flirtean con la posibilidad de que lo relatado en pantalla sea “escalofriantemente real” en los Estados Unidos de 2017.

Sopesemos más hechos del “documental” en el que se ha convertido The Handmaid’s Tale, ese “anticipo enteramente posible de lo que va a venir”. Si buscas una opresión sistemática y brutal de las mujeres, regida por ley, supongo que habrá que acudir a los talibanes; porque, claro, el feminicidio de los fetos y las recién nacidas en China no contará, desgraciadamente, para muchos… y muchas. Dejando de lado las incontables salvajadas patriarcales (ahí sí se puede usar el término con toda la contundencia), traigo este enlace de la PBS. Ahí se recuerda cómo, hace menos de 20 años, una ley talibán prohibía la educación pública para las mujeres; y, después, como todo totalitarismo, también prohibió la educación privada (véase también Amnistía Internacional). El estado totalitario no descansa hasta colonizar mentes y alcobas. Ni siquiera The Handmaid’s Tale llega a atisbar un escenario así, puesto que hay mujeres que algo mandan, como las esposas de los oficiales y las kapos del Centro Rojo. En otros entornos –donde la ley trata de hacerse valer, al menos– nos encontramos con la legalidad de pegar a la esposa mientras no dejes marcas, las violaciones por venganza, los asesinatos de honor y muchas otras salvajadas. Todas a años luz de la América que, al parecer, nos va a traer Trump.

El porqué estos abusos contra las mujeres no están más en la agenda activista del feminismo radical occidental es algo que me rebasa. Sí, ya sé: “Denunciamos las injusticias de nuestro alrededor (aunque sea el intolerable patriarcado que encierra el despatarre del metro de Madrid o un anuncio de detergente Elena)”. Pero, siguiendo esa lógica, todas las ONGs y activistas que colaboran contra la pobreza en el Tercer Mundo deberían desaparecer, ¿no? O, ¿cómo funciona el globalismo anti-globalización? ¿Para la economía sí nos preocupamos de países pobres y alejados, pero para los derechos de las mujeres en países donde se las pisotea, no tanto? No extraña que las feministas igualitarias Camille Paglia y Cristina Hoff Sommers sean las bestias negras de la tercera ola del Pequod feminista.

Como buena teocracia, Gilead impone una religión obligatoria, tanto que hasta los saludos van con jaculatoria divina. Los Estados Unidos han sido, desde su fundación, un paraíso de la libertad religiosa. Su reluciente y envidiable primera enmienda. Aun así, el tenebroso documental en el que se despertaron los integrantes del equipo de la serie amenaza con imponer un credo único. Documentemos los hechos, de nuevo. ¿En qué países del mundo una determinada religión es obligatoria y te pueden entrullar –o peor aún: matar– por apóstata? Según el Pew Research Center, el 13 por ciento de países del mundo aún penalizan la apostasía. Y, sí, para los sueños húmedos del Comandante Waterford y los críticos “oportunos” y oportunistas: en diciembre del 2015, 25 musulmanes sudaneses fueron condenados a muerte en 2015 por seguir una versión diferente del Islam (The Guardian); hace poco más de un año, el Washington Post traía la noticia de un cristiano al que la policía perseguía por un poema blasfemo, pero lo más sobrecogedor es constatar las muertes y penas de cárcel de los últimos años, detalladas en la misma pieza.

Pero, sin duda, lo más espeluznante de The Handmaid’s Tale son las violaciones a las criadas. Ahí, a pesar de la “resonancia en la América de Trump”, por suerte –maldita suerte– solo he encontrado un espejo directo: este durísimo, escalofriante, reportaje del New York Times. Basta subir el primer párrafo a cubierta para que el mareo haga vomitar de rabia e indignación a cualquier persona normal: “En los momentos antes de violar a la niña de 12 años, el combatiente del Estado Islámico se tomó su tiempo para explicar que lo que estaba a punto de hacer no era un pecado. Puesto que la muchacha preadolescente practicaba una religión diferente al Islam [el yazidismo], el Corán no sólo le otorgaba el derecho a violarla; lo toleraba y lo alentaba, insistía él”.

Pero dejemos esas realidades iraquíes y regresemos al “documental” de Hulu. Más allá de la bestialidad narrada en el Times, yo no he encontrado otra ley que admita, como tal, la violación en ninguna parte del mundo. Lo más cercano serían esos cabrones que se van de rositas tras las violaciones en grupo o esos matrimonios donde papá entrega a su niña (no en sentido figurado: hablamos de zagalas de 10-12 años) para que se case y les saque de la miseria. Según el progresista The Independent para el 2020 habrá unos 50 millones de esposas menores de 15 años; en el 2010, en Irán, hubo 700 casamientos de niñas menores de 10 años. Eso, en España, es estar cursando 4º de Primaria, para que lo visualicemos mejor. Que un tipo de 25 se case con una niña de 11 años es lo más cercano a la esclavitud sexual y a la violación sistemática que se me ocurre. ¿Por qué esto no es una prioridad para el feminismo radical?

En el piloto de la serie también ahorcan a homosexuales (artículos 108 y 110 del código penal islámico de Irán, por ejemplo), a un cura católico y se habla pestes de los baptistas. Esto penúltimo me sirve para ponerme una venda, ahora que el contraargumento adolescente reza que, si criticas algo, es porque formas parte de ese algo y te molesta personalmente. Algo así como un “si le das caña a la serie es porque les zurra a los tuyos, a los creyentes”. El pensamiento crítico reducido a predio que conservar. Ni de globo. Precisamente, los católicos de la serie son heroicos, no solo por el martirologío de ese cura inicial, sino por la monja que se zafa en la Resistencia. Si me subiera al carro de las identidades colectivas y al victimismo de saldo, podría escudarme en un: “¿Ves? En la derecha cristiana son todos unos totalitarios en potencia, como muestra la ‘oportuna’ serie ‘documental’, pero los católicos somos diferentes”. Pufff. Si alguna vez caigo en esa retórica podéis condenarme a leer reseñas de The Handmaid’s Tale hasta la eternidad. Critico el aire de superioridad moral que se da la serie, precisamente, por su obscenidad intelectual, no por el bando en el que militen ni sus creadores ni yo.

No. Lo que me molesta es que los guionistas toman el concepto “cristianos radicales” pero lo vacían de contenido, lo retuercen para que calce en su tesis. Dicho en plata: practican una fe muy rara estos evangélicos de Gilead. Vayamos a la lógica del asunto. Estos come-biblias que han impuesto la teocracia en Gilead se rigen por leyes divinas. Son peña sectaria, intolerante, capaz de mejorar las cosas… aunque eso implique, parafraseando al Comandante, que eso no las mejore para todo el mundo (“Faithful”, 1.5.). Hasta ahí, de acuerdo: en todas las religiones de la Historia –también las laicas– ha habido hijoputas, azufristas y criminales con mando en plaza; bienvenidos a la naturaleza humana. Pero, hombre, hombre, puestos a darle un poquito de verosimilitud a la cosa, al menos escoge algo que siga los preceptos básicos del cristianismo, ¿no? Dejemos de lado –y es mucho dejar– que cualquier cristiano no-psicópata (es decir, el 99 por ciento) encontraría el universo de The Handmaid’s Tale repulsivo, intolerable y ajeno a cualquier enseñanza bíblica y moralidad judeo-cristiana. Vaaaale, mantengamos al elefante en la habitación y atendamos al adulterio consagrado en pos de la fertilidad, la imagen más emblemática –por horrible, por insoportable– del relato. Toda la vida diciendo que los cristianos son unos reprimidos sexuales, que eso de no zumbar antes del matrimonio es antediluviano, que si constantemente la religión desnaturaliza el sexo al verlo como pecaminoso… ¡y luego vamos y ponemos como emblema de una teocracia cristiana a unos tipos –un hombre y una mujer– que subvierten radicalmente esas ideas y follan por persona interpuesta! ¿Qué será lo siguiente? ¿Poner a Jorge de Burgos a contar chistes de Arévalo en El nombre de la rosa? ¿Hacer que Ayn Rand reivindique las identidades colectivas? ¿Proponer a Alberto Garzón que conferencia sobre las excelencias económicas de Milton Friedman?

Ah, vale, que resulta que también entra en juego el tema del ecologismo: no hay niños porque el planeta está muy polucionado y casi toda la peña es estéril. Pero, astutamente, la serie se pone de perfil ante las posibles derivas totalitarias de los enviromentalistas y se concentra en dibujar una teocracia religiosa que ha convertido el mayor de los pecados libidinosos –el fornicio, el adulterio, qué palabras tan bíblicas– en virtud obligatoria. No hay en el relato ni rastro de etiquetas antidemocráticas o protofascistas para los misántropos verdes y neo-malthusianos.

Tanta corrección política resulta agotadora.

¿Está usted diciendo que la serie tenía que haberse ubicado en Irán? No, a mí me parece cojonudo que exista The Handmaid’s Tale y se desarrolle en un trasunto de los Estados Unidos. Ahora solo estoy poniendo de relieve su juego de manos ideológico y, sobre todo, la ligereza con la que la crítica traza unos paralelismos que no hay por dónde coger. Porque, por muchas gilipolleces que haga Trump, la democracia americana no está en peligro. Sus más de 200 años han sabido generar un sistema de contrapesos que, aunque pueda tener sus fallos, como cualquier obra creada por el hombre, está entre los mejores y más libres de la tierra. No es casualidad que tantos parias del mundo quieran escapar a Estados Unidos y ninguno a Corea del Norte, leñe. Ya lo avisaba el flamígero Cristian Campos: con Trump no va a pasar nada. Bueno, lo peor podría ser que con tanto voceador de un apocalipsis que no llega tengamos tuits y covfefes para ocho años en lugar de cuatro…

Porque esa es otro de los problemas de la relación de la serie con la realidad. Ya tengo localizadas dos protestas en las que las mujeres iban vestidas como las criadas de la serie. Una online (de la Fawcett Society británica) y otra presencial (en Texas). El último caso tiene que ver con el aborto. Quien niegue que el aborto es un tema complejo es, probablemente, un dogmático. Yo soy abiertamente provida, por razones antropológicas, biológicas, sociales y médicas, pero no se me escapa la complejidad de un tema donde hay una colisión de dos derechos. Lo he discutido en esta revista hace años. Pero buscar paralelismos entre la pesadilla de Gilead y un asunto debatible como el aborto, que dista mucho de estar cerrado en USA, es, de nuevo, de una deshonestidad que entristece. La transferencia simbólica de quienes, a las puertas del Senado texano, tras una ley relativa al aborto en el segundo trimestre de vida del feto, se visten como unas protagonistas que son apaleadas, violadas y arrebatadas de cualquier derecho… La lectura de semejante carnaval es perezosa, simplista y antidemocrática en su esencia: viene a decir que, si no me das la razón, eres una persona que está a favor de que las mujeres seamos torturadas, violadas y tratadas como ganado. Una variación más del cansino exceso del sufijo “-fobia” por el marxismo cultural, para sacar al adversario ideológico del campo democrático de juego en lugar de debatir sus ideas.

El lector persistente se preguntará: “¿Aún no pillo dónde ve usted la trampa ideológica de la serie?” Pues es tramposa porque quiere jugar en dos campos al mismo tiempo: se puede refugiar en que es una ficción si alguien la acusa de exagerada en sus referentes, pero también se puede refugiar en lo necesario de su interpretación política si, como tantos críticos, la intelligentsia entra por semejante boquete al texto. Mucho más honesto, en este sentido, fue el escritor francés Michel Houellebecq. Su novela Sumisión es una distopía que dibuja una Francia gobernada por una imaginaria Fraternidad Musulmana. No, las distopías no tienen que parecerse a la realidad, pero sí han de reflejar un aroma cultural. Lo fácil es zurrarle a los paletos cristianos, que se quejarán un poco y seguirán con sus misas y sus vidas; muchísimo más coraje hay que tener para dibujar un futuro como el de Houellebecq. Él era la portada de Charlie Hebdo el día de la masacre y, desde la publicación del libro, viaja con dos guardaespaldas. Con este último trágico ejemplo en torno al incendiario novelista francés queda poco que decir sobre qué es una distopía verdaderamente “oportuna” y “escalofriantemente real”. Dan ganas de pagarles un billete a Irán a todos los críticos que, con tanta alegría, azuzan el espantajo de la serie como profecía.

Women dressed as handmaids promoting the Hulu original series "The Handmaid's Tale" stand along a public street during the South by Southwest (SXSW) Music Film Interactive Festival 2017 in Austin, Texas, U.S., March 11, 2017. REUTERS/Brian Snyder - RTX30ML9

2. El maniqueísmo dramático

Bien, perfecto, el recibimiento de la serie ha sido exagerado y los paralelismos al pie de la letra son absurdos. Pero, ¿qué pasa, que las distopías han de ser fieles a la realidad? ¿Desde cuándo la ficción ha de someterse al escrutinio de los hechos, Mr. Fargo? ¿Por algo se llaman distopías, no? En efecto. No, las distopías, por definición, no han de ser fieles a la realidad y, desde luego, jamás resistirían el algodón del fact-checking. Una distopía realista es un oxímoron.

Dicho esto, hay distopías mejor trabajadas que otras. Porque una de la claves –además de las dramáticas, narrativas y estéticas, propias de cualquier otro género– de la distopía tiene que ver con una palabra: reconocimiento. Desde las orwellianas Rebelión en la granja o 1984 hasta La larga marcha de Stephen King o Los juegos del hambre, desde Blade Runner hasta Hijos de los hombres, desde esa delicia en blanco y negro de The Twilight Zone que fue “Eye of the Beholder” hasta la grandiosa Battlestar Galactica (esta última a caballo entre la distopía y el género post-apocalíptico), las distopías retratan un futuro o un universo alternativo donde la ilusión de una sociedad perfecta se mantiene mediante un control opresivo y totalitario. En todas ellas hay una tensión perturbadora entre la aséptica limpieza de la sociedad –habitualmente ritualística y muy codificada– y un grupo de personajes que aún mantienen la lucidez y tratan de quebrar el espejismo para recuperar la libertad. Son siempre una batalla entre el individuo y el estado.

La distopía, como es lógico, invita al paralelismo, puesto que cuenta un relato de un mundo imaginario allá para reflexionar sobre nuestro mundo acá. Por ejemplo: el futuro pesadillesco de Terminator enlazaba con el recurrente miedo contemporáneo a la rebelión de las máquinas, la siniestra Battle Royale llevaba al paroxismo el concepto de competición y espectáculo y V de Vendetta prefiguraba la ruptura populista entre casta y gente.

Como escribía Kay Sambell, “la distopía pone en primer plano el sufrimiento futuro, para obligar a los lectores a pensar cuidadosamente sobre el lugar al que pueden abocarnos ciertos “ideales”, subrayando cómo estas sociedades absolutamente indeseables pueden llegar, a menos que aprendamos a cuestionar la autoridad de quienes están en el poder, por más benévolos que parezcan ser”.

Aquí es donde The Handmaid’s Tale, como texto televisivo distópico, naufraga enlazando con la primera parte del artículo. Ese elemento necesario de pálido reconocimiento, de perturbación política, de doble lectura, se desploma cuando uno se detiene brevemente a analizar la peripecia descrita en la serie y se da cuenta de que nada tiene mucho sentido, de que el relato ostenta la solidez dramática de un castillo de naipes. Más que nada porque lo que The Handmaid’s Tale dibuja como distopía… ¡resulta adecuarse (en diversos grados, como vimos) a la realidad de, aún, muchas mujeres del mundo actual! Por tanto, esa potencia pavorosa de las distopías queda convertida en caricatura ideológica y victimismo de salón. Ese “sufrimiento futuro” al que abocan “ciertos ideales” ya está aquí, a solo 6 horicas de avión. Por eso, creo que la serie habría resultado mucho más lacerante si, en lugar del drama político distópico, hubiera apostado por el terror psicológico. Las referencias políticas habrían sido, entonces, mucho más sutiles, menos obvias y no nos habrían atizado con ellas en los morros desde el minuto uno de la serie.

Y el problema es que el afán sermoneador de la serie infecta su equilibrio dramático. Es algo que ya describí en la primera temporada de The Newsroom (“Sermonorkin”) o Masters of Sex (“Masters of Soap”), series donde también el calzador ideológico asfixiaba la necesaria verosimilitud del relato. No, por supuesto, no necesito series que comulguen con mi forma de pensar. Mi serie favorita es The Wire, una tragedia que despliega una rotunda lectura marxista. ¿Y? Fantástico. La diferencia es que en The Wire se construye un relato sólido del que se desprende una visión social, moral y política. En The Handmaid’s Tale, como en The Newsroom, ocurre justo al contrario: la tesis antecede al relato, la homilía a la historia.

Y eso, casi inevitablemente, desemboca en el maniqueísmo, enemigo número uno de la complejidad dramática. Resumiendo: los buenos son santos y los malos unos desalmados. No he leído la novela ni mi intención es comparar la adaptación audiovisual con el libro, pero, como escribe Emily Nussbaum en The New Yorker, ahí radica precisamente uno de los problemas de la serie: en la novela Offred es una testigo, no una heroína. Y los matices psicológicos se advierten en un detalle muy jugoso y sutil que recupera Nussbaum: en la novela, hay un momento en el que June se muere de ganas por hacer punto de cruz, pensando en harenes y concubinas. ¡Eso es acostarse con el enemigo! Es decir, en el libro Offred también tiene sus debilidades, algunas de las cuales van radicalmente en contra de los mandatos del feminismo militante. De todo eso no hay apenas rastro en la serie. Offred es bondadosa, guapa, aguerrida, madre-coraje, inteligente, solidaria y, por supuesto, enamora a todo el mundo. Su amiga Moira más de lo mismo: es imposible que le falle cuando se encuentran en Jezebel. Y su marido, por descontado, es un tipo ideal, encantador, moderno, sin ningún privilegio blanco, faltaría más.

Por el contrario, el Comandante es alguien inexpresivo, maquinador (“lo llamaremos ceremonia”), falso e hipócrita, uno de los estigmas preferidos para aplicar a los que profesan una religión. “Eso, eso, tú como los curas que van a puticlubs, Fred”. Ese mito o, si prefieren, esa excepción… que en The Handmaid’s Tale se convierte en norma. Igual de malvados son el resto de elenco en torno a los que mandan: la tía Lydia, la Rottenmeier del Lebensborn, es plana como una tabla de planchar en su villanía de cómic y solo la salva la excepcional actuación de Ann Dowd. Serena Joy, más tiesa que la mojama, solo revela algo de verdadera humanidad –es decir, de conflicto interior– en los dos últimos capítulos. Y, vale, quien más esquinas contiene puede ser Nick, configurando ese extraño triángulo amoroso entre la convicción, el deber y el amor. Es un ser tan adorable, íntegro y guapete que uno no se explica cómo no se ha unido ya antes a la Resistencia con armas y bagajes.

Junto a eso, el maniqueísmo se extiende a muchas otras partes del relato que –precisamente por estar al servicio de una tesis– resultan simplistas o incomprensibles. En esa tenebrosa teocracia, no se entiende muy bien cómo hay tanto militar –quienes aplican la fuerza– dispuesto a contribuir con lealtad perruna a un régimen donde solo una elite disfruta de los placeres carnales en sus casoplones. ¿Qué pasa con el resto de la población, que son mayoría? ¿Se dan constantes duchas de agua fría y se atiborran de bromuro mientras rezan para apartar ese cáliz lúbrico? ¿Practican todos el intercambio “sexo-por-comida” de Nick? ¿O será el dios Onán el becerro de oro de Gilead?

El último de los maniqueísmos es, si se quiere, geopolítico. Estados Unidos es una teocracia brutal rebautizada Gilead. Ok. Unos kilómetros más arriba, los canadienses son tan majos, abiertos, progresistas y bondadosos que reciben con los brazos abiertos a todos los que cruzan su frontera y les dan cobijo, macarrones, móvil, dinero y ayuda de todo tipo. Dejemos de lado (por no regresar al punto 1 de este artículo) la generosa tradición de acogida por motivos ideológicos en USA. La lectura vuelve a ser clara: buenísimos (Canadá) versus malísimos (Gilead-USA). Y no, no vale invocar como paralelismo la “Trump Refugee Order”, que, benditos checks-and-balances, ha llegado hasta el Supremo estadounidense.

Más sangrante resulta la relación con México, el momento más lamentable para mí de toda la serie. Lo siento, pero es que ni cogiendo con pinzas y mascarilla el término distopía uno puede entender la candidez de la embajadora mexicana (“A Woman’s Place”, 1.6.). Por mucho que se controle la información en las dictaduras, siempre, siempre, siempre hay resquicios por los que asoma la verdad. Siempre hay disidentes, refugiados, periodistas amigos que se caen del caballo al conocer el terreno, intelectuales honestos que claman la verdad tras visitar tal o cual país. Por eso, las preguntas de la señora Castillo sobre la fértil abnegación sexual de Offred resultan sonrojantes. ¡Gensanta, cómo de deteriorada discurre la carrera diplomática por los universos alternativos!

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3. El sensacionalismo estilístico

El tono de la historia vence por goleada a la trama y sus eslóganes. En el estilo es donde The Handmaid’s Tale descolla. Lo siniestro se esconde tras una pureza de colores, tras una ordenada jerarquía visual que convierte la violencia psicológica en algo más punzante. Es lo insoportable de un horror estetizado: ese afán de todos los totalitarismos por buscar una belleza sublime tras la que enmascarar la monstruosidad. Esa contradicción cognitiva es la que nos aterra y genera en la serie una ansiedad difícil de soportar. Bravo ahí.

Además, la serie transmite con eficacia la sensación de asfixia moral y física de Offred, con multitud de primeros planos saturados que convierten la intimidad en cárcel y el encuadre en opresión. Si a eso añadimos el punteo de una música amenazante y la machacona narración de June, obtenemos entonces todo un tratado audiovisual sobre la claustrofobia. Y, huelga decirlo, Elizabeth Moss está absolutamente espectacular y seguro que se lleva todos los premios en los próximos años. Su papel –tan apaleado y agónico– le permite transmitir un rictus de dolor físico extremo, una mirada de sumisión forzada, unas falsas dotes de seducción o, en uno de los momentos más inolvidables de la serie, una rabia maternal animal ante el último chantaje de la pérfida Serena (“Night”, 1.10.). Y su voz, ay, su voz, tan potente en su aparente frialdad testifical.

En los manuales de guión es casi una norma considerar la voz en off como un fracaso para traducir una historia a imágenes. Hay mil excepciones televisivas (desde el Kevin Arnold de The Wonder Years hasta el primer Dexter) y yo colocaría The Handmaid’s Tale entre ellas. Su función no es tanto narrativa como, de nuevo, tonal. Incluso con una desarmante ironía: “Creo que escuché una vez ese chiste; este no era el remate del chiste”, comenta al pasar por los cuerpos ahorcados de un cura, un médico abortista y un gay (“Offred”, 1.1.).

Sin embargo, donde al agobiante y efectivo estilo se le va la mano es –más allá de un abuso de las escenas explícitas de violencia– en lo que podríamos denominar como la estetización de lo heroico. La inercia de ese heroísmo en blanco y negro que ya hemos comentado hace que las muchas ralentizaciones épicas, las soflamas cuasi-militares de la narradora y el empleo de melodías célebres resulte epidérmico, como si un cuerpo extraño se hubiera incrustado en la corteza de la serie. Un botón: este “Nolite te bastardes carborundorum, bitches” queda tan impostado como un quiero y no puedo.

Como todo el relato. Porque lo que evidencia la desquiciada recepción de la muy irregular The Handmaid’s Tale es la manía de buena parte de la izquierda cultural por insistir en que viene el lobo. Cuando venga de verdad, con los colmillos goteando sangre, ya no quedará nadie para creérselo, bitches.

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26 Comentarios

  1. Javier Meléndez Martín

    Contundente y a contracorriente. A mi la serie me atrapa, pero no la considero profética para Occidente. Sí he escrito artículos del tipo “¿sería posible?” especulativos. Por suerte, Estados Unidos es más fuerte que Trump. Lo que sí me parece innecesaria es una segunda temporada.

    Estamos en tiempos donde gustan las series de catástrofes, de distopías y ucronías, y a través de ellas juzgamos el presente.

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  2. qwerty

    Toda ficción tiende lo binario, en parte (supongo) porqué eso facilita su comprensión. En realidad, escogemos la ficción como método para “representarnos” porqué lo simplifica todo.
    “The Handmaid’s Tale”, en ese sentido, no me parece mala. Trabaja todo lo que puede para que te pongas en la piel de la(s) protagonistas. No sentir empatia por ellas, es estar un poco/bastante muerto por dentro. Pero para mí la serie vista como análisis profundo y real siempre ha tenido un gran problema: esos paseos y diálogos de mujeres que “lo pasan mal” por calles llenas de homosexuales colgados.
    Quizás, en parte, la mejor metáfora de cierto activismo contemporáneo: “Mi “trabajo” es demasiado importante para preocuparme el coltán o los esclavos chinos muertos para construir este dispositivo”. Es decir, el mundo tiene mucho problemas. MUCHOS. Los hay de muy jodidos. Hay mujeres (y niñas) violadas. Pero también hay niños africanos quemados vivos o muertos de hambre a los 13 días de nacer. O gente que vive y vivirá siempre en la inmundicia. El mundo es un puto desastre. Y es nuestra culpa. Reducir los problemas a uno sólo, no ayuda. Porqué somos un asco de especie y al final las cosas malas tapan a las buenas. Al final, sólo hablamos del maltrato des de una perspectiva heteronormativa y somos incapaces de analizar esas dinámicas en parejas LGTB. Porqué quizás nos da miedo darnos cuenta que hay algo mas allá del patriarcado. Quizás hay algo mas jodido y mas podrido dentro de nosotros. Quizás, al final todo se reduce en esa frase de: “El poder es PODER”. Y cada un@ lo ejerce como puede/sabe/le dejan.

    O no.
    No tengo ni idea y estoy muy borracho.
    Y me siento demasiado sólo como para hablar en serie de este tipo de problemas.

    p.d: Me temo que va a caer una tromba de hostias feministas a la mínima. Póngase casco porsiaca.

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  3. Alex

    Yo no la tomé tanto como profética, sino como un ejercicio de traslación a un entorno conocido de horrores que ocurren actualmente en otras partes del mundo. Una forma de hacer partícipe al espectador a través de sus códigos y lugares reconocibles lo que implicaría una teocracia de este estilo (como en Arabia Saudi, por ejemplo).

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    • Alberto Nahum

      Ufff, jo, entiendo que esa podría ser la intención, pero cuando los referentes actuales están tan, tan claros (Canadá, la derecha religiosa en USA, México…) es cuando, sumado a la excesiva recepción crítica, le veo un tono de sermón políticamente correcto que me estraga, Álex.

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    • R.Maitland

      Iba a hacer un comentario en esa línea, Alex, hasta que he visto el tuyo. La escena de la ejecución sumaria en una grúa… eso es Irán, todos hemos visto esas imágenes.
      Opino que las siempre interesantes palabras de Cristian Campos son una reacción a las reacciones (exageradas e interesadas) que ha provocado la serie y no tanto a la serie en sí misma.

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  4. Lupe

    Voy a intentar resumir mi crítica a la crítica.
    – Las interpretaciones no son un elemento de la serie, como mucho, pueden formar parte de la campaña de marketing, pero no considero justo atacar una narración por las interpretaciones con las que se recibe.

    June no es perfecta, aunque no he leído el libro, en la serie ella colabora con rabia en el asesinato en masa al supuesto violador, disfruta siendo infiel aunque en el relato está claro que no debería, disfruta con los privilegios del Coronel aunque a la vez le desprecie, no se atreve a rebelarse hasta el final, etc.
    Su marido no es perfecto, cuando le traspasan el dinero de June porque las mujeres no pueden tenerlo, él dice “no te preocupes, yo cuidaré de ti”. Y la amiga, cuyo nombre no recuerdo ahora, hace bien en cabrearse ante esa respuesta.

    Es muy potente que se muestre en un escenario occidental la opresión que de hecho sufren muchas mujeres hoy en día en países lejanos y menos desarrollados que los nuestros (incluyo también el vientre de alquiler), porque cuando huyen en coche, cuando vi el cartel de “Refugees welcome”, se me hizo patente de una forma mucho más clara que eso que me parece ciencia ficción de terror está ocurriendo ahora mismo a personas que son EXACTAMENTE IGUAL QUE YO. Y que mi país no les está acogiendo en masa. ¿Qué me parecería rechazar a June y a su hija por el temor a que alguno de Gilead fuera en realidad un terrorista?

    El chófer se une a la resistencia, creo, estoy casi segura de que al final, la camioneta que recoge a June es de la resistencia.

    El uso de la religión está muy bien retratado, precisamente porque no son verdaderamente religiosos. Me preocuparía más que mostraran a gente de fe haciendo esas cosas. Hay una conversación fantástica en el coche, de los líderes, comandante incluido, en la que se preguntan con total desvergüenza qué envoltorio religioso tienen que dar a lo de tirarse a las criadas para que las mujeres lo acepten. June reza a Dios y, como dices, los creyentes se persiguen también; lo que critica es usar un envoltorio religioso para ejercer el poder. Crítica perfectamente válida.

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    • Alberto Nahum

      Intento responderte por partes.
      0. Mis quejas sobre la recepción crítica son solo una de las tres del artículo. Y lo especifico: lo primero es una contraargumentación a la crítica; las otras dos partes se centran en el texto. Incluso uso la palabra “paratexto”, que siempre es muy rumbosa…
      1. Lo dicho sobre la recepción crítica: critico la recepción en mi primera parte, no el texto. Entendería tu contracrítica si deslizara mi caña al esnobismo crítico y lo confundiera con el texto “The Handmaid’s Tale”, pero creo que no lo hago.
      2. Jo, a mí June me parece bastante perfecta y previsible. Sus debilidades no son para con el nuevo régimen en ningún momento (como, al parecer, sí ocurre en la novela cuando teje harenes). Lo mismo le pasa a su marido (¡¡¡vaaaale, a ese pequeño detalle de la cuenta bancaria!!!) y a la amiga. Pero es todo bastante cliché y maniqueo.
      3. Nick. Ya escribo que me parece el personaje potencialmente más complejo. Y ok a lo que dices del final, pero, jo, ¡¡mira que le cuesta decidirse por el Bien!! Es lo que critico como maniqueísmo: lo pintas como un tipo tan íntegro, tan estupendo, tan fetén… que lo raro es que no se hubiera unido desde el minuto uno, como al parecer sí hicieron otros.
      4. En lo que no puedo estar más en desacuerdo es en lo de que se muestre en un escenario occidental la opresión de la mujer… ¡¡que ya ocurre en muchos otros escenarios actuales!! Creo que hay mezclas dos elementos: la inmigración y la opresión de la mujer. Toda la vertebración de mi artículo tiene que ver con el ansia de la serie por extrapolar una lectura que, por suerte y gracias a la Ilustración, no es ni de coña extrapolable a nuestro entorno occidental. Y por eso la serie me parece ideológicamente cobarde al abordar la realidad externa maquillándole de distopía occidental. Con lo de la inmigración sí estoy totalmente de acuerdo contigo, pero, insisto, no termino de ver la lectura en la serie. Eso sería Canadá allí, ¿no?
      5. Me temo que tampoco estamos de acuerdo en el uso de la religión. De hecho, fíjate que estableces una “contradictio in terminis” en tu primera frase: “El uso de la religión está muy bien retratado, precisamente porque no son verdaderamente religiosos”. Utilizas la palabra “religioso” para dos cosas muy distintas. Yo destaco justo la escena que citas (“lo llamaremos ceremonia”) y, en efecto, habla de esa religiosidad tenebrosa que siempre, desde el inicio de los tiempos, ha jugado a Dios y César. Discrepo: hay mucha gente de fe haciendo esas cosas, desde las mismas mujeres de la elite hasta esa ritualidad tan sacramental que, inevitablemente, es de alusión religiosa. Por supuesto que es válido criticar el envoltorio religioso para ejercer el poder, pero intento argumentar (parece que sin éxito) que no solo es una crítica “política” a la religión, sino una crítica directa a ciertas religiones (básicamente, como digo, las protestantes americanas, desde la estética de los trajes hasta la contraposición con los católicos).

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  5. Valentín Pérez

    Basarse en lo que otros dicen de la serie para criticarla porque crees que la serie no corresponde a lo que se dice de ella no me parece un buen fundamento crítico, la verdad. En todo caso puedes hacer crítica de la recepción (que es otro tipo de disciplina) pero no crítica de la obra, o por lo menos yo no le veo ningún sentido a ese planteamiento.
    Creo que la serie funciona (de hecho es mucho mejor que el libro desde mi punto de vista) y funciona sobre todo porque transmite sensaciones al espectador: angustia, miedo, etc. Y sí, claro que no inventa nada nuevo (la autora indica en el prólogo de las ediciones recientes cuáles son los referentes usados), lo que dice es que “eso” puede pasar también aquí, que todo “eso” está latente y que puede desbordarse en algún momento. Por eso la serie funciona, porque es como la películas de miedo que realmente dan miedo porque no sacan zombies o vampiros, sino monstruos que pueden ser tu vecino de enfrente. En este sentido me recuerda a la angustia de leer “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago que en el fondo también es una distopíaa y desde luego una parábola social, que es de lo que se trata al fin y al cabo.

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    • Alberto Nahum

      Jo, Valentín, digo muy claro que la primera parte de mi ensayo es una crítica a la recepción. ¡Si hasta lo titulo así, de hecho: “La trampa ideológica y la histeria de su recepción crítica”!
      La crítica estética y dramática a la serie va en las dos partes siguientes. Y en esas partes es donde argumento que, precisamente por su maniqueísmo ideológico, yo era incapaz de sentir ese miedo, esa angustia, porque la explicitud de su “sermón” me había sacado del texto completamente.

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  6. amalia z

    Fantástico análisis a esta histeria de la nueva izquierda por buscar victimas del machismo en occidente hasta en las publicidades de detergente, pero se olvidan que hay un mundo entero de horror exquisito frente a sus ojos que les interesa un bledo.

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  7. yuricane

    Totalmente de acuerdo con tu análisis. Percibo que desde el gran boom de Netflix muchas series se producen a rebufo de ciertas ideologías imperantes. Quizás haya pasado siempre en los mass media pero me da la sensación de que ahora, con las nuevas formas de analizar el consumo de productos audiovisuales por parte de los espectadores de forma sumamente tecnificada estamos entrando en un terreno artísticamente árido donde solo mandan ciertos hashtags morales. Las series parece que se han convertido en un clickbait. Me pregunto si a alguien le interesaría producir hoy en día The Wire (y no digo que en su momento fuese un éxito), una serie que plantea más preguntas que respuestas y que no señala claramente culpables, victimas y verdugos. Supongo que el mundo tiene muchos problemas, pero en occidente la estupidez parece haber arrollado con todo; la gente busca respuestas fáciles a problemas complejos y como siempre los mass media perciben eso como una oportunidad de negocio.

    PD: Resulta curioso que por un lado se alabe tanto esta serie y que por otro HBO esté a punto (si no lo ha hecho ya, no recuerdo) de cancelar la nueva serie de los creadores de Game Of Thrones basada en una ucronía confederada debido a la presión popular.

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  8. Cyn

    De verdad lo ves tan ireal? Yo no digo que pase o llegue a pasar tal cual se ve en la serie pero por ejemplo si hay leyes que protegen a la gente lgbti pero acaso no golpean o matan a personas por ser gays, lesbianas, trans? Sí. Eso pasa tb en la serie. Acaso no violan mujeres? Sí, todos los días y en todos los paises. Acaso no hay fanaticos religiosos que les dicen a otros cómo tienen que vivir sus vidas? Si, la Iglesia y los que la siguen. Acaso no hay vientres de alquiler? En la serie no hablan de esto pero lo que si muestran es parejas que no pueden concebir buscan a una “criada ” que sí puede y que luego les tiene que dejar el bebé, lo quiera ell o no. También muestra que las mujeres están relegadas a lo que el hombre quiera de ella, ya sea la esposa ama de casa, la que violan para embarazar o la que se “prostituye”. No pasa algo asi en la vida real? Vamos.
    Acaso no se silencia, desaparece a los que “desobedecen”? En mi pais sí. No es que sea a todos y siempre pero pasa.
    Que no sea tal cual al pie de la letra no quiere decir que no tenga similitudes con la vida real y que verlas todas juntas asusta y bastante.

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  9. Individuo Kane

    Por fin.
    Pensé que era el único que detestaba esta serie. No vi mucho de ella. A mí me repateó enseguida esa estética metafórica que pronunciaba obviedades.
    Y gracias por escribirlo. Argumentarlo y organizarlo te habrá llevado un buen tiempo. Así me lo ahorras a mí y, cuando alguien me pregunté, le enviaré este artículo

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  10. JJ

    No he visto la serie, porque no se puede ver todo y hay que elegir. Por lo que aquí he leído, incluyendo los comentarios, entiendo que -después de años viendo series- no hay ninguna razón para tomarme la molestia de ver esta. La crítica y los amigos están para esto. De todos modos, me vienen un par de ideas que quizá sirven para demostrar el agradecimiento que merece lo escrito por Alberto Nahum y los comentadores.

    En primer lugar: ¡qué interesante es producir material para que algunos de los espectadores puedan sentirse por un rato como salvadores del universo, identificados y al tiempo escandalizados con lo que sucede a los personajes, y estando naturalmente a favor de los buenos y en contra de los malos: según suele decir David Mamet, eso es lo que sucede de ordinario en los melodramas y en los telediarios, pero no en los dramas genuinos! Porque los dramas genuinos no suelen ser maniqueos ni se refugian en ideologías acusatorias y redentoras, sino que -dice Mamet- exploran problemas del alma y misterios de la vida humana, sin conformarse con ofrecernos como espectáculo calamidades cotidianas.

    En segundo lugar, y entendiendo que la serie en cuestión no pretenda ser un drama genuino, sino sólo parecerlo y ser ofrecido como entretenimiento: ¿alguien se ha planteado que el carácter forzadamente escandaloso de un mundo posible, tanto si es tópico como si es distópico, resulta ser a fin de cuentas un tipo de zanahoria o flauta de Hamelín sistemática para la taquilla, es decir, para incrementar la audiencia y propiciar su fidelización?

    Viene el recuerdo de algunos guionistas y directores de cine que quejosamente se lucían en el Café Gijón en Madrid durante el tardofranquismo, llevando un guión bajo el brazo. No tardaban en explicar -dramáticamente enfadados- que la censura les había prohibido hacer (es un ejemplo) su historia, que era sutilmente política, sólo porque en la trama también había un guardia civil que violaba a una monja lesbiana, o cosas así. Ahora parece que algo semejante a aquellas fabulaciones hechas para resultar escandalosas y poder lucirlas como censuradas en un café; algo semejante a eso resulta que se produce, e incluso se promociona para que sea recibido por el público como algo hermoso y conveniente… Si lo que está en juego consiste en sumarse y reforzar la ideología dominante, se entiende bien… Porque no es nada complicado acomodarse como un buen burgués, al estilo de aquellos cineastas quejosos del café Gijón, que se conformaban con quedar como víctimas, en vez de arriesgar realmente sus presuntas dotes dramáticas. No es nada complicado acomodarse como un buen ideólogo burgués dominante.

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  11. Laura L

    No pasé del 2º capítulo…me resultó aburrida y obvia…nada nuevo, aunque debido a las aclamadas críticas que abundan en la web me cuestionaba si no sería yo el problema…

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  12. Máximo

    Sería menos aburrida si tuviera en conjunto tres o cuatro episodios menos. Es desagradable a veces. Tiene imágenes atractivas, pero también en ciertos momentos parece que le falta presupuesto. Se echa de menos una mejor explicación de cómo se llega a esa comunidad totalitaria, precisamente un logro de la Sumisión de Houellebecq, que se menciona.

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    • Alberto Nahum

      Bueno, la novela de Houellebecq es, sobre todo, el proceso de cómo se llega a una sociedad pre-totalitaria. De hecho, el final es tan potente precisamente porque se detiene donde se detiene.

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  13. Lola

    El mensaje de la serie es que el fanatismo y fundamentalismo y las interpretaciones parciales y literales de religiones o ideologías dan lugar a aberraciones. Se puede encontrar ejemplos de esto en cualquier sociedad. Tu interpretación de las críticas a la serie es también algo fundamentalista y parcial.

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  14. Mark

    Creo que la crítica falla desde el primer momento ya que el crítico se pone a la defensiva en base a los comentarios e interpretaciones que recibe la serie, pero no sobre la serie en sí. La serie es técnicamente muy buena, con una parte visual impecable. Los guiones son buenos y hace que empaticemos con June.

    A mí personalmente me parece lamentable que haya algunas gente que sólo tengan una lectura feminista de la serie (que es evidente, por otro lado), pero que no sean capaces de ver que en realidad la lectura es sobre todo lo que es diferente al pensamiento de los creadores de Gileand, que va mucho más allá del uso de la mujer como mero contenedor de embriones. En la serie y en la novela se critica cómo una sociedad normal puede tardar en ver los cambios inminentes que se avecinan, y cuando se quieren dar cuenta ya es demasiado tarde. Que una mujer occidental diga que vive en algo parecido a Gileand, es vivir directamente en los mundos de Yupi. Si lo dice una mujer bajo el yugo del ISIS, de acuerto (o de muchos países africanos o alguno del Middle East).

    A mí tampoco me gusta ese postureo de feministas de escaparate cuya única óptica es el binomio “machista/no machista”. Vivimos en un mundo muy imperfecto, pero la diferencias entre personas por nacer en un lugar o en otro son mucho más evidentes que nacer de un sexo u otro. Aún a pesar de algunas cosas muy mejorables en nuestra sociedad occidental del siglo XXI por las que estoy de acuerdo debemos seguir luchando

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    • Alberto Nahum

      Mark, lo siento, pero solo la primera parte de mi análisis versa sobre la recepción de la serie. Las otras dos sí que analizan el texto televisivo. Es más, la tercera parte es donde más alabanzas se lleva “The Handmaid’s Tale” para mí, precisamente porque técnicamente es muy potente. No solo eso, como digo, creo que las sensaciones de agobio y cárcel interior son poderosas en la serie.

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      • Mark

        Cierto, pero creo que la primera parte es donde más se centra le análisis y donde menos estoy de acuerdo. Es como criticar a Los Beatles por las reacciones de sus histéricas fans, en lugar de por su música. Estoy muy de acuerdo sobre todo en el punto 3 del artículo

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  15. LFDEZ

    Genial, absolutamente genial el artículo. Te has ganado un fan. Aunque me va a pasar como a ti con The Wire, no te lo compro todo, pero la calidad del mensaje va a pesar más que todo lo demás (y hay que evitar el efecto burbuja). Comento por qué creo que es la serie del año.

    Es brillante porque lo que llamamos “carencias” creo que son juegos de equilibrista geniales tocando los botones adecuados. En el fondo sabemos que eso no pasa aquí sino en países opresores, pero es que una serie sobre Irán no funcionaría. No hay nada más nuestro que la autoculpa y el llamarnos hipócritas, y ellos lo saben y trabajan sobre eso. En el plano moral no buscan dar cátedra, sino tocar la fibra (el cura que va de putas, los refugiados….), y en ese ámbito creo que borda retratar los miedos de occidente y exponerlos. Y en donde no hay que escatimar que es en la fotografía, interpretaciones y temas técnicos, es sublime.

    De la misma manera que viendo ciencia ficción de los 80 se entiende bien las preocupaciones y obsesiones de la época, creo que esta serie nos muestra cómo es occidente en 2017, es decir, qué creemos que está pasando y qué creemos que viene. Ellos sabían que la gente se iba a venir arriba comparando USA con Gilead, y no es que tengan la culpa, sino que es lo que pretendían, porque nos han calado.

    Muchas gracias

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  16. poliptoton

    Noto aquí una bruma ideológica, Alberto, que impregna toda la argumentación (también los puntos 2 y 3) y me deja una sensación extraña. Ojo, que seguramente esto sólo me llama la atención cuando esa ideología no coincide con la mía, pero creo que es la primera vez que te leo y tengo la sensación de no estar leyendo una crítica de televisión, sino… otra cosa.

    Puedo comprar el argumento del “sensacionalismo estilístico” y efectivamente ese “bitches” (que a mí personalmente sí me funciona) es el mayor exponente del dilema de una serie que a veces no tiene claro si quiere ser solemne y seca o molona y carne de gif. Pero por ejemplo, precisamente desde la perspectiva de alguien que le pone a esta serie los reparos que tú le pones, ¿no es especialmente interesante el personaje de Serena Joy y su dilema?

    No sé.

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    • Alberto Nahum

      Bueno, siempre he entrado en cuestiones ideológicas en mis críticas, amigo. Creo que no las he rehuido nunca (como tampoco he esquivado las narrativas o estilísticas). Y es así para series con las que coincido más y para series con las que coincido menos. Cito y enlazo algunos ejemplos míos en el propio texto (desde The Wire hasta The Newsroom).
      Por supuesto, no hay duda de que este es un ensayo donde la ideología está en primer plano, pero precisamente porque, como intento argumentar, la propia serie (¡y su recepción!) intenta hacernos tragar ruedas de molino ideológicas. Y eso es lo que intento desmontar, tanto desde dentro como desde fuera del texto. Quiero decir, es lógico que esta vez se note más el análisis ideológico… precisamente porque mi argumento es que la serie se pasa a la homilía. Es cierto, también, que podría haber realizado una tercera parte más larga, más detallada en lo estilístico pero, vaya, ya llevaba 5000 palabras y tenía la sensación de repetirme un pelín.
      Estoy de acuerdo en lo de Serena. Hacia el final resulta un personaje mucho más sabroso, complejo e, incluso, atormentado. Pero durante los dos primeros actos es muy de cartón. Pero tienes razón: gracias a varios de los comentarios, he visto que tenéis razón y es un personaje más interesante de lo que describo y que, sin duda, tiene mucho potencial dramático para una segunda temporada. Ella y Nick, supongo. Eso sí, entonces tendremos que correr un tupido velo en el “cómo han llegado hasta dónde están sin rebelarse antes”. ME lo decía alguien por Facebook, también con tino, creo: los problemas de las distopías es cuando se intenta explicar demasiado el porqué se ha llegado a tal o cual situación totalitaria. El exceso de detalles, necesariamente maniqueo y fabulador, va en contra de la potencia narrativa de la historia.

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