, archivado en Rectify

Puesta contra las cuerdas, la vida puede ser una búsqueda o una huida. Valor y miedo; coraje y cobardía. Afrontar la verdad… o mentirse.

(Photo Credit: James Minchin III)

Tras dos magníficas y conmovedoras temporadas, Rectify (en España por Sundance Channel) ha inyectado su tercer año progresando emocionalmente con todos sus personajes. No hay duda de que Daniel Holden permanece como epicentro del relato, pero el seísmo de su regreso cada vez produce más grietas a su alrededor. Varios mundos -edificados sobre una mentira o una ilusión- comienzan a resquebrajarse cuando la paradójica irrupción de Daniel -culpa y pasado- obliga a varios personajes a revisar sus cimientos. Y no solo a ese grupete de cabronazos que violaron a una pobre chavala y le cargaron el muerto al más tonto del grupo. No. La escala Richter tambalea a todos: Amantha constata que su vida, incluso la amorosa, había adquirido una tóxica dependencia por una causa; Teddy Jr. y Tawney ven ahora con nitidez, espoleados por la sombra del pasado y las ausencias maternas, cuánto de fragilidad había en su sacramento; incluso, con una mirada cada vez más sombría y trágica, Teddy Sr. se enfrenta a un dilema más viejo que el mundo: el amor paternal o el matrimonial.

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De algún modo, la evolución del relato ha socializado la idea de prisión entre los personajes. ¡Todos están atrapados! Incluso visualmente, como explica McKinnon al Hollywood Reporter: muchos encuadres (como el primero de “Hoorah”, 3.1., acá arriba) muestran a los personajes en ventanas o puertas, de modo que se acreciente la sensación de “estar cercado“. Y, con esa melancolía que baña la iluminación y la melodía en cada capítulo, lo peor es saber que para poder escapar será necesario el dolor y la valentía. Habrá que pagar un precio; la verdad así lo exige. Daniel Holden ha sido un catalizador.

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Por eso no es casualidad que la tercera temporada haya dado más cancha al misterio: no solo al de quién mató a Hannah, sino el del cuerpo pútrido de George Melton (otro mártir de la culpa insoportable). Desbrozar la verdad reclama tiempo y es posible que, al escarbar, se descubran otros cadáveres, tanto reales como metafóricos. Mediante esta estrategia los secundarios -incluso los más esquinados del relato, como un Trey Willis o un sheriff Daggett– continúan conquistando tridimensionalidad conforme los tentáculos del crimen van dejando de emboscarse tras la tinta del olvido.

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De nuevo, en las aguas revueltas de Paulie, la trama más desgarradora ha sido la de Tawney y Teddy Jr. Sigue fascinando la franqueza de su historia, tan compleja en su simplicidad. La cebolla va deshojando capas que humedecen los ojos del espectador al ver cómo dos buenas personas son incapaces de quererse. Es complicado no sentir empatía por ambos: desde los celos compulsivos de Teddy, esos celos que esconden una inseguridad casi infantil, un nuevo miedo a no ser querido, a ser abandonado, como le pasó con su madre; hasta el gazpacho emocional en el que se ahoga la pobre Tawney, aquella niña sumisa y solitaria que solo ansiaba alguien que la rescatara: ¿Dios? ¿Un marido? ¿Un hijo? ¿El Daniel imposible del último sueño?

Esa es otra de las grandezas de Rectify. Con su cocción a fuego lento, la serie es capaz de insertar una reflexión sobre la fe como pocas series hacen. Y no, no porque las discusiones de sus personajes vayan contraponiendo a Dawkins frente a Chesterton, qué va (*). Al contrario: la religiosidad -especialmente de Tawney– es primaria, de carbonero. Y, sin embargo, está muy bien captado ese intento del ser humano por alcanzar la trascendencia, por acudir al más allá cuando la tierra bajo tus pies se desmorona. No es casualidad que Tawney haya dejado de rezar: es humana y la esperanza, contra el tópico, es lo primero que se pierde cuando naufragan las certezas. “Necesito encontrarme a mí misma”, le susurra a Daniel durante su modorra.

(*) La última conversación entre Daniel y Tawney sí puede necesitar ciertos conocimientos bíblicos, azuzados además por el tono onírico. Tawney, la extraviada Tawney, ni siquiera es capaz de encontrarse a sí misma en Dios, su último asidero. Daniel le recuerda sus propias enseñanzas, allá por la primera temporada: Dios está en la soledad de “entre los segundos”, en las lágrimas, en las flores, en la lluvia… ¡y en la lluvia de ranas! Esta vez, , Rectify alude a un pasaje del Éxodo donde el castigo de la plaga anfibia simboliza la necesidad de persistir y de dejar de luchar contra uno mismo. 

Y, sin embargo, lo que estos seis capítulos suponen de calvario para todo quisqui se convierten en catarsis para Daniel Holden. La fuente, el origen al que hace referencia el título del último capítulo (3.6.) no resuena, únicamente, en la investigación policial, sino que también actúa en el plano simbólico: Daniel regresa al mar, a bañarse, a purificarse, a “bautizarse” si abrazamos el tono evangélico de la serie.

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Ya no hay puertas, ni ventanas, ni cercos… Incluso la tonalidad vira con violencia visual: la lluvia desaparece cuando echa ese último vistazo a la prisión por la que se desaguó su juventud. Y emerge la luz, la pureza del mar, la paz de jugar con un niño en la playa. El origen (umbilical, madre-hijo-agua- podríamos aventurar) de una vida feliz. De un re-nacimiento. Canaán: la tierra prometida tras la travesía por el desierto.

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Como ocurría en Justified, McKinnon trata a sus criaturas con afecto y respeto, tratando de entenderlas en lugar de juzgarlas. Sin apriorismos neoyorquinos. Por eso rezuma tanta autenticidad una propuesta que jamás renuncia a su voluntad de estilo. Cualquier atisbo de pretenciosidad estética, de cliché Sundance, queda abolido por una historia que no deja de ponerte un nudo en la garganta con la simplicidad de una cena interruptus de hermanos, unas cervezas en torno a una piscina, un recuerdo borroso de hospicio o un abogado que sabe que se le escapa el amor de su vida.

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Precisamente por este humanismo, estoy convencido de que Rectify tendrá un final feliz. Tan feliz como puede ser una vida que ha tocado fondo. Sin melaza. Una felicidad con cicatrices, esto es, con la digestión del pasado ya hecha:

Daniel: “¿Puedes hacerme un favor, madre?”. 

Janet: “Por supuesto”.

Daniel: “¿Lo intentarás y te perdonarás a ti misma? Hiciste lo mejor que pudiste en las circunstancias más inusuales” (“The Source”, 3.6.)

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Hay dos gestos preciosos, simplísimos, en la season finale: el ortopédico Daniel Holden, dichoso a pesar de su exilio, tirándole la pelota a un niño y el atormentado Teddy Jr. entregándole las llaves de su hogar a Tawney.

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El gesto de alivio de ambos tras esas acciones entronca vivamente con la luminosa reflexión sobre el perdón y la culpa que está erigiendo Rectify. Una serie que parece apuntar a una vía de solución tan polaca como romana: “La peor prisión es un corazón cerrado”.

Ojalá la cuarta temporada termine por derribar los muros.

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5 Comentarios

  1. Jorge

    Excelente reseña Alberto, coincido plenamente en tu análisis de esta auténtica y conmovedora serie.

    Eso sí la cuarta debería ser la última temporada, irse por todo lo alto.

    Responder
  2. Seriálicos Anónimos

    Brillante Nahum! Leyéndote uno descubre aspectos ocultos en la serie y haces que se disfrute aún más. Coincido con Jorge en que la cuarta tiene que ser el broche de oro, pero no sé si es porque debe acabar ya o porque crea tan bien el suspense que soy yo quien quiere que acabe..y bien..eso es lo que la hace aún mejor. Gran serie y reseña!

    Bravo!
    S.A.

    Responder

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