, archivado en Devs

“Este es el único principio que debes entender: nada ocurre jamás sin una razón; todo está determinado por algo previo”.

Sé que terminaré esta reseña citando el título y que concluiré esta frase con la palabra “determinismo”. Demonios, ¿no existe el libre albedrío? ¿Somos peones de la física? ¿De Dios? ¿Es la libertad la mejor y más acabada mentira del hombre?

A estas paradojas juega la subyugante Devs, una de las series más intensas e hipnóticas con las que me he cruzado en los últimos años. Su amarre con la ciencia ficción no es accidente, sino esencia. La miniserie de Alex Garland aventura un sci-fi duro, que demanda del espectador un inusual esfuerzo cognitivo para seguir las derivaciones metafísicas de la mecánica cuántica. Por eso resulta una experiencia tan potente: si entras, lo haces hasta el tuétano. Pero, eh, ¿implica esto que Devs demanda gafas de pasta y tolerancia al aburrimiento? No, para nada. Como explica el brillante Álex Medina, “Garland venía de firmar películas en la misma línea trascendental de máquinas y hombres y se podría temer un exceso de virtuosismo o efectismo pedante. Y algo de eso hay, aunque nunca termina sobrepasando los límites aceptables. De que no ocurra se ocupa un aspecto fundamental que ha sido criticado por su ligereza: la trama de misterio y de espionaje industrial. Aun así, que la protagonista deba temer por su vida y la de sus allegados logra desengrasar el trascendentalismo que impregna toda la serie”.

Forest Devs

Es decir, Devs es tan hija del thriller como de la ciencia ficción, de modo que los “cómos” de uno van anudados a los “porqués” de la otra. La incansable Lily la emprende a pedradas contra el Goliat tecnológico -con varias huidas, peleas y giros de guión estéticamente memorables- precisamente porque solo ella es capaz de romper el espejo. Encarna una de las múltiples paradojas que jalonan la serie: su determinación ansía dinamitar el determinismo. Así, el relato es una profecía autocumplida donde Lily ejerce al mismo tiempo de heroína y villana, de sujeto y objeto. Un callejón sin salida, obviamente.

Sin embargo, Devs sale airosa de todos estos juegos lógicos y disquisiciones metafísicas entre simulación y realidad. El relato se hace inteligible para un espectador medio. Hace sudar las neuronas, pero la gratificación intelectual y estética lo compensa con creces. Quizá lo que más se atragante sea el último giro del gran Stewart (el verdadero deus ex machina) o el extraño happy ending digital, pero son pequeños baches postreros en una serie que, al menos, se ha afanado en elaborar respuestas a sus intrincadas preguntas, como explica el propio Garland a Sepinwall en esta jugosa entrevista.

Un thriller de conspiraciones y espionaje, una ciencia ficción que presenta una máquina borgiana capaz de mapear toda la historia… La originalidad de la trama y su octanaje dramático no bastan para elevar a Devs a la categoría de clásico contemporáneo, donde ya mora. En su excelencia ronronea, por un lado, una cuestión genérica: sci-fi, thriller… ¡pero es que Devs también es una tragedia griega! No solo porque Lily no pueda escapar de su destino, ni aunque se empeñe en quedarse en casa con Jamie. No. Hablo de tragedia en el sentido emocional de lucha contra lo imposible. Forest -impresionante Nick Offerman en su cambio de registro– es un personaje sofoclante porque, a pesar de ser inicialmente buena gente, dedica su vida a jugar a ser dios para rescatar a Amaya de la muerte. Si la ciencia ficción está repleta de científicos que mueven mar y montañas por amor (recordemos, sin ir más lejos, el Walter Bishop de Fringe), Forest no es más que su actualización para esta era de Silicon Valley. Forest quiere reventar el casino apostando por el determinismo porque eso le absuelve de responsabilidad en la muerte de sus seres queridos. Sin libertad no hay responsabilidad, ergo el pecado se extingue. Por eso reacciona con tanta furia ante el hallazgo de Lyndon (*) y su teoría de los múltiples universos: porque en muchos de esos sí se podría haber evitado la muerte de Amaya. La culpa, la muerte, la mentira sobre uno mismo para poder seguir viviendo, el afán de trascendencia, el amor por lo que jamás regresará. En la entrañablemente siniestra conversación con Jamie en el porche de su casa, Forest desnuda su alma: “Es increíble lo que hacemos por amor. Lo lejos que llegamos. Lo que podemos sacrificar” (1.6.). De hecho, todo su proyecto tecnológico constituye un escupitajo contra la frase que cierra esa misma conversación: “La pérdida se convierte en tu amigo y tu acompañante perpetuo”. Su obsesión es revertir la perpetuidad.

(*) Desde su primera aparición, había algo entre ingenuo y fascinante en el personaje de Lyndon. Tan joven, tan listo, tan inasible. Creatividad, optimismo y pura pasión por quebrar el código en ese extraño tándem intelectual con Stewart, padre e hijo, maestro y aprendiz, iguales ante el éxtasis de abrir horizontes. Sin embargo, Stewart es temeroso de Dios mientras que Lyndon es aún un inconsciente. Buena “culpa” del embrujo del personaje proviene de su ambigüedad andrógina. Es una genialidad de cásting optar por una mujer –Cailee Spaeny– para reforzar la mezcla de fragilidad, idealismo y empeño de este chavalín que reinventa el futuro. 

devs-lyndon

Todos los personajes de la serie evidencian una misma pulsión amorosa irrefrenable… e infausta. Todos persiguen un imposible, hasta la tumba. Forest quiere resucitar lo que más adora; Sergei ha empeñado su vida en copiar una piedra Rosetta digital; Lily se mueve para entender qué le ocurrió realmente a su amado; Jaime se mete en líos gigantescos que acabarán con su vida por un amor perdido, de esos que jamás pueden olvidarse; Lyndon se lanza sin red para sentir el vértigo del descubrimiento del fuego; Katie quiere conocer lo que está más allá de los límites de la ciencia humana… Todo son quimeras por las que los protagonistas luchan titánicamente, cargando con el peso del mundo sobre sus hombros. Los motores que mueven a cada uno de los personajes les reclaman una apuesta agónica, existencial. Porque Devs logra imprimir a su relato la sensación de punto cero en el que se dirime el futuro del mundo.

Devs poster

En esta grandilocuencia tiene mucho que ver el diseño de producción. Si en la excelente Ex Machina el aislamiento -tan estilizado y minimalista en su fusión de naturaleza remota y alta tecnología- suponía una oportunidad y una amenaza, en Devs todo el complejo de Amaya genera una sensación de fatídica omnipotencia. Es la encarnación de un Forest cuasi-divino, con esa gigantesca escultura de su hija que emerge como un tótem, el bosque de aureolas o ese altar dorado donde los “developers” -los profetas- están jugueteando a ser Dios. Dios, Deus, Devs. El campo electromagnético, los espejos al aire y los fluctuantes colores dorados actúan también como sugerentes metáforas de la enajenación del genio, las posibilidades de los multiversos y la elasticidad de la conciencia. La forma determina -¿predetermina?- el fondo en Devs.

Esa estética ampulosa, estilizada, de una belleza inquietante y amenazadora en su alcance científico, se acompaña de una banda sonora que añade una textura esencial a la serie. Unas veces son esas cuerdas que chirrían hasta la incomodidad, para reforzar la sensación de cotidianidad asediada, otras son los acordes que adornan el éxtasis ante el descubrimiento y en las de más allá son un balbuceo robótico que sofoca una vida. Amanece, incluso, un canto gregoriano que entronca la misión de “la máquina” con la del descubrimiento divino. Recordemos el enigmático inicio del cuarto capítulo para deleitarnos con la simbiosis:

Si a esa banda sonora propia le añadimos temazos como el “Congregation” de Low para remarcar la apertura y el violento cierre del segundo episodio o la felicidad perdida, luminosa, del “Guinevere” de Crosby, Stills, Nash & Young para los jugueteos de la pequeña Amaya en el sexto episodio, entonces tenemos un acompañamiento musical que no da puntadas sin hilo. El relato audiovisual como un experimento emocional y dramático donde los espectadores somos el ratón del laboratorio. Sería el clásico determinismo emocional del arte cinematográfico: nos guía, nos predispone, nos nubla. Nos vence para su causa.

Una causa que se podría calificar de colosal. Si Forest quiere reinventar el mundo para salvarlo, Lily emerge como una figura crística, capaz de abrazar lo funesto de su destino. Ella es la catalizadora. La elegida. El límite. La única que puede romper el maleficio. Porque ella es búsqueda y huida al mismo tiempo, ay, libertad y determinismo. Como señalaba antes, ahí es el único momento donde Devs baja un escalón de excelencia. Pero incluso los prolegómenos al “Gran Momento” están adobados por una puesta en escena subyugante y densa. Esa mise en abyme (“una caja dentro de la caja”, había advertido Stewart) en la que Lily y Forest anticipan su destino deja un sabor de fatalidad inescapable y, por tanto, de melancolía anticipada. Como en los informáticos que se contemplan a sí mismos ante el espejo, con apenas un segundo de diferencia, la visualización del propio futuro es como abrir un agujero bajo tus pies y mantenerse flotando: el vértigo de lo imposible. Asoma ahí el concepto filosófico de “lo extraño”, tal y como lo explica el crítico cultural Mark Fisher: “Lo extraño está constituido por una presencia, una presencia de algo que no encaja”. El futuro y el presente no encajan por definición, de ahí el miedo -primitivo, cerval, metafísico- que los propios desarrolladores de Devs sienten ante la máquina. Lo sobrecogedor y siniestro es que otro tiempo irrumpa en este. “Una caja dentro de una caja, ad infinitum, ad nauseam“. Uh-oh.

Por eso la clave del desenlace de Devs se fragua en este poema de Philip Larkin que recita Stewart en el séptimo capítulo, mientras los múltiples mundos posibles de Lyndon se precipitan al vacío:

“La muerte incansable” y “la segura extinción hacia la que viajamos y en la que siempre estaremos perdidos” a las que hace referencia el poema de Larkin enmiendan la plana a la megalomanía de Forest. Por eso Stewart se regocija dejando en evidencia la ignorancia de su jefe: el visionario encarnado por Nick Offerman aspira a modificar las reglas de un juego del que hay muchísimas cosas que aún no entiende. Si se confunde a Shakespeare con Yeats o con Larkin, insinúa Stewart, ¿qué otros errores de más calado y trascendencia esconde la máquina? ¿Qué efectos perversos? El poema continúa con unos versos que quedan fuera de la serie: “El valor no es bueno: implica no asustar a otros. Ser valiente no salva a nadie de la tumba. Llorar la muerte no es distinto a resistirla”. Es decir: los límites existen. Y los nuevos Mesías que ansían saltárselos lograrán lo de siempre: traer el infierno en su afán por construir el cielo. Por eso el segundo poema -recitado por Stewart al inicio del último episodio- abunda en la tragedia: las violentas imágenes de “La segunda venida” de Yeats presuponen una suerte de apocalipsis, un mundo que se desmorona conducido por la “apasionada intensidad” de “los peores”. “Todo se deshace; el centro no puede sostenerse” y asoma una nueva bestia que, “cabizbaja camina hacia Belén para nacer”.

Esta maldición de la tecnología es un tropo clásico de la ciencia ficción y aquí Garland lo explora con un aroma bíblico. Si en Ex Machina eran los robots quienes luchaban para exhibir una conciencia y ejercer el libre albedrío, en Devs son los humanos quienes han de liberarse del yugo de una esclavitud metafísica, esencial. A priori no parece un mensaje esperanzador, pero también es cierto que Devs vadea la moralina de saldo. Porque, en paralelo a su advertencia sobre la tecnología, Garland propone una visión religiosa de la trascendencia. Volvamos a Yeats y a la secuencia inicial del último episodio para explicarlo.

Devs-Lily-Amaya

Los cold-opens incluyen breves imágenes de sucesos que ocurrirán más tarde. Es la lógica de la serie, que nos salta a la cara: si todo está predeterminado, es posible preverlo. De hecho, nosotros, los espectadores, lo hacemos al inicio de cada episodio con esos fogonazos del futuro del relato. Así, en la season finale, Mientras Stewart recita “La segunda venida” contemplamos, entre otras, imágenes de Forest, Lily, Amaya correteando por el bosque ¡y hasta Jaime! Ahí está la resurrección anunciada. El relato sí puede ver más allá de los límites de la máquina, por lo que Garland asume la trascendencia como única clausura. Existe algo después. Tras la desesperanza de Larkin, llega el apocalipsis de Yeats, pero también la reencarnación de los últimos versos. La esperanza. Un más allá. Sí o sí. Se lo explicita Forest a Lily, reunidos en una luminosa pradera que sustituye al antiguo edificio de Devs, ahora inexistente: “Velo como una vida futura, un paraíso. En esta variación en todo caso. Has recuperado tu vida, Lily. Te has reinsertado en la existencia, un par de días antes de que Sergei fuera asesinado”. Ahí es cuando la serie dibuja su último arabesco.

Cuando Lily despierta lo hace mediante un plano idéntico al de su primera aparición: de espaldas, ante la ventana, su silueta borrosa se aclara y, en primer plano, abre los ojos. Esta exactitud da cuajo a la teoría de que todo lo que hemos presenciado no es más que otra simulación. De nuevo, Forest: “Ahora estamos viviendo en muchos mundos. En este, los dos podemos vivir en el paraíso con los que amamos. En otros mundos, estará más cerca del infierno”… como el infierno que le hemos visto recorrer a Lily durante ocho episodios.

Aunque esta interpretación tenga fuerza y sea plausible, de nuevo es Stewart quien siembra la duda. Al inicio del último episodio, cuando Forest le está explicando a Lily el funcionamiento de la máquina, el personaje interpretado por Nick Offerman espeta: “La vida es algo que vemos desarrollarse. La participación en la vida es una ilusión. Como imágenes en una pantalla … No es una película de Amaya. ¡Es Amaya! Ella está viva”. El hecho de que Lily, primero, y Stewart, después, “arruinen” la película confirma que la libertad de elección es indispensable para esto que llamamos vida. Adán y Eva traicionaron a Dios, renunciando al Paraíso a cambio de la libertad. Libertad para hacer el bien y el mal. Para asumir las consecuencias de sus acciones. Por eso, en la tradición cristiana, uno va al cielo o al infierno, según haya obrado.

Devs Lily and Forest

Sin embargo, Devs adopta una postura más ambigua, casi calvinista. La predestinación. Deus salva potencialmente a todos; siempre habrá un mundo en el que alcancemos el paraíso. La frustración -y, al mismo tiempo, la grandeza- de esta extraordinaria serie de Alex Garland es que uno entra al juego y empieza a darle vueltas a la rueda para descubrir que el último capítulo puede amasar una hondura inabarcable. Hay teorías paradójicas, contradictorias, iterativas, computacionales… y regresar una y otra vez a los detalles convierten el visionado en una suerte de fandom metafísico, que soporta una lectura y su opuesta: los mesías son falsos profetas, pero Forest acaba logrando lo que anunciaba, remontar el tiempo y reunirse con Amaya. El determinismo resulta falso porque Lily tanga a la máquina… pero el desenlace es el mismo: ambos mueren despeñados. Los profetas resucitan, sí, por lo que Forest vence, incluso Katie, que mantiene la esperanza de su amor en pantalla. La tecnología es una religión y viceversa, el apocalipsis trae la resurrección, las derrotas son victorias, las simulaciones realidades, los villanos salvadores y el futuro pasado.

Ante la imposibilidad para fijar una lectura, ante la validez de tantas interpretaciones sugerentes -unas veces complementarias, otras contradictorias-, la única certeza que emerge en Devs es la de la existencia de un más allá. Es la apuesta de Garland y resulta vertiginosa. Porque el afán de trascendencia es tan humano que ni siquiera puede detenerlo una máquina que falle en su afán por suplantar a Dios.

Ups.

Un Comentario

  1. Flames

    Jo, se me acumulan los deberes; todavía tengo pendiente THE LAST DANCE.

    Acabo de terminar EL COLAPSO y me ha encantado. Ideología aparte, técnicamente perfecta.

    Y los guiones me han parecido sobresalientes.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *