, archivado en Horace and Pete

Horace and Pete es el movimiento estético –e industrial– más contracultural y subversivo que se ha permitido la ficción televisiva reciente. No se recuerda una reivindicación dramática tan radical del silencio y del diálogo desde In Treatment, aquella psicoterapia en imágenes. Frente a una televisión cada vez más cinematográfica y espectacular, Horace and Pete opta por el camino de vuelta y reivindica el teatro filmado –sumando la magia intensa del primer plano– de los albores de la pequeña pantalla. Todo un riesgo el de crear con el retrovisor puesto en los años cincuenta…

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Pero, además, la audacia de Louis C.K., guionista, director y actor de esta pequeña joya, tiene que ver con su distribución. Hace años, desde la eclosión de Amazon y Netflix, que dejó de ser noticia que una serie no se emitiera en televisión. Vale. Pero es que Horace and Pete ha dado un paso más, al saltarse todos los intermediarios: cualquier espectador del mundo podía comprarla en la propia web del creador, cada uno de los diez episodios por unos pocos dólares. Esta mentalidad de francotirador ha permitido una libertad creativa que se aprecia en el tono, el lenguaje, los temas e, incluso, las constantes referencias a una realidad política y social que ocurría, literalmente, unos pocos días antes de la emisión de cada nuevo episodio.

Porque Horace and Pete es, básicamente, un relato de gente hablando sobre la vida. Así, los parroquianos lo mismo se descuelgan con una discusión sobre la candidatura republicana de Trump (la serie se empezó a emitir en enero de 2016) que se quejan de la superioridad moral de la izquierda o destripan pros y contras del aborto, la cerveza, el feminismo, el béisbol o el patriarcado.

Y es que el armazón argumental de la serie es asombrosamente sencillo: un bar vintage de Nueva York, que lleva desde principios del siglo XX regentado por los miembros de una misma familia, siempre llamados Horace o Pete. Una tradición tribal para un mundo que se muere. Por eso toda la serie combina un tranquilo naturalismo de codo y barra de bar remojado en una lancinante nostalgia, en una soledad que busca consuelo en el bourbon.

Con su minimalismo escénico –la acción discurre, básicamente, en dos escenarios: el bar y las habitaciones de los dueños en el piso de arriba– y su tonalidad amarronada, la serie enhebra conversaciones trascendentes sobre el amor y el dolor, memorias de una felicidad perdida, actos de contrición en voz alta y monólogos poderosos, como el impresionante plano-secuencia de más de nueve minutos que abre el tercer capítulo. Todo con un ritmo tranquilo, apenas punteado por una melodía de Paul Simon, dejando respirar las escenas, abrazando silencios que en cualquier otra serie resultarían imposibles. Aquí, por el contrario, la atmósfera, la cadencia calmada y la profundidad de la conversación animan una y otra vez a que el espectador adopte Horace and Pete como un espejo en el que interrogar su propio yo.

Semejante ambición descansa, necesariamente, en un puñado de actores capaces de domar el matiz de un gesto, el ritmo de una entonación. Horace está interpretado por Louie C.K., el hombre orquesta, entre avergonzado y confuso en su crisis de los cincuenta. Su escudero más fiel, su primo Pete, está encarnado por un inmenso Steve Buscemi, que ha de aportar al personaje una fragilidad psiquiátrica que se revelará clave en la trama. Junto a ellos, un elenco donde hay peña del nivel de la borrachina a la que da vida Jessica Lange, la enferma de cáncer interpretada por Eddie Falco o, sobre todo, un humanísimo Alan Alda, permitiendo que un personaje racista y lleno de resentimiento resulte tiernamente doloroso.

Tras compartir diez horas de sorbos y confidencias con este puñado de personajes, en ese bar decadente y perdido, en esa metáfora de la existencia en la que el humor le de la mano a la tragedia, los espectadores podemos cerrar los ojos, apurando los hielos de nuestra copa y exclamar, con Montaigne, que “el ejercicio más fructífero y natural de nuestro espíritu es la conversación. Su práctica es más dulce que cualquier otra actividad de nuestra vida”. Y lo demás es silencio.

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(Artículo publicado en la revista Nuestro Tiempo, verano de 2017, pp. 96-97)

 

Diálogos y silencios en la barra del bar (‘Horace and Pete’) (Verano 2017) by Alberto N. García Martínez on Scribd

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