, archivado en Euphoria

-Ni siquiera eres lo bastante mayor para saber lo mal que se pone la vida
-Obviamente doctor, usted nunca ha sido una chica de 13 años…

De aquellas Lisbon y su planeta nostalgia hemos desembocado en esta promiscuidad suicida que dibuja Euphoria. Aquellas hermanas eran como un sueño al otro lado de la luna; estas Rue, Jules o Kat son más de botellón y tentetieso.

Esa es la trampa más eficaz de este teen-drama de la HBO: presentar a sus protagonistas como la culminación de la autenticidad, bajo la máxima de que cuanto más penosa sea una vida, más real. Es el prestigio perpetuo y cansino del malditismo. Euphoria es un Rimbaud psicotrópico y post-millenial empaquetado en una narrativa instragammer: confusión y color, esteticismo y herida, egolatría y pose. La mentira, ay, es tragarse que esos niños pijos -fiestones con piscina, barrios acomodados, tecnología último grito- puedan ejercer de sinécdoque. No son “más adolescentes” por prostituirse, sufrir sobredosis, estar regordetes o pegar palizas por la ira de una sexualidad dañada. Igual de dramática es la vida del friki huérfano que se extasía con juegos de rol, el feíco con granos que tiene un amor platónico que jamás será correspondido o el hijo de mileurista que ha de renunciar a las noches de neón para cuidar de sus hermanos pequeños. Todos las pasan canutas porque, en esencia, ese es el peaje de la madurez: la pérdida de la inocencia, el descubrimiento de los límites, la rabia existencial y el encontronazo con la muerte.

Euphoria Jules 2

El adolescente es por definición un incomprendido porque su cuerpo se le rebela, sus sentimientos fluctúan como el filo de una sierra de mano y el mundo se vuelve un espacio hostil e ingobernable. Siempre hace frío ahí fuera y la tribu parece el único cobijo contra la tormenta. Eso sí: quien bien te quiere, bien te hará llorar. Por eso el mejor sinónimo de adolescente siempre será montaña rusa.

Como si fuera una puesta al día de Kids, muy astutamente, Euphoria sube a sus personajes a bordo de una Space Mountain de sexo, porno, drogas y redes sociales para capturar la voz de la “generación Z”. Como la propia narración de Zendaya, es una palabra descreída y engañosa, epatante en su cinismo e irónica en su verborrea. También esa divertida insolencia es propia de la edad, aunque resulta cansina para quienes ya domesticaron su acné y se arrepintieron de aquellos tatuajes.

El éxito de una serie como Euphoria radica en que simula mirar al adolescente de tú a tú (como Skins o My So-Called Life), compartiendo sus códigos y sus preocupaciones. Su obsesión por la imagen, su necesidad de ser aceptados. Sus tristezas y ansiedades. Nada de condenas moralistas ni tentaciones educativas. Por un lado, eso resulta refrescante en una ficción tan acostumbrada a querer cambiar el mundo desde el púlpito. Sin embargo, esa frescura no es óbice para que su visionado deje un sabor muy amargo. Es la serie conceptualmente más deprimente que he visto desde las primeras temporadas de The Handmaid’s Tale y The Leftovers.

Rue and Fez

Porque todos los personajes de Euphoria (¿salvamos, quizá, al ingenuo Ethan? ¿A Fezco, el entrañable camello?) son peña nihilista, que no cree en nada, volubles, sin más ambición que agarrarse a los restos del naufragio. Apenas se entrevén convicciones, ni una raspa de ideal. Son seres puramente pasionales, veletas arrastradas por adicciones yonquis, toxicidades amorosas (¡qué siniestra es la relación entre Nate y Maddie!), fetichismos sexuales, turbias promesas online y obsesiones insanas con la propia imagen. En Euphoria la carne se vende al peso, el diálogo familiar es un estruendoso silencio y la mentira y la traición son moneda corriente. El paisaje moral es lúgubre y depresivo. Alienado.

Sin embargo, Euphoria envuelve toda esta tristeza en un celofán delicioso. Su puesta en escena destaca entre lo más atrevido y sugerente de la última década. Hay primeros planos que aspiran a reinventar a Dreyer y movimientos de cámara importados de Magnolia, hay recaídas de musical y secuencias oníricas, hay planos secuencia carnavalescos y fragmentos de animación, pantallas partidas y habitaciones rodantes, hay una imponente tonalidad púrpura y azulona y maquillajes que harían las delicias fauvistas de Mattisse. Las posibilidades que despliega Levinson son tantas que la serie contaba con un storyboard, como si de un filme de animación se tratara. La inventiva es asombrosa, ecléctica, inabarcable.

Intuyo que de ahí viene su fenomenal pegada, en especial entre los más jóvenes. Porque, desprovista de sus oropeles, Euphoria es como la existencia de cualquier intensito de 15 años: un culebrón XXL. Sin embargo, la gloriosa puesta en escena legitima los dramas adolescentes y los eleva al situarlos ante un espejo sofisticado y hermoso, hasta que uno acaba creyéndose que su inevitable idiotez -por la que todos tuvimos que pasar en esto que llamamos vida- mola. La sensibilidad como expedidor de sentido; vaya paradoja.

Euphoria Kat

La RAE define la “euforia” como una “sensación exagerada de bienestar que se manifiesta como una alegría intensa, no adecuada a la realidad, acompañada de un gran optimismo”. Resuena el eco: “no adecuada a la realidad”. Eso refleja Euphoria: una disonancia afectiva, un troyano emocional. Un abismo entre el ser y el querer ser, entre la forma y el fondo. El triunfo de la serie es el de plasmar una inadecuación, el de la implacable violencia de su contraste: audacia y depresión, belleza y vómito.

Pero, ay, su éxito también revela un fracaso: el de la distancia que existe entre el hermoso vitalismo de la juventud y su autoinfligida derrota nihilista.

4 Comentarios

  1. Individuo Kane

    Muy de acuerdo en todo.
    Excepto en una cosa: la puesta en escena.
    Pienso que la series más atrevida de la década (y más allá) ha sido Legion. Y hay muchas copiándola y llevándose el mérito porque, claro, nadie ha visto Legion. A Homecoming le alabaron mucho lo de los diversos formatos de pantalla para expresar diversos momentos temporales. Y estaba bien. Pero Legion se adelantó sacándole mucho más partido. Y viendo Euphoria queda muy claro que están exprimiendo a Legion.
    De verdad: visualmente Legion es una joya. Otra cosa es que cuesta entrar a ella, mantenerse y seguir adelante.

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  2. Individuo Kane

    Ah. Sé que has visto Legion. Leí tu comentario. He repasado lo que he escrito y puede sonar a que tú no la has visto. Eso de que nadie ha visto Legion es una generalización, obviamente. Sólo quería destacar lo importante que me parece la serie y cómo está influyendo en muchas otras.

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  3. Flames

    Pues yo sí he visto LEGIÓN…. y ciertamente me costó entrar, o más bien diría continuar hasta el final.

    Pero estoy de acuerdo en que la propuesta era de primera. HOMECOMING me gustó, pero no me pareció tan innovadora visualmente. Aunque narrativamente sí tuvo unos momentos muy interesantes.

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  4. AlbertoNahum

    Yo añadiría “Hannibal” como una de las más rompedoras y estéticamente vertiginosas.

    Por cierto, tengo que terminar “Legion”. El inicio de la segunda temporada era soporífero y, leñe, ahí la dejé para más adelante.

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