, archivado en The Boys

The Boys poster

“Hay una oportunidad aquí. La gente tiene miedo. No confían en Washington ni en la élite costera y odian a los extranjeros. Lo que quieren es un poco de justicia fronteriza a lo John Wayne. Y eso es lo que yo hago” (Homelander, 1.5.)

The Boys (Amazon Prime) ostenta una doble lectura: por un lado genérica (es una subversión del heroísmo) y, por otro, sociopolítica (un desvelo de la hipocresía institucional). Esto se percibe desde la potente declaración de principios que ostenta su primera secuencia: tras una espectacular redada a cargo de un par de estupendísimos supervigilantes profident, el pobre Hughie declara su amor a un tren supersónico. Salvaje se queda corto para describirla. En esas dos escenas se marca con precisión la tónica de The Boys: una premisa de thriller fantástico, un centrifugado genérico, una violencia descarnada y unas situaciones absurdas —hijas del exceso temático de la novela gráfica para adultos— que se manejan con inteligencia.

En una época en el que le pegas una patada a una piedra y te salen cinco adaptaciones de cómics para la pequeña y la gran pantalla, The Boys es puro darwinismo creativo. Los géneros —o los formatos, para el caso— tienen que renovarse para sobrevivir. Ese alambre que los sostiene entre repetición y diferencia, entre familiaridad y novedad, también se desgasta. Ahí es cuando comienza el manierismo y, más adelante, la subversión o la parodia de los códigos textuales. Esa voltereta es la que pega The Boys, no por casualidad la misma temporada en la que arrasó el brutal Joker de Todd Philips y aterrizó el impresionante Watchmen de Lindelof 

La serie del astuto Eric Kripke —el genio tras las cinco primeras temporadas de Supernatural— propone un tablero radicalmente distorsionado. Los superhéroes no solo son lo más refinado del establishment, sino que tras su fachada bondadosa, intrépida y entregada se esconden la corrupción, el abuso y el márketing. Homelander lo sintetiza con un hachazo a puerta cerrada: “Soy Homelander y puedo hacer lo que me salga de los cojones”. En román paladino: estos superhéroes son unos auténticos hijos de perra.

La sublevación del género también se aprecia en quienes son las verdaderas fuerzas del Bien en The Boys. El rocoso Butcher, el abnegado Hughie, el alocado Frenchie o el eficaz Marvin son los verdaderos héroes de la historia. Tipos marginales, sin más poderes especiales que el valor y la inteligencia, obligados a una batalla en la que jamás quisieron comparecer y cuya misión ha de moverse en el fango del secretismo. Al final, el heroísmo era esto: enfrentarse al mal asumiendo el coste. Sin rechistar.

TheBoys

No obstante, uno de los puntos fuertes de The Boys descansa en plantar la semilla de la ambigüedad en cada uno de los bandos en guerra. En el bando de los contra-vigilantes la feral Kimiko añade, por fin, la presencia de una fuerza sobrehumana y una asombrosas capacidad regenerativa. Ella ayudará a ir igualando la partida… aunque la presencia de “Compound-V” en su organismo también puede provocar efectos perversos en el grupo. Por ahí se intuye una de las líneas argumentales esenciales para la segunda temporada.

En los desalmados “Supes”, por su parte, más allá de las aristas de culpa que van emergiendo en Queen Maeve, A-Train y The Deep, la grieta moral la va cavando Starlight, esa chica de provincias que solo quería ser famosa… y se ve atropellada por el éxito y la doblez. Para complicar más las cosas —insistimos en la astucia dramática de Kripke—, el affaire entre Starlight y Hughie tiene la mala leche de ser sentido al mismo tiempo que proyecta una agenda oculta. Dilemas básicos para espesar la textura de The Boys.

The Boys Starlight and Hughie

Una textura que también acaba alcanzando el megavillano: Homelander (estupendo Antony Starr en su apuesta viscosidad). Al principio, su fariseísmo resulta tan exagerado que solo tiene un pase por la genealogía comiquera del producto. Sin embargo, el tramo final de la serie nos presenta un mecanismo de empatía básico: él también fue víctima. “Debiste haber nacido en un hogar, con una familia. Y no en un frío laboratorio rodeado de médicos”, le espeta el excientífico de Vought, Jonah Vogelbaum. Esta infancia infernal no convierte a Homelander en un santo al que adorar, pero sí que complica las lealtades emocionales del espectador. Incluso, en el requiebro más melodramático de la temporada, añade ciertos grises a los orígenes del odio que Billie Butcher le tiene. Homelander, la orfandad y el propósito paternal de enmienda. Y Becca, claro, Becca. Ouch.

Homelander angry

Son estos matices los que convierten The Boys en una serie inteligente, por encima de la media. Además, los temas que despliega tienen resonancia sociopolítica en la actualidad. Desde los límites para ejercer el monopolio legítimo de la fuerza por parte del Estado hasta la “aceptación” de abusos sexuales para seguir en la cresta de la ola, pasando por la manipulación mediática que configura falsos ídolos y blanquea oportunistas. Aún con todo, la reflexión más afilada en The Boys tiene que ver con el populismo. Su crítica es de ida y vuelta. A primera vista, parece que la representación de los “Supes” y su entramado —hipócritas, aprovechados, paraestatales— entronca con una manida alergia al establishment, una denuncia de un sistema corrupto y podrido donde unos cuantos manejan los hilos mediáticos y políticos a su antojo.

Sin embargo, The Boys evidencia que solo el propio pueblo puede desenmascarar el paripé. No serán las leyes ni el cuarto poder ni los jueces quienes drenen el pus, puesto que ellos también son herida. No. Serán un puñado de valientes los que, como en el pelotón de Spengler, salvarán a la civilización de las llamas en el último momento. Y lo harán con sudor, con lágrimas… y con mucha, muchísima sangre.

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