, archivado en La línea invisible

La línea invisible poster

Si te preguntas, viajero, por qué se secó el océano en la mirada del joven José Pardines, debes ver La línea invisible. Si crees, piedra y pueblo, que por defender una verdad -la de que ETA no resiste justificación moral alguna, ni siquiera la del tiranicidio- borrarán tu nombre del glamour antifranquista, debes ver también La línea invisible.

El pelotazo comercial del Patria de Aramburu ha ubicado, por fin, a la ficción en torno al terrorismo sufrido en España en el mainstream. Años del valeroso Fernando Savater llamando a todos esos intelectuales, siempre tan comprometidos y ejemplares, a implicarse en una causa donde, literalmente, te jugabas la vida. Años de productores -y público, faltaría más- repitiendo que ETA era un tema sensible que no vendía. Solo ensayos –multitud de ensayos, eso sí– y algún impresionante documental de Iñaki Arteta o Elías Querejeta. Poco cine, escasa literatura. Las representaciones de ETA y las víctimas del terrorismo en la cultura popular quedan enumeradas con brillantez y rigor en la extraordinaria tesis doctoral de Roncesvalles Labiano. Ella sabe bien, como también ha recordado el historiador Santiago de Pablo (autor del imprescindible Creadores de sombras. ETA y el nacionalismo vasco a través del cine), lo excepcional de La línea invisible: “Es la primera vez que se dedica una serie completa a narrar su historia a través de la ficción” (El Correo, 19-4-20).

Y ahí descansa el gran anzuelo de esta apuesta de Movistar+: su valor histórico y político. Cualquier valoración estética de la serie ha de franquear primero el “basado en hechos reales”. Genera tranquilidad -una tranquilidad cívica, constitucionalista- saber que Gaizka Fernández ha sido el historiador de referencia para Abel García Roure. Durante décadas, la mitología guerrillera encumbró a Etxebarrieta, obviando la maldad intrínseca del primer asesinato de ETA (la pobre Begoña Urroz, la pequeña de dos años de la que casi nadie se acuerda, fue en realidad asesinada por el DRIL). Gaizka Fernández -como buena parte de los profesionales en la órbita del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo– lleva años proponiendo una manera de hacer historia, en un tema tan doloroso, que conjuga rigor académico y capacidad divulgadora para llegar al gran público. Su Pardines. Cuando ETA empezó a matar se gestó en paralelo a la serie. Y se nota que García Roure, Míchel GaztambideMariano Barroso y el resto de creadores saben que su relato pisa un terreno minado, literal y metafóricamente. Por eso son muy cautos para desplegar las licencias narrativas que toda ficción conlleva.

Esa misma precaución es la que les lleva a huir del maniqueísmo moral sin caer ni en el blanqueamiento, ni en la exaltación ni en la equidistancia. Ese era el gran desafío -un reto enorme- de la serie: condenar dando cuenta de la complejidad. Alumbrar un porqué sin aplaudirlo. La línea invisible sale airosa de semejante envite, aunque con algunas magulladuras.

La línea invisible 2

Cuando se trata de reflexionar sobre retratar el mal, se puede optar por simplificar a aquel célebre y rotundo Rivette denunciando la abyección de un reencuadre en Cahiers du Cinema. Pero el crítico y cineasta francés estaba muy lejos de dar un patadón moralista a la noción de puesta en escena; simplemente reivindicaba que las cosas serias no había que tomárselas a la ligera. Cojamos el ejemplo de El hundimiento, aquella estupenda película que narra los últimos días de Adolf Hitler. Para el moralista de salón, la película de Oliver Hirschbiegel supondría una ignominia que no debería haberse estrenado. Sin embargo, aquel ejercicio fílmico era sensacional precisamente porque humanizaba al monstruo, mostrando sus dudas, su tristeza, su desesperanza o, incluso, su cariño con los niños (arios, claro). Así se aireaba lo más inquietante: ¡que aquel tirano no cayó de Marte! Algo similar -salvando todas las distancias- ocurre con La línea invisible. Los asesinos tienen madres que les quieren y parejas que admiran su bravura homicida. Porque no los perciben como asesinos, sino como salvadores. Luchadores. Mártires. Ni siquiera hay que viajar en el tiempo para encarar esa serpiente: cada mes regresan gudaris a pueblos de aquí al lado jaleados como héroes, sin que la sangre que derramaron haga mella en los fanáticos que les aplauden.

La naturalización de esa perversión política y moral es la que La línea invisible se afana en descifrar desde el propio título. En qué momento se deja de ver al hombre para sustituirlo por el enemigo. Por maketo. Por invasor. Por opresor. Por alguien liquidable, en definitiva. Obviamente, la clave radica -¡el universo es complejo!- en el franquismo. El terror encuentra siempre una excusa para justificar su pulsión totalitaria. Y es que a pesar del aroma legendario y resistencialista, hay mucho de falacia: la etapa más sanguinaria de ETA fue una vez alcanzada la democracia. Pero en su nacimiento, qué duda cabe, la bota del franquismo presionaba. No obstante, Franco ejerció su dictadura en toda España y nogal solo creció uno duradero. ¿Por qué?

En retratar esa precisa pendiente resbaladiza se afana la estupenda serie de Movistar. Con las disputas de la “V Asamblea” como paisaje ideológico de fondo -obrerismo frente a nacionalismo; lucha política frente a empleo del asesinato y la extorsión-, La línea invisible contrapone dos figuras. Por un lado, la de Txabi Etxebarrieta, el “intelectual” que se atrevió a dar el siniestro paso al frente, un tipo santificado por la religión abertzale. Su retrato es solvente, partiendo de una escritura obsesionada con humanizarle, de modo que resalte más lancinante la triste y melancólica evidencia de que las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera. De hecho, más villano resulta El Inglés de Asier Etxeandia (¿trasunto de Federico Krutwig? ¿De Julen Madariaga?) que el Txabi interpretado por Àlex Monner. Es uno de los pocos rasguños que le veo a la serie. Al personaje de Txabi le falta un escalón más en su arco de transformación, desvelar más odio en sus ojos. Sobre el papel funciona, pero en la ejecución, ay, le falta un punto de maldad, la propia de quien iba a ser capaz de asesinar por la espalda a José Pardines. Ni más ni menos.

La línea invisible Antonio de la Torre

Esos últimos metros sí los recorre el espejo dramático de Etxebarrieta: el inspector Melitón Manzanas, encarnado por un excepcional Antonio de la Torre. Al igual que el terrorista, el guión presenta a Manzanas con la complejidad necesaria y la ambigüedad moral preceptiva. Es un devoto padre de familia, pero también un adúltero; es un policía eficaz, pero también un torturador. Y ese punto de maldad sí se exhibe sin rodeos cuando es necesario. En el caso del personaje interpretado por Monner hay un idealismo ideológico, una ingenuidad patriótica y una racionalización de la violencia que no terminan de recorrer dramáticamente el salto que separa pensar la revolución de apretar el gatillo. Sí es cierto que, a posteriori, la mezcla de metanfetaminas y pánico se apodera de Etxebarrieta, pero la incógnita de aquella marca de Caín necesitaba un empujón más.

Sobre todo por el hachazo dramático que supone el quinto capítulo, de una dulzura trágica desoladora. Con la pureza de su mirada, Xoán Fórneas multiplica el dolor. Si se humaniza al asesino, si se humaniza al opresor, ¿cómo no se iba a humanizar a la víctima? Pues bien, no, no se le humaniza, sino que se le idealiza. Lo suyo con Amelia es un amour fou de provincias, cantábrico, luminoso, naif. Es una opción moral repleta de sentido y sensibilidad. Al optar por quebrar la continuidad narrativa para detenerse en la vida de José Pardines, La línea invisible parece querer detener el tiempo. Aquella belleza. Aquel amor. Aquella inocencia. Pardines se prefigura así como el paradigma de la víctima: todas las muertes causadas por ETA serían nuevos Pardines. Belleza, amor, inocencia rota. Un escupitajo en toda regla a la ignominia setentera del “algo habrán hecho“.

La línea invisible funeral

La serie concluye, precisamente, en ese momento fundacional en el que la sangre llama a la sangre y la muerte enciende una mecha que sumió al País Vasco en particular y a España en general en una pesadilla en la que determinadas ideas anduvieron décadas viajando con escolta. Aún hoy existe un miedo espeso, viscoso, que impide vestir a tus niños con la camiseta de España en La Concha o celebrar la Constitución en el casco viejo de mi ciudad, Pamplona. El imprescindible Jon Juaristi sintetizaba aquel bautismo de sangre en uno de los capítulos del libro que co-escribió junto a Patxo Unzueta y Juan Aranzadi (ahora enemigos íntimos): “La comunidad de fieles que acudió a dar el último adiós a Javier Etxevarrieta Ortiz se transformó, al salir del templo, en la comunidad vasconacionalista que daba su aprobación a la muerte de José Pardines. Transustanciación milagrosa sub specie sanguinis; Euskadi renacía tras 30 años del silencio, en torno al cuerpo exánime de Txabi Etxebarrieta”. La línea invisible refleja bien esta sustitución de la religión por el etnicismo excluyente. Y no, no menciono la religión por los curas trabucaires que salen, que extienden una homogeneidad sobre el clero vasco que distaba mucho de ser generalizada. Ni entonces ni ahora, por mucho Setién que predicara una detestable equidistancia. Me refiero a la sacralización de la política que refleja con brillantez la serie, clave de La línea invisible… precisamente porque es la esencia de cualquier movimiento totalitario.

Sin embargo, la inauguración de aquel espanto, aquel bautismo de sangre, queda deslucido en la última secuencia. Es una lástima que la clausura de la serie sea lo más flojo de La línea invisible. Es su segunda magulladura. La elección de Txiki, un secundario, como tenue hilo conductor de la historia adopta una función de comentario, como si fuera una posibilidad que los creadores tenían para enfatizar el mensaje de fondo. El personaje interpretado por Anna Castillo se revela muy interesante precisamente porque encarna el vértigo ante el último paso, el asesinato, y los escrúpulos morales. La suya es una brújula de última hora: “Pero, ¿cómo que no va a pasar nada? ¡Que vas a matar a alguien!”. No es casualidad que tener descendencia les haga ver a Maxi y a ella que Saturno acabará devorando a sus hijos. La espiral acción-reacción funciona cuando la diseñas desde las catacumbas del pijismo revolucionario, valga la redundancia. Pero la aplicación de la teoría a la práctica se tambalea cuando el futuro es algo tangible, concreto. ¿Y si la “reacción” se lleva por delante a lo que más quiero?

Por ahí me chirría el cierre. La voz de esa madre joven, arrepentida, acompaña la huida a Francia, exhibiendo unos bellos planos aéreos de los verdes valles: “Por eso nos marchamos y dejamos atrás todo eso para siempre. Habrá quien piense que fuimos cobardes, que huimos. Que no asumimos nuestra responsabilidad en la tragedia que habíamos empezado. Sí, seguramente todo eso es verdad. Nos llevamos el dolor que habíamos contribuido a sembrar y que llenaría de sangre nuestra tierra durante años. Y la lucha se convirtió en locura infinita, que no sirvió de nada”.

La línea invisible El disparo

Al speech de clausura le faltan visualmente las colinas rojas. Un cielo negro. Negrísimo. Ese es “El futuro”. Porque la bestia que despertaron, como Txiki aventura, llenó de sangre España durante décadas. Y fue un frenesí de dolor y muerte. Sin duda. Pero, por desgracia, Txiki se equivoca en lo último: el terrorismo sirvió de mucho. Sirvió para expulsar a miles de vascos no-nacionalistas de su tierra, para eliminar a figuras políticas tan decisivas como Gregorio Ordóñez y Fernando Buesa, para extender un espeso manto de miedo donde la peña no se atrevía a decir lo que pensaba…   ¡Claro que, por desgracia, sirvió de mucho el terrorismo! Quizá una de las grandes tragedias intelectuales haya sido, como recordaba Mario Onaindía, que la aspiración contra ETA fuera la de lograr la paz y no la libertad. Por ahí derrapa el “no sirvió de nada” que exclama Txiki. El propio Onaindía o “Teo” Uriarte, que rondaban por la realidad que retrata la serie, dedicaron su vida posterior a combatir el monstruo que habían engendrado. No se llevaron el dolor, sino que intentaron redimirlo con todas sus fuerzas.

Son un par de borrones en una serie que merece mucho la pena. El nivel de producción es notable, los actores eficaces y la duración medida a lo que se quiere contar. El mayor acierto, en todo caso, es el de que la ficción española se acerque cada vez más al mayor drama político de la España contemporánea, desde aquellas pintadas y petardos hasta la constatación del delirio criminal. En esta ocasión, La línea invisible se ha centrado en el crescendo de la borrachera ideológica y el asesinato, ajustando su relato a aquel refrán chino que rastrilló Ferlosio: “Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir”. La línea invisible es la minuciosa y emocionante crónica de cómo se fue tensando y tensando y tensando…

3 Comentarios

  1. Flames

    No he visto la serie, pero tu análisis me parece exquisito y creo que cuando la vea pensaré lo mismo de siempre: “has dado en el clavo”.

    Responder
  2. Flames

    Pues me ha gustado mucho la serie. Y al verla borré de mi memoria lo que había leído de tu artículo.

    Pero acabada la serie vuelvo a leer la reseña y coincido contigo punto por punto….. el personaje de Txabi flojea, el quinto capítulo es memorable, el final queda un poco incompleto…… y muy acertado lo de que habría quedado mejor un cielo rojo o negro en las imágenes finales.

    Pero donde quiero hacer hincapié es en el personaje de Txabi y en el actor que lo encarna. Estoy de acuerdo en que al personaje le falta un toque de maldad o de obsesión. Pero no sólo eso:

    .- La elección del actor me parece muy desacertada. El casting parece hecho por un genio de los castings, pero parece que con el actor que interpreta Txabi se la hayan “colado”, vamos, que se lo han impuesto. Guapito que se pone gafas y aparenta tener vida interior. El resto de actores geniales: Jose Etxebarrieta, Txema, las chicas, las mujeres, etc….. quizás Txiki estaba un poco fuera de lugar.

    .- El corte de pelo de Txabi me irritaba profundamente. Tuve que ir a internet a buscar fotos de Txabi Etxebarrieta para comprobar que ese pelo, no sólo no era el de Txabi, si no que a mí me parece que no es de la época.

    .- La forma del actor de encarnar a Txabi era todo “postureo”, cómo se levantaba las gafas, como movía los brazos… todo fuera de lugar simulando tener una vida interior…. más un Rimbaud que un Txabi Etxebarrieta.

    .- La forma de hablar y de vocalizar, imitando el acento vasco y ahuecando la voz….. aghhhh todo muy impostado.

    .- Yo no estuve en el País Vasco en los años 60′ pero me parece que decir continuamente “¡¡aúpa!!” suena un poco falso; además lo decían con tono de entrar en un bar a tomar unos zuritos. Eso lo hacían continuamente casi todos los personajes de ETA.

    Ya me he desahogado. Pero señalar que el asesinato de Pardines me pareció un poco desaprovechado. Creo que es el momento clave de todo y se pasó un poco sin pena ni gloria.

    Y añadir que la duración de los capítulos, el número de ellos, el ritmo de cada capítulo….. todo sobresaliente. Este sí es el camino de una serie. Buen guión. Pero en las series españolas creo que fallan los diálogos además de los guiones. En la LÍNEA INVISIBLE no me parecieron malos diálogos, pero sí mejorables en algunos tramos.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *