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Hannah Horvath: “Estoy fingiéndolo todo” (4.9.)

En una nota para El País, Natalia Marcos sintetizaba hace unas semanas el gancho de Horvath y cía: “Girls ha ido deshaciéndose de sus “haters” para quedarse con sus fans, los que saben que parte de su encanto es amarla y odiarla al mismo tiempo”. Tengo mis dudas sobre el pasteleo “hater”, puesto que yo mismo he sufrido esa etiqueta por críticas que, cuando menos, consideraba trabajadas. Por eso no me gusta ese término: porque en demasiadas ocasiones se emplea como escudo infranqueable, como si un prejuicio atávico -en lugar de un razonamiento crítico racional- te impidiera valorar la excelencia de una serie.

Girls 4

Sin restar méritos a las dos primeras temporadas de Girls, sí que puse el acento, con rotundidad, en varios de sus defectos, en parte sorprendido por la devoción con la que la saludaban críticos televisivos a los que admiro.  A mí, simplemente, no me parecía para tanto; veía mucho rey desnudo y cierto pánico a quedar fuera del universo “cool” si uno lo señalaba. Creo que compensa releer aquellas críticas de la primera y segunda temporada.

Sin embargo, la tercera temporada me gustó mucho más. Y la cuarta, a pesar de sus indudables problemas estructurales (¡ay, Iowa!) me ha resultado la más satisfactoria de todas las emitidas. Si el año pasado proclamaba que Girls maduraba, en esta puedo añadir que se ha hecho adulta.

Por eso es tan relevante la segunda parte de la frase de Natalia Marcos, porque esconde algo que en ocasiones olvidamos al analizar un relato expandido como es el televisivo (y que explica, por ejemplo, el prestigio y la tolerancia hacia tipos tan despreciables a priori como un Tony Soprano, un Ray Donovan o un Vic Mackey). ¿A qué me refiero? A la familiaridad. Todos -¡todos!- tenemos una parte odiosa, facetas incómodas, incorregibles, traumas, obsesiones. Y siempre tenemos gentes que nos quiere con ellas, que están acostumbradas a esos “clics” que acciona nuestro temperamento. Les resultan familiares. Los ven como algo cotidiano, un simple rasgo de carácter que no evita que la balanza -con un amigo, una esposa, un hijo- sea positiva. ¡Qué narices: eso es el amor verdadero!

La televisión serial tiene mucho de relación familiar. Hay personajes detestables que, tras cierto tiempo compartiendo salón con ellos, se hacen más tolerables. ¡Cosas de Hannah!, acabas susurrándote. Pasar tiempo con esta panda de hipster peterpaníacos hace que les cojas cariño.

Eso, por un lado.

Pero, además, la serie de Dunham, Konner y Appatow no se ha jugado todo a esta familiaridad. Ha habido evolución dramática y emocional. Esa madurez que se encendía el año pasado ha mantenido su lumbre vital durante estos diez capítulos. Y eso sigue haciendo a los personajes más empáticos, más reales, más cercanos, al menos para mi generación. No es una cuestión de cinismo ni conformismo, simplemente de saber que la vida supone un constante pacto entre el querer y el poder. En la mágica escena (*) de Adam y Hannah en la season finale, nuestra heroína advierte: “¡La vida, chaval! No te puedo garantizar perfección, pero sí puedo garantizarte intriga”.

(*) La sensacional Gaby Hoffman de Transparent, sin ahorrar ni una brizna de explicitud, as always, estaba realmente embarazada de ocho meses al rodar la incómoda secuencia de “doulismo” doméstico (tan de moda en España últimamente, por cierto). Lo histérico de la secuencia es lo que la convierte en brillante, puesto que no chirría entre los iluminados y caprichosos que han poblado esta serie desde su inicio. Pero, una vez más, el principio de realidad se impone y el bebé nace sano y salvo… en un hospital. 

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Hannah ha aprendido a pactar con sus sueños. A aceptar sus limitaciones. A asumir sus responsabilidades. Y, aunque suene raro en esta época donde se confunde la libertad con un “hago-siempre-lo-que-me-da-la-gana”, todo eso es lo que la hace más libre. Libre para renunciar a Iowa, puesto que se da cuenta de que le falta el talento; libre para decir que no a Adam, un tipo tan exultante como tóxico para ella; e, incluso, libre para aceptar la amargura (**) de sus padres y atreverse a romper el ciclo. De hecho, para poder quebrar la dependencia como estilo de vida, no es casualidad que la crisis haya venido aderezada por un papá que ha estado habitando una mentira durante tantos años. La verdad escuece, pero también sirve para drenar el pus. Ese demoledor “estoy fingiéndolo todo” de Hannah viene abrazado al terremoto que supone contemplar que parte de sus certezas no eran más que máscaras.

(**) Otro ejemplo de la honestidad de la serie tiene que ver con la manera en la que Hannah se enfrenta a la salida del armario de su padre. Otro conflicto más entre el querer y el poder, además de una hábil exhibición de autoconsciencia ideológica. Solo los muy sectarios/fanáticos carecen siempre de dudas. Las convicciones progresistas de Hannah se retuercen al imaginarse a su padre (¡gracias, Elijah!) en actos explícitos. Y eso le afecta: vital e ideológicamente. 

Esta noción que estamos manejando de libertad como compromiso (no como un simple y vacuo “desear”) también se transmite al resto de personajes. Ray traduce su rabia permanente en acción política y verbaliza su odio (estupenda escena, a pesar de la nitroglicerina) hacia Desi. Honestidad brutal; es como el Dr. House en versión Starbucks. Marnie, como consecuencia de lo anterior, decide, por fin, enfrentarse al mundo sola y, a pesar de su inveterada estupidez emocional y su extravagancia en actos públicos, parece evidente que al anillo de Desi le quedan dos telediarios. Hasta suena bien su canción ante la prensa. Incluso Jessa, que sigue siendo la parte más desgajada del relato, ha encontrado un sentido y una utilidad. Su dañada psique puede ponerse al servicio de los otros; Como dice el refrán anglosajón: “Takes one to know one”. Falta por ver si Shosh acepta Tokio, pero la conversación con ese jefe Hermie disfrafado de Lazarillo moral resulta ilustrativa. “Sé quien pasea al perro, no el perro. ¡Da el salto!”. A ver qué nos depara el año que viene (más sobre eso en un instante), pero sería hilarante una subtrama con Zosia Mamet entre shushis y geishas.

¿Y Adam? Umm. Es indudable que Adam siempre ha sido mucho más adulto de lo que ha aparentado. Eso no quita para que su bipolaridad (o ¿egoísmo? ¿o falta de reglas tácitas en la distancia?) sea un lastre. Su relación con Mimi-Rose ha sido otro clavo necesario para apuntalar el salto de Hannah. Desde el espléndido episodio semi-embotellado donde todos los personajes van circulando por la pena de Hannah (“Sit-in“, 4.5.) hasta la conversación final en la incubadora, Adam ha contemplado cómo, en efecto, la vida no garantiza la perfección. Desde Mimi-Rose escondiendo algo tan serio como un aborto hasta ese detestable affaire con Ace (***), el sensacional y siempre viscoso Zachary Quinto, Adam ha descubierto que está abonado al desastre. Que debe cambiar. El problema es que llega tarde.

(***) Como escriben en Vulture: por fin la serie ha encontrado su personaje más detestable… en una serie con overbooking en ese terreno. 

Esto nos ubica en una season finale que podría haber servido perfectamente como clausura de la serie, según explican en Vox. Muchas tramas se cierran, aunque sea a modo de lanzadera. Sobre todo por ese salto de seis meses. Personajes principales y secundarios que han crecido. Un final feliz. Una redención. Un futuro estable. Y que el espectador rellene las elipsis.

Pero habrá temporada 5.

Así que hay diversos problemas dramáticos que habrá que cementar. Si Ace ha sido el infierno, el bueno de Fran es el personaje más sensato, cuerdo y normal que ha merodeado por el universo de Girls. Pero aún le falta profundidad dramática. Y saber cómo, más allá de esa palmadita en la espalda tras el ataque de pánico, acaba enamorándose de Hannah. Por eso, ay, mucho me temo que los escritores (o la propia Hannah) no tardarán en volverle majara, puesto que esa es la esencia de Girls: amar y odiar (cada vez menos) al mismo tiempo a este puñado de personajes cada vez más inolvidables.

Porque Girls sigue creciendo artística, emocional y narrativamente.

————–

Algunas otras consideraciones sueltas:

Spike Jonze anduvo por la finale, ejerciendo de productor musical. Su personaje, breve, tenía miga. Ojalá regrese.

-A pesar de quedar aislado del conjunto, el periplo por Iowa resultó interesante, sobre todo por la venenosa relación con los compañeros de pupitre. Hannah (y junto a ella, los tics de la serie) eran brutalmente puestos al descubierto. Además, muy sugerente ver cómo la serie recogía esa epidemia de corrección política que asuela los campus universitarios.

-Lo más patético de Hannah, probablemente, fue ese intento por “amigarse” con una alumna adolescente. Fran impuso cordura y el director, en una escena fantástica, le animó a mantener los límites. “Boundaries!”. Esa manía ególatra de pensar en Girls, parafraseando al gran Miguel Hernández, que “no hay extensión más grande que mi herida”.

-El mejor año de la serie y el que menos se ha exhibido Dunham en pelotas, menos polémicas ha suscitado y menos guerra extratelevisiva ha habido. Rescato esta brillante cita de Mary McNamara, allá por la segunda temporada: “Dunham sabe cómo clavar perfectamente un momento con una mirada o una frase, pero demasiado a menudo parece tan ocupada buscando un árbol sobre el que mear, que se olvida de contemplar la amplitud y la profundidad del bosque que la rodea”. Este año, por suerte, ha sufrido retención de líquidos. Y se ha notado.

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6 Comentarios

  1. Álvaro Pérez

    Enorme análisis, Alberto. De la serie y de la naturaleza humana. Ya sabes que yo soy fan de Girls desde la primera temporada. Creo que las temporadas uno y dos eran un estado de la cuestión: quizá los personajes eran menos empáticos y cercanos a ti, pero eran reales; quizá no entendiéramos sus motivaciones y egoísmo, pero se da. Hay gente así a patadas entre los 18 y los 30 años, y también de tu generación: no eres tan viejo y el \”peterpanismo\” se ha extendido hasta edades insospechadas.

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  2. Luis

    Creo que la temporada ha sido un baño de realidad a medias. Fracasó en Iowa, se fue al garete su relación con Adam, su padre salió del armario. Pero encontró un trabajo de profesora sin ningún tipo de esfuerzo y ha terminado con un (buen) chico a su lado. Me ha parecido demasiado fácil. Concuerdo en que se ha intentado dibujar el camino a la madurez de la protagonista, pero no sé, para mí no ha funcionado, les ha quedado un relato muy difuso, no he terminado de ver la evolución interna, los mecanismos de sus razonamientos. Sigue siendo la misma persona insegura e inmadura que no es capaz de percatarse de que sus decisiones afectan a los demás. La salida del armario del padre como paradigma. Me pareció interesante eso que señalas tú de que dicha salida la obligó a cuestionarse a sí misma tanto emocional como ideológicamente. Esas sacudidas que hacen que nuestro discurso flaqueé. Pero en ningún momento intentó empatizar con su padre, y lo peor, con su madre, todo giró, otra vez más sobre ella misma. Eso no es ser una persona madura. Me gustaría ver la evolución, pero no termino de verla, no creo que esta Hannah sea diferente de la que se fue a Iowa. La temporada fue saltando de tema en tema sin terminar de trabajar ninguno demasiado (como si había hecho en la soberbia T3, para mí la mejor, sin duda alguna). Incluso contradiciéndose. Tras el capítulo de Mimi Rose y Hannah, pasamos a Mimi Rose diciendo todo lo contrario sobre Adam de lo que había dicho. Tuve esa constante sensación de \”deus ex machina\”, de \”porque sí\”. Y si el retrato de Hannah, aunque no terminara de convencerme, sí me pareció interesante (esa secuencia final del 4×09 con Ray es descomunal, sin duda alguna), los personajes secundarios han sido más delirantes aún. Ya no queda rastro de Marnie como personaje con un mínimo interés, es un mueble que toma siempre las peores decisiones \”porque sí\”, incluso aunque atenten contra la más mínima inteligencia (lo de casarse con Desi) o sensibilidad (el speech en la fiesta de Ray, posterior a la carta de amor que Ray le había hecho). La desconexión total. Shoshanna ha funcionado muy bien como alivio cómico y su decisión, y el debate previo, del último episodio estuvieron muy bien resultos, pero quién se cree que a Shoshanna alguien le va a dar un gran trabajo en Japón. Eso sí, dará para una subtrama muy divertida, como has señalado. Esos saltos de fe hacen que me salga de la serie. Y justamente lo que a mí me gusta de Girls, como veinteañero a la deriva que soy, es la capacidad que tengo de conectar con ella, para ser más exactos, con sus miserias. No veo Girls para sentirme mejor persona, veo Girls para poder reflexionar sobre todos los errores, frustraciones y autoengaños que me lastran. Y esta temporada no he podido conectar con la serie. Quizás con algunas de las tramas de Hannah, pero con nada más. De Jessa casi que prefiero no decir nada, es un personaje tan babosamente mezquino, \”porque sí\”, que lo de ser terapeuta y ayudar a los demás es una coña que no me hace gracia, y otra vez me saca de la serie. Con esto no quiero decir que Girls fuera mala este año, creo que ha agudizado problemas que arrastraba (como se gestiona a las secundarias) y ha carecido de estructura. De planteamiento de temporada. El relato ha ido dando saltos en función de la putada que se les ocurría hacerle a Hannah. El proceso de madurez de la heroína/antiheroína, hubiera tenido más sentido si se hubiera planteado en su totalidad, entremezclando las tramas y dándole tiempo de crecer y ser explotadas. Pero no ha sido así, en mi opinión, sino que se han ido quemando en 2 capítulos cada una, sin más tiempo a la reflexión. El final con Adam es poderoso, pero, por ejemplo, ¿no hubiera sido más poderoso un bottle episode en torno al parto de la hermana en el que la conversación entre ambos se desarrollara a lo largo del mismo, en vez de sólo en 3 minutos? Cocinarlo a fuego lento. Algo que el año pasado hicieron muy bien tanto con el tema de la muerte como con el de las relaciones amorosas. Creo que Dunham ha descuidado su obra este año, haciendo un Ryan Murphy, ha faltado planificación y han sobrado giros \”porque sí\”. Y todas las aristas han hecho que no pudiera disfrutar de un discurso y una reflexión (sobre la madurez, sobre las relaciones, sobre los propios límites, sobre la frustración que todo ello conlleva) muy interesantes. Girls, sigue siendo enormemente relevante, pero me he perdido a la hora de lograr conectar con ella. Lo cual, supongo, será en gran parte culpa mía también.

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  3. Alberto Nahum

    ÁLVARO: Lo hablamos largo y tendido en persona, acuérdate. Para mí era como lo que le pasa a House of Cards: tanto énfasis en el exceso de una parte del carácter hacía que se desequilibrara el retrato. Quizá lo enfocamos hacia el realismo (culpa mía) cuando quería expresarlo como problema meramente dramático.

    LUIS: Excelente comentario. Precisamente ese tipo de errores son los que yo le he criticado en otras ocasiones. Y creo que tienes razón en muchas cosas. Eso sí: que la temporada ha estado desestructurada es claro. Ha habido saltos (el más evidente, el de Iowa). Pero, a diferencia de a ti, no me han supuesto un problema dramático. Por ejemplo, Marnie: para mí siempre ha sido un mueble y ya tuvo arrebatos amorosos completamente absurdos, como ese volver con su novio (no recuerdo el nombre) al final de la segunda temporada (un novio que se esfumó por arte de magia en la tercera, por problemas extradiegéticos). Y lo mismo con Jessa: siempre ha sido un personaje poco trabajado, pero al menos los pasos que han ido dando apuntaban señales en esa \”redención\” como terapeuta: ella, no lo olvides, es la que \”rescata\” a Adam de la idiotez capitalina de Mimi-Rose. Y, al inicio, también está intentando ayudar a una viejecita rica, ¿no? Quiero decir, al menos había cosas sembradas.
    Lo que sí que no tiene razonamiento es lo de Mimi-Rose. Pero ahí yo lo leo como eso que siempre le ha pasado a la serie: el presentar personajes extravagantes, hipster y megasuperosea le permitía (para mi enfado en otras temporadas) justificar comportamientos erráticos y estúpidos. Entendí el cambio repentino de Mimi-Rose en esa clave; pero fuera de esa clave interpretativa (que, insisto, la propia serie ha trabajado mucho antes), no tiene ni pies ni cabeza. (No sé si me explico bien en esto último).

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